Hrabal, la narrativa donde se detuvo el tiempo
Por Antonio Pardines
A diferencia de tantos otros escritores, Bohumil Hrabal poseía una mirada entre tierna y grotesca, una mirada sabia por su sencillez y su humor, por la manera de comprender el mundo sin absolutos, una que le permitía detenerse en las pequeñas cosas y en los pequeños personajes por los que pasa la Historia. Así fantaseaba una realidad que nos descubre a sus personajes dentro de los grandes relatos, pero en la periferia donde la sobrellevaban, incluso donde la sobreviven. Los grandes nombres y los grandes hechos de la historia no son para Hrabal, se los deja a otros. Lo mismo se podría decir de las reflexiones que aspiran a profundas, a cambiar el mundo. Hrabal prefiere habitarlo, no descifrarlo y sentenciar. Sus personajes y sus narradores, sean omniscientes o en primera persona, no se imponen, nos invitan, nos acompañan en la cotidianidad donde surgen esos individuos comunes, pero especiales, quijotescos, situados en la propia vida, abiertos a los sucesos extraordinarios y también a los ordinarios. Esa rutina en la que unos viven y transforman —por ejemplo, Hanta en Una soledad demasiado ruidosa— y otros como el narrador de La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo (1) exageran y piensan dejar atrás; al menos así lo pensaba este en su niñez cuando todo y nada sucede.
Este narrador nos habla de cuando quiso tatuarse una barca en el pecho y el tatuador le grabó una sirena desnuda en su lugar, pues una cosa es lo que se sueña, a lo que se aspira, y otra bien distinta el dibujo que será la vida. El protagonista nos sitúa así en su deseo, pero también en su espacio y en su familia. Nos habla de la relación entre sus padres, también la que él mantiene con ellos. Pero, sobre todo, recuerda a su tío Pepín, el personaje más Hrabal del relato, aquel que escapa de cualquier catalogación porque es al tiempo común y extraordinario. Pepín sería alguien idealizado, tal vez la imagen exagerada que el niño adulto hace de su inolvidable pariente, pues lo recordará por su comportamiento y reconocerá en él a alguien que comprendió que la vida es vivirla en sus momentos, gritando su contradicción, bailando al son de un ritmo propio, dejándose pintar por las chicas del bar, tal vez existiendo en su empeño por detener el tiempo, pues sabe que el que llagará no será para él, ya será para otros…
(1) Bohumil Hrabal: La pequeña ciudad donde se detuvo el tiempo (traducción de Monika Zgustova). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2020.

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