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Final feliz (1967)



Finales felices e inicios descocados


Por Antonio Pardines



Allá por los albores del cinematógrafo, los hermanos Lumière emplearon el rodaje al revés para reconstruir un muro invirtiendo el proceso de destrucción anterior. Algo similar, pero ya en la ilusión narrativa, lo practicó Méliès en La maison de la sorcière (1900); y más de veinte años después, el vanguardista Jean Epstein en La glace à trois faces (1927). Pero todavía tendrían que pasar cuatro décadas para ver una película totalmente rodada y exhibida al revés. Tal honor recae en la producción Final Feliz (Happy End, 1967), que bebe del absurdo literario de Bohumil Hrabal (0), del orden temporal invertido por Francis Scott Fitzgerald en El extraño caso de Benjamin Button (1) y de la ruptura del nuevo cine checoslovaco de los años sesenta (2). Esta cómica propuesta de Oldřich Lipský se desinhibe para dar rienda suelta a una comedia subversiva que, como todo caminar cómico a contracorriente, resulta libre y burlona. Tomando el sentido inverso del realismo socialista, Lipský rompe deliberadamente la narrativa convencional para desvelar el absurdo y lo sencillo que resulta manipular el relato… Su primer fotograma es aquel en el que se inserta «Fin», que sería el inicio de la aventura vital de narrador y protagonista (Vladimír Menšík). Él es la única voz que sigue el sentido (supuestamente) lógico del tiempo, pero es también la que le da el sentido que desea el personaje, el único sentido que, en su sinsentido, hace de su existencia una vida feliz. El poder narrar al revés le posibilita transmutar la realidad a su gusto, de modo que pasa de celoso asesino a una especie de artista romántico. La primera imagen nos muestra su cabeza separada del cuerpo. Es su nacimiento, aunque nosotros sospechemos que fue decapitado, tal como confirma el andar al revés. Así se inicia un cuento en sentido contrario a las agujas del reloj, incluso algunos diálogos se escuchan al revés en esta historia de (des)amor y del paso de la infancia —la muerte como nacimiento— a la madurez, de la escuela infantil (el presidio) al mundo donde ya no asesina ni descuartiza a Julia (Jaroslava Obermaierová), sino que la (des)asesina y recompone cual Frankenstein (3) con su criatura, aunque al protagonista su creación le resulta físicamente más homogénea y hermosa…



Notas


(0) El número de la nota alude a un punto de partida. Y Bohumil Hrabal lo fue para esta generación de cineastas checoslovacos, tal como atestigua el largometraje Perlitas en el fondo (Perlicky na dne, 1965), película formada por cinco episodios dirigidos por Věra Chytilová, Jiří Menzel, Jaromil Jireš, Evald Schorm y Jan Němec.


(1) Francis Scott Fitzgerald: El extraño caso de Benjamin Button y otros relatos (traducción de Benjamin Briggent). Plutón Ediciones, Barcelona, 2017.


(2) El nuevo cine checoslovaco despunta a inicios de la década de 1960, tras el Deshielo, en la escuela de cine de Praga, la FAMU, donde cursaron entre otros Věra Chytilová, Miloš Forman, Ivan Passer, Jiří Menzel, Miroslav Ondříček y tantos otros nombres propios de la cinematografía checoslovaca, por entonces quizás la estéticamente más osada de las cinematografías de los países satélites soviéticos. Aunque se le contagiase la rebeldía de estos jóvenes, Oldřich Lipský pertenece a una generación previa; su debut en la dirección se produjo en Slepice a kostelník (1951) y ya contaba con una filmografía a sus espaldas cuando aquellos irrumpieron en el panorama cinematográfico checoslovaco.


(3) Mary Shelley: Frankenstein (traducción de Manuel Serrat Crespo). Unidad Editorial, Barcelona, 1999.

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