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Quién pudiera vivir en un barril


Quién pudiera vivir dentro de un barril


Por Antonio Pardines


Érase una vez un hombre que tenía una tinaja de barro por hogar, mas no la empleaba para ahogarse en vino y, ya a medio volumen consumido, emborracharse lo suficiente para no tener que mirar el mundo al que pertenecía; del cual sabía que formaba parte responsable e irresponsable. Vivía dentro del tonel porque no podía escapar del barro, no quería hacerlo, puesto que comprendía y asumía que el fango salpicaba a todos. El barrilero sentía su mundo, su sociedad, su suciedad, y pretendía señalar algunos de sus fallos (o los que él consideraba como tal). A un hombre así le llamaron cínico, aunque no solo a él, pues ya antes hubo otro que, llamado Antístenes, quiso despojarse de bienes materiales y fundó el cinismo. Después llegaron más, incluso Billy Wilder, pero esa es otra historia. Los cínicos actuales ya son distintos, y no deberíamos confundirlos con los clásicos griegos —que vivían en una continua crítica a la ambición material y de poder que ya entonces movía el mundo—. De estos nuevos dice Kapuściński que no sirven para el oficio de contarnos la historia mientras esta se está produciendo. Y no valen porque uno de los peligros que corre dicho cínico moderno es el distanciarse para caer en la insensibilidad y en un engaño mayor que el producido por la cercanía, pues en esta, al menos se intenta formar parte. Hay, como dice el autor de Emperador, una intención de cambiar ese mundo del que informan. Pero al periodista que se sitúa fuera de juego la distancia solo le capacita para juzgarlo de modo unidimensional, frío, calculado, posiblemente sesgado. Su validez es dudosa, es la que le confiere su cinismo y los intereses a los que este sirve.


Aunque se venda como tal, Los cínicos no sirven para este oficio (1) no es un libro de Ryszard Kapuściński, sino uno con Kapuściński en el que el periodista y escritor polaco habla con otros personajes: la periodista Maria Nadotti, Andrea Semplici, el crítico y escritor John Berger o el público asistente al congreso celebrado en Capodarco di Fermo (Apulia) en noviembre de 1999. El libro, apenas un suspiro en cuanto al número de páginas, resulta una lectura más que interesante, viva, por lo que en él se dice, por su diálogo, siquiera por leer el equilibro hacia el que tiende Kapuściński, un equilibrio que nace de su búsqueda y de su humanismo, de su intención de hacernos ver que existen más mundos, más culturas, más gentes, más ombligo que el europeo o el estadounidense. El autor de Ébano se sitúa del lado de la gente, para él son más que la fuente de información, son la información misma. Sin personas no hay reportaje, no hay historia, no hay mundo; por eso, al contrario que la idea de Ortega —que, por mucho que gusten o disgusten sus textos, era un teórico y no un reportero—, reduce las distancias. A lo largo del libro, dividido en tres partes, el mismo número de congresos detallados, el escritor habla no solo del periodismo, habla de un modo de mirar y estar en el mundo. Eso es lo que le diferencia de tantos otros periodistas; él está, no lo pasa por encima, lo habita, busca el encuentro humano, busca comprender para poder explicarse y explicar aquello de lo que después hablará a sus lectores…


(1) Los cínicos no sirven para este oficio (traducción de Xavier González Rovira). Editorial Anagrama, Barcelona, 2005.


Foto: río Douro (Vila Nova de Gaia-Porto), febrero 2026.

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