martes, 9 de junio de 2026

Fragmentos de nada: desde la barrera



Fragmentos de nada: desde la barrera 


Por Antonio Pardines



Aquella mañana despertó febril y con evidentes síntomas de estar, aunque si mal o bien, no lo supo. Pero se encontraba incómodo en su desnudez. Así que decidió realizar una búsqueda para hacerse una idea de qué le sucedía. Hasta entonces, nada fuera de su currículum le había preocupado.


«Los síntomas no se producen espontáneos. Llevan años gestándose y dando señales que, quienes los padecen, van obviando hasta que prácticamente son irreversibles».


Volvió a leer los síntomas que asomaban descritos en la pantalla, para, líneas abajo, descubrir que «tampoco es una rareza, tal como pueda suponerse a simple vista». «Quizás no esté tan extendida como la cañitosis», leyó en uno de los comentarios que un anónimo había dejado en la página.


«Pero su número de afectados es alto, según los últimos informes de la Organización Mundial de Sabiondos, la cual ha comunicado que su nivel de contagio no es preocupante», concluía la respuesta de otro al primer comentario.


El muchacho se miró al espejo, hacía años que practicaba aquel mirarse, pero nunca de aquel modo, pues ese día, tal vez accidentalmente, se centró en aspectos que, con anterioridad, había pasado por alto.


—¿Qué es esto? —se preguntó sorprendido al descubrirse un sarpullido de pedantería, cerca de otro que supo lleno de engreimiento.


Se asustó, no era para menos, nunca los había visto antes. También es cierto que sus anteriores miradas habían sido distintas, menos introspectivas, más narcisistas. Se habían centrado en reflejos cegadores de vanidad. «No cabe duda, sus efectos son visibles y puede que audibles», pensó algo alarmado. Recordó entonces otro párrafo que había leído minutos antes: «No pueden ocultarse, más aún, se trata de mostrarlos, de presumirlos, de gritarlos a los cuatro vientos».


—En esto, apenas hay diferencias entre los extremos —se dijo el muchacho de setenta años que así descubrió que había vivido alejado de la sabiduría que presumía desde décadas atrás.


Sospechó entonces que lo suyo quizás fuese incurable; y se preguntó si sería contagioso y, de serlo, quién le habría contagiado.


Ante el espejo, fue detectando nuevos furúnculos de pedantería, elitismo, cursilería, erudición... que le convencieron de estar afectado. Y una vez más le regresó a la memoria aquella página consultada:


«A quien le afecta, se le conoce como erudito, que muestra sus síntomas por acumulación de títulos, lecturas, datos, «yoismo» que hace pasar por unicidad. Estos solo son unos pocos de los que pueden darse en superficie, los complejos suelen intentar disimularse, asumiendo el berrinche del yo sé más que tú. Mi currículum lo prueba».


Lo que no decía aquella nota informativa era que la erudición es accesible a todo aquel que dedique horas y horas al estudio de un tema (o de varios) en el que se especializa. El joven anciano lo descubrió más adelante, cuando uno de los «mindundis» —a quien sospechó haber visto con anterioridad, aunque no podría jurarlo, pues nunca dedicaba atención a quienes inconscientemente suponía inferiores—, le gritó para burlarse de su paso alicaído, sin la seguridad que le había caracterizado hasta entonces.


—No hay más que un «músculo» que se trabaja. Eres como quien acude a diario al gimnasio para entrenar sus músculos y hacer que luzcan, pero eso no te promete un mejor funcionamiento de tus habilidades. Ni al musculoso de las suyas, solo le promete activar y aumentar su masa muscular.


Así, tras años de desaprendizaje, de recaídas en vicios que antes no lo eran, de volver a intentarlo, de caminar en las dudas y la inseguridad crecientes, el viejo muchacho pudo vaciarse y comprendió que la sabiduría era otra cosa muy distinta. Era algo que apenas se percibía a simple vista. Ya en su lecho de muerte, se dijo «la sabiduría es al conocimiento sumarle la prudencia, la humildad de saber que no se sabe nada, la autocrítica, el autoconocimiento que nunca será pleno, la capacidad de detenerse a pensar la realidad y la irrealidad que se dan la mano, dentro y fuera de él, sin pretender ser el centro de las mismas».


Aquello no le hizo más sabio, pero sí menos erudito, de modo que ya no buscaba el aplauso ni la atención mediática; al contrario que el erudito que había sido, que perseguía el reconocimiento de quienes consideraba sus iguales: aquella élite endogámica, cuya elevación no era tan elevada como ellos mismos se atribuían.


—No pueden evitarlo —se dijo—. Están cegados de sí, tal como yo lo estuve.


Y volvió a recordar aquella página en la que también había leído que «su pertenencia al grupo es uno de los efectos secundarios de la eruditosis, pero también de otras distinciones con las que hacerse notar y ocultarse complejos y el miedo a no ser nadie»


—¿Pero quién es alguien? —preguntó al silencio y se arrepintió de tantas veces que había mirado por encima del hombro a quienes no consideró a su altura.


A estos, los despachaba con ninguneo o en un decir «qué puedes saber tú». En pocas palabras, se supo un inmaduro emocional. Comprendió aquellos reflejos que no le habían alarmado. Eran los de alguien que había huido de sus complejos, para no enfrentarse a su medianía, asumiendo conocimiento, pero sin que este trascendiese de la mera información. Lloró al saber que había dedicado su vida a levantarse un monumento, a ser una estatua que otros admirasen. Cómo pudo pasar por alto que toda estatua y todo monumento carecen de esa vida que, en ese instante, él sintió malgastada, pues descubrió que no existía evolución ni una mirada (auto)crítica y humanitaria, compasiva, honesta. ¿Dónde le situaba esto?, se cuestionó.


—En un lugar en el que no dejé de ser un ídolo de pedestal, uno para quienes ni siquiera me conocían, ni conocí, pues solo sabíamos de nosotros por nuestros forúnculos, que nos pesaban por otra cosa. Fuera de nuestro círculo vicioso ni siquiera era un nombre, un ídolo que, desde su altura, no alcanzaba el barro de la existencia, no alcanzaba a comprender ni aprehender el mundo que presumí conocer. Solo supe de él desde la barrera…

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