Ir al contenido principal

Ardid femenino (1938)



Ardid femenino; y ojo con los suegros


Por Antonio Pardines



La estrella femenina de la RKO durante los años treinta y principios de los cuarenta fue Ginger Rogers; poca duda tengo al respecto, salvo que apareciese Katharine Hepburn, aunque por aquellos años treinta a la protagonista de La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, Howard Hawks, 1938) le iba creciendo su fama de «veneno para la taquilla». Rogers brillaba en pantalla desde sus musicales junto a Fred Astaire y alcanzaría su cima popular en el melodramón Espejismo de amor (Kitty Foyle, Sam Wood, 1940). Entonces fue cuando la Academia la galardonó con el Oscar a la mejor actriz, aunque personalmente su imagen me radia mayor intensidad en los musicales dirigidos por Mark Sandrich o en comedias como El mayor y la menor (The Major and the Minor, Billy Wilder, 1942); o esta «comedia alocada» dirigida y producida por George Stevens, bajo la supervisión del productor del estudio Pandro S. Berman. En Ardid femenino (Vivacious Lady, 1938), la actriz ya era una de las grandes de la comedia y había que encontrarle un actor a la altura. Por entonces, James Stewart carecía del peso que adquiriría tras encadenar cuatro títulos entre el que se incluye este de Stevens. Los otros fueron obra de Frank Capra —Vive como quieras (You Can’t Take It with You, 1938) y Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington, 1939)— y George Cukor —Historias de Filadelfia (The Philadelphia Story, 1940)—. Pero ni mucho menos era el gran actor que llegaría a ser tras su participación en la Segunda Guerra Mundial, periodo del que nunca quiso hablar en público, probablemente por el conflicto que le generaba la realidad vivida y la apariencia exhibida por la oficialidad que lo condecoró y nombró héroe de guerra.


Desde su regreso, Stewart interpretaría personajes más complejos, menos luminosos a las órdenes de Frank Capra en ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, 1946), en los westerns de Anthony Mann o en las intrigas de Alfred Hitchcock. Algo similar le sucedería a George Stevens tras la guerra. Le afectó; ¿cómo no iba a afectarle? El impacto que significó entrar (y filmar) los campos de concentración nazi marcaría su devenir personal y profesional. No volvería a rodar comedia, género en el que se había iniciado como guionista durante el silente y que en 1938 apenas tenía secretos para él. Así lo demuestra en Ardid femenino, que no es la menor de las suyas, pero sí es una película resultona gracias a la presencia de la pareja y del gran reparto que los arropa, sobre todo Beulah Bondi y Charles Coburn, cuya presencia eleva cualquiera de las películas en las que participan. La premisa es una de tantas que se descubre en el género cómico: chico conoce a chica, y por supuesto, esta a aquel. Se casan tras una noche juntos y el enredo está servido. Se encuentra hasta en la sopa, y nos sitúa en el supuesto de que los opuestos se atraen. El chico es del tipo ordenado, del modelo profesor y erudito, del pasivo que nunca ha roto un plato ni hecho locuras, salvo casarse con Francey por un impulso llamado amor. Ya casados, viajan al pequeño pueblo donde viven los padres de él; no los de ella, que este parentesco sería otra historia, otra comedia que seguirían las pautas señaladas por la de Stevens. Peter, junior, arriba a casa sin que sus progenitores ni su prometida (Frances Mercer) sepan que se ha casado con una cantante de sala de baile que, además era la chica que su primo (James Ellison), vividor y mujeriego, un caso clínico opuesto al suyo, pretendía para él.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

El sendero de la traición (1988)

Ismos prematrimoniales Por Antonio Pardines Una de las características del cine de Costa-Gavras es el adentrarse en espacios y en situaciones que desvelan el abuso ya sea de un Estado o de un grupo de poder. Y sus películas suelen funcionar como manifiestos cinematográficos que no temen señalar desmanes y crímenes, sobre todo aquellas en las que contó en el guion con la colaboración de Jorge Semprún y de Franco Solinas, dos escritores igual de comprometidos y con quienes trabajó durante su primera época. Ya considerado uno de los grandes del «cine político», gracias a Z (1969), La confesión ( L’aveu , 1970) y Estado de sitio ( État de siège , 1972), su popularidad se disparó tras el éxito de la espléndida crónica realizada sobre el golpe de estado de los militares chilenos en 1973 y la posterior represión en Desaparecido ( Missing , 1982), cuyo guion corrió a cargo de Donald E. Stewart, que adaptaba el libro homónimo de Thomas Hauser. Más adelante, cuando regresó al cine de habla i...