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Los Karamázov en los márgenes



Los Karamázov en los márgenes


Por Antonio Pardines


Leyendo El Danubio de Claudio Magris sentí curiosidad por ver qué había apuntado en los márgenes de mi ejemplar de Los hermanos Karamázov (1). No fue que la lectura de aquel río literario me lo recordase, pero me vino a la mente como tantas otras ideas e imágenes peregrinas: de repente, sin premeditar ni controlar su insistencia. Así que acudí al lugar donde reposa el libro y las impresiones que allí dejé escritas en letra que, no pocas veces, le cuesta descifrar al yo (del momento) que a ellas acuda. Lo tomé entre mis manos y empecé a buscar las palabras exactas y las breves reflexiones o impresiones que las ideas de Dostoievski me produjeron en su momento.


Nunca recuerdo un texto al pie de la letra y nunca he sentido la necesidad de recordarlo, ni siquiera recuerdo los míos, pero de estos y de los que de algún modo me llenan y me retan siempre guardo sus ideas, las que me generaron. Esos textos tienen algo, tienen espíritu. Sí, espíritu, porque en ellos habita lo humano que sus autores lograron plasmar en ellos. Y Dostoievski fue de los que mejor supo plasmar y desnudar la humanidad que mueve a sus personajes, que les hace ser al tiempo bellas y bestias, ángeles y demonios, es decir: tipos normales, como vosotros y como yo.


Aquella novela, así como El idiota, Memorias de la Casa de los Muertos o Crimen y castigo, se quedó en mi mente y ese día leyendo a Magris regresó para que mi memoria intentase reconstruir las ideas que me generó esta pieza fundamental de la literatura que me ha marcado. Ya son tantos los impactos recibidos que cuesta dejarse impresionar por el dolor, el calor, las voces, los sonidos, los silencios… y el aroma de las líneas que me estimulan y me llevan a intentar atraparlos en los márgenes.


Lo dicho, echando un vistazo a mi ejemplar me encontré con frases y párrafos subrayados, pero no con advertencias ciclópeas de un solo «¡ojo!» que sí descubrí en otros volúmenes. En este solo líneas a lápiz que señalan aquello que llamó mi atención y frases propias a partir de las ajenas…


La primera frase apuntada me desvela la siguiente pregunta: «¿Y quién dice que no seamos nosotros mismos los malvados?». Y de ella sale un flecha que señala las oraciones que cierran el capítulo primero: «En la mayoría de los casos la gente, incluso los malvados, son mucho más ingenuos y simples de lo que nos figuramos. Y también nosotros mismos.»


Y lo último que apunté, en los márgenes izquierdo y superior: «El pueblo ruso, entre Europa y Asia, entre la modernidad y la tradición, entre obedecer al padre, venerarlo, o acabar con él». Quizás fuese consecuencia de la adversativa de Dostoievski: «Pero si el parricidio es un prejuicio y cualquier niño está en el derecho de preguntar a su padre por qué debe quererlo, ¿qué sería de nosotros, qué sería de los soportes de la sociedad, qué sería de la familia?»


Mil cuarenta y ocho páginas separan estas anotaciones extremas; entremedias, encontré otras como «un pueblo campesino, ignorante, esclavizado por los señores y por la Iglesia». Me pregunto si lo escribiría como complemento a las palabras de la dama que pregunta: «¿Cómo no amar al pueblo, a nuestro pueblo ruso, hermoso e ingenuo en su grandeza?» Pero hay otra marginalidad de las mías que resalta dos ideas que Dostoievski señala y apunta. La mía se divide y leo: «Roma: la Iglesia se convierte en Estado». «Rusia, la ortodoxa y la comunista: el Estado se convierte en Iglesia». Son dos apuntes que encuentro en el capítulo «¡Así será, así será!», en la página en la que el padre Paísi expresa: «no es la Iglesia lo que se convierte en Estado, compréndalo. Eso es Roma y sus sueños.»


Más adelante leo una que «define» a los personajes del escritor ruso: «los héroes de Dostoiveski viven y son en contradicción», supongo que también quise decir en conflicto, mas no aparece en mi anotación en la primera página del capítulo «Un seminarista arribista». Ese habitar en la complejidad, en el conflicto, en la contradicción y en la contrariedad, entre el cielo y el infierno, es decir, en la tierra sin asfaltar ni pavimentar, es una constante en su literatura, es su modo quizás de reconocerse a sí mismo en sus personajes y que estos se reconozcan en él. Dostoievski, al menos el literario, trasciende la literatura allí donde uno mismo busca su paraíso y quizás acabe encontrándose al borde del abismo que se abre bajo sus pies. Esto hace que no existan héroes y villanos, pero le permite poblar sus obras de idiotas, jugadores, arribistas, mentes en ebullición… Las puebla de almas vivas, las habita de interioridades a flor de piel.


(1) Fiódor M. Dostoievski: Los hermanos Karamázov (traducción de José Laín Entralgo). Penguin Clásicos, Barcelona, 2015.

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