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Mendel y Zweig, los de los libros



Mendel y Zweig, los de los libros


Por Antonio Pardines



El humanismo de Stefan Zweig late a lo largo de su obra, la de un autor sensible y emocional, con sobrados conocimientos tanto de literatura como de la vida de sus biografiados —y también con la evidencia de que no pretende exhibirlos—. Los emplea para construir sus mundos literarios, ya sean los biográficos, ya los novelísticos. Mendel el de los libros pertenece a este último; se trata de un relato breve en el que el vienés expone cómo se destruye un mundo interior y también un tiempo que ya nunca podrá recuperarse. Zweig pertenecía a una época más civilizada, menos castrada por la burocracia y la amenaza que implicó la guerra y su posguerra. En 1929, cuando escribió este relato todavía no sabía, aunque intuía, que el mundo de ayer ya era el imposible que dejaba paso a un ahora de barbarie, ese ahora al que él mismo no pudo sobrevivir. En ese aspecto el escritor es su Mendel, es alguien a quien se le despojó de su mundo y de su esencia, alguien condenado a la sinrazón.


De regreso a Viena veinte años después, el narrador de Mendel el de los libros entra en una cafetería cualquiera. Todavía ignora que se trata del Café Gluck, pero una vez dentro empieza a resultarle vagamente familiar. Las imágenes del pasado regresan, cuando descubre una mesa que, para quienes visitaron el local antes de la Gran Guerra (1914-1918), retiene la idea de un espectro. No se trata de una cualquiera, era la mesa en la que durante más de treinta años se sentó Jakob Mendel, Mendel el de los libros. «Aquel ser humano de lo más particular, aquel hombre legendario. Aquel particular portento universal, famoso en la universidad y en un círculo reducido y respetuoso…» (1). No era un verdadero sabio, quizás tampoco un artista ni un erudito, ni siquiera un loco de remate, pero compartía con todos ellos la concentración absoluta. Mendel se abstraía del mundo que le rodeaba y viajaba al suyo propio, aquel que le interesaba, aquel que le posibilitaba vivir, el mundo de los libros. No era un mundo en el que el libro fuese una obra creativa y de pensamiento humano, sino el objeto sobre el que se construye.


A Mendel, recuerda el narrador, el libro no le interesaba para entenderlo, sino para clasificarlo. Le daba importancia exclusiva al título, al precio, al aspecto del volumen y a los créditos del mismo. Mendel, librero de viejo, llevaba viviendo en Viena más de treinta años; aunque quizás no supiese dónde vivía, ya que su Viena se reducía a su ático y su cafetería. Nada del mundo ajeno le interesaba, nada sabía de política ni de fronteras, por ello no le importaba haber nacido en la Galitzia rusa y vivir en la capital austrohúngara. Pero el mundo sí pareció interesarse por él cuando estalló la Gran Guerra y lo confinaron en un campo de concentración austrohúngaro, acusado de enemigo del imperio de las dos coronas. Qué ironía, cuando la concentración era su mayor virtud, su mayor obsesión, su distinción, la que le permitía su extraordinaria capacidad para retener en su cerebro miles y miles de títulos de libros. Más allá de eso y de su vanidad, nada le interesaba. Pero la guerra, la sospecha, el ser distinto a ojos ciegos, le robaron esa esencia suya que le hacía vivir. El mundo de Mendel se vino abajo y el propio Mendel cayó en el fango, expulsado del Gluck, despojado de su ingenuidad y de su fuente de vida…


(1) Stefan Zweig: Mendel el de los libros (traducción de Berta Vias Mahou). Editorial Acantilado, Barcelona, 2009.

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