Ninguna editorial apostaba por su manuscrito, así que fue la Universidad de Chicago, donde había pasado cuarenta años de docente, la que acabó publicando El río de la vida, una novela que son tres historias biográficas de Norman Maclean, un profesor de literatura que, ya jubilado, se decidió a contar las historias de su vida en este único volumen publicado en vida, en 1976. La primera de ellas dio pie a El río de la vida (A River Runs Through It, 1992) de Robert Redford, en la que el famoso actor, director y productor, que aquí no asoma en la pantalla, realiza otra historia de gente corriente, como lo fueron su primer film como director, Gente corriente (Ordinary People, 1981), y su segundo largometraje tras las cámaras, Un lugar llamado milagro (The Milagro Beanfield War, 1988). Dicho de otro modo, Redford se decanta por encontrar belleza en las pequeñas cosas, en la armonía del mundo natural y el humano, en las risas y los llantos, en el conflicto y las relaciones humanas, dentro de la familia y fuera de ella, incluso en la interioridad de uno mismo, tal como le sucede al Norman anciano, que recuerda aquellos días en los que su juventud y las personas evocadas todavía vivían fuera de su memoria. Pero la cuenta desde la evocación y la elegía. Para lograr el tono y la atmósfera, emplea la fotografía, la partitura, el espacio natural que fluye entre montañas y árboles, un espacio virgen, de madereros y de sonidos y colores inmaculados, y la voz en off del protagonista, Norman MacLean (Craig Sheffer), que nos recuerda que estamos ante una evocación desde un presente que se aleja en el tiempo de lo que vamos a ver: la historia temprana de hermanos, pero también la historia de un paraíso y de un tiempo perdidos: el de la inocencia de aquellos días en los que Norman y Paul (Brad Pitt) iniciaban su educación infantil, compartían juegos y también la pesca con mosca bajo la atenta y estricta tutela de su padre (Tom Skerrit), un pastor presbiteriano que les inculcaba su credo, sus valores, su afición fluvial y su visión del mundo, uno que distaba geográficamente del “progreso” que Norman descubriría cuando se trasladó al este para realizar sus seis años de estudios universitarios. Pero cada uno de ellos es distinto y, por lo tanto, también su aprendizaje y sus comportamientos deparan diferencias. Norman resulta más reflexivo y Paul más impulsivo y rebelde, pero ambos crecen en armonía, salvo por una única pelea que se produce poco antes de que el mayor vaya a la Universidad. Allí descubrirá su vocación: la enseñanza. Atrás queda la infancia, pero la juventud late en ambos hermanos, en su relaciones íntimas y las que mantienen con su río, con esa naturaleza que se extiende allí donde miren ese estado de naturaleza indómita y casi “salvaje” de Montana, imagen heredada por Paul, que nada tendría que ver con las grandes áreas urbanas del este del país, más, digamos, académicas y “civilizadas”…

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