jueves, 30 de abril de 2026

La noche de Varennes (1982)


Viajero y amante incansable e insaciable mientras la vitalidad aguante, Ettore Scola nos descubre en La noche de Varennes (La nuit de Varennes, 1982) a un Giacomo Casanova (Marcello Mastroianni) cansado, patético, resignado a ya solo ser un nombre mitificado en un tiempo en el que su vitalismo y su capacidad de amar, de hacer gozar a miles de cuerpos femeninos de toda Europa, ha quedado en el recuerdo, el que dará forma a su voluminoso libro de memorias. Tal vez ese voluminoso texto sea un intento del anciano de recuperarse en épocas que rememora más felices y satisfactorias, pues, ahora, el anciano Giacomo transita por un entorno más vivo que él; aunque más que vivo podría decirse revolucionado por las ideas políticas y su violenta puesta en práctica. Casanova nunca mostró excesivo interés por la política, lo mostraba por las mujeres, sin importarle el origen de cuna o las medidas de sus cuerpos. Era el amante, el que se entrega al placer y a dar placer, mas ¿qué queda ahora de aquel, cuando ya el tiempo parece haberle expulsado de la época que transita en soledad, aunque su tránsito le depare encuentros con otros personajes históricos? El mundo sigue, los días se suceden tras sus noches, las mareas se avivan o se calman, y Casanova continúa viajando, tal vez en un intento de sobrevivir al tiempo que no logra ocultar bajo su peluca o su maquillaje. También las cortes y monarquías europeas lo intentan, sobre todo esa corte francesa que ve su final en la revolución que se está gestando mientras el buen vividor ya apenas es un espectro de quien viajó por toda Europa en busca de satisfacción. Casanova quizás haya sido el primero que ha dejado por escrito esa realidad, la de querer vivir en un constante placer carnal que ya no puede sentir en esos días expuestos por Scola, que redundan en el ocaso de una época y de un hombre. Y como todo ocaso también señala un principio, el que trae consigo la revolución y de la que son testigos y cronistas Thomas Paine (Harvey Keitel), autor de Sentido común y Los derechos del hombre, o Restif de la Bretonne (Jean-Louis Barrault), el protagonista de este film que Scola dedica a Sergio Amidei, su coguionista y uno de los nombres fundamentales del esplendor del cine italiano de posguerra, fallecido en 1981, cuando otro ocaso, el del cine italiano, ya era una realidad que no se le escapa al buen Ettore —de quien dudo que pensase que lo mejor ya pasó, pues nunca sabemos que deparará el futuro, sino que algo bueno ya murió—Ambos, el anglo-estadounidense, cuyas ideas representan el futuro, y el francés, que observa y refleja el presente, son personajes con los que Casanova, el fantasma del pasado, se encuentra durante su viaje, pero que más que compañía, le crean nostalgia de un mundo ya extinto, del que, con tristeza, se sabe una reliquia, porque en ese instante muere su época y nace otra que comprende no será para él. Esa nueva era es la de Paine, que creía que el pueblo se podía gobernar a sí mismo, sin esas clases sociales elitistas, aristocráticas, y para él, parasitarias, que le habían gobernado durante siglos y en cuya cima absolutista se asentaba la monarquía que en Inglaterra se suponía ya era parlamentaria, aunque no democrática, pues el rey continuaba eligiendo al ejecutivo, tal era su privilegio y no existían elecciones modernas; de hecho, no sería hasta el siglo XIX (1885) cuando todos los varones mayores edad pudieron votar. La cuestión de la mujer hubo de aguardar hasta el siglo XX. En Francia, en el viaje expuesto por Scola en La noche de Varennes, la monarquía huye para salvar su cabeza. Disfrazados, Luis XVI y Maria Antonieta huyen de la ira de ese pueblo que Casanova duda sepa gobernarse sin devorarse. Paine abogaba por la igualdad social, por la libertad y el comercio. Su objetivo era el “bien común”, no el de una élite que solo buscaba su bienestar. Contra ese estamento ya había luchado en su Inglaterra natal y posteriormente en las colonias americanas, antes de que estas se independizasen y diesen pie a los Estados Unidos, donde hoy se le considera uno de los Padres fundadores, aunque eso no le evitó morir en la pobreza y en el olvido. Scola lo rescata para el cine, del mismo modo que hace con Casanova, uno diferente al expuesto por Fellini en su película sobre el caballero de Seingalt. También nos trae a Bretonne, los ojos del presente, el puente entre pasado y futuro, el cronista de la caída del Antiguo Régimen y el hombre elegido por Paine (en la película) para que le editase su ensayo político Los derechos del hombre

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