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El piano (1993)


La vida es conflicto, la música, la literatura y el cine lo reflejan para expresar existencias y situaciones humanas, tal como las expuestas por Jane Campion en El piano (The Piano, 1993), en la que el conflicto se presenta en varios puntos: la naturaleza y la civilización, la cultura europea y la maorí, el deseo y el rechazo, la mujer en un entorno masculino. En realidad cualquier entorno lo era, aunque Nueva Zelanda, el escenario de la película, fue el primer país en aprobar el sufragio femenino. Pero eso sería en 1893 y Ada (Holly Hunter) llega a la isla cartografiada por primera vez por James Cook hacia medicado del siglo, unos pocos años después de la firma del Tratado de Waitangi que establecía el control británico del archipiélago. Ada McGrath llega con su hija Flora (Anna Paquin) y con su mudez a cuestas, mas esta no es una casualidad, es la discapacidad física que Jane Campion elegir para expresar la incapacidad de ser libre o, dicho de otro modo, ese no poder hablar vendría a desvelar el estado de represión y de sometimiento de mujer. Campion habla de ese silencio, de esa situación femenina, por ello la voz que abre El piano es la de la mente de su protagonista, a quien han casado por poderes con Stewart (Sam Neill), un desconocido que vive en otro país, en otro continente, al otro lado del mundo. Así conocemos a Ada y a su hija, que viajan a ese otro lugar, pero que quizá en las situaciones de hombres y mujeres no difiera tanto del que han dejado atrás. No cabe deuda que Ada es una mujer sensible, creativa, posiblemente introvertida, ya no solo por su silencio, sino por encontrarse rodeada de ruido y de imposibilidad. Ella habla con su música, a través de su piano, la escuchamos tocar y así la comprendemos, claro que con la ayuda de su voz interior, por notas escritas, por la interpretación de la niña, y por supuesto por las imágenes de Jane Campion que nos guía por este drama  de tonos grises, en el que nunca está despejado, incluso en los espacios abiertos como la playa, que habla a través de una protagonista privada de su voz física… El piano, que parece ser una prolongación de Ada o parte de ella, pasa a ser de George Baines (Harvey Keitel), pues este comprende la importancia del piano para Ada y lo recupera de la playa donde Stewart asumió que debían dejarlo porque resultaba un esfuerzo peligroso y estéril. No cabe duda que Baines la desea, por eso le propone el trato de intimidad que le devolvería su piano, pero también el que haría de ella una prostituta y de él un miserable. Ese momento en el que Baines lo comprende rompe las distancias que los separaban, pero también provoca, debido a la intervención inconsciente de Flora, que el conflicto estalle. Así, el comportamiento de Stewart, hasta entonces paciente, se vuelve posesivo y brutal: la encierra para que no pueda salir y acudir a los brazos de Georges Baines; e incluso la mutila cuando intenta ponerse en contacto con su amante. La impotencia de no poder poseerla, sabiendo que ella se ha entregado a otro, lo lleva a la bestialidad, a la violación de su mujer por poderes, que no por libre consentimiento y entrega voluntaria. Stewart asume que es lo suyo, que es su derecho, pero esa idea  no deja de ser criminal; criminalidad que acaba por comprender, porque se ha visto convertido en un monstruo y esa imagen suya no le gusta, más bien le hace sentirse parte de una pesadilla de la que quiere despertar. Ese gesto ya no solo permite que George y Ada puedan estar juntos, sino que posibilita la catarsis de la heroína, el momento culminante de su imposibilidad y su tragedia personal…

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