jueves, 9 de abril de 2026

El joven Winston (1972)


La primera biografía cinematográfica realizada por Richard Attenborough, El joven Winston (Young Winston, 1972), fue de la mano del trotamundos —obligado a serlo por su inclusión en las listas negras de Hollywood—, productor y guionista estadounidense Carl Foreman, que asumía labores de producción y de guion, por lo que se puede considerar que la película es también suya. Tal vez por ello, en esta bio del popular político británico, no exista la rigidez y la solemnidad soporífera, ¿esnobismo?, de otras biopics de Attenborough, sin ir más lejos de la más popular de las suyas: Gandhi (1984). Aquí el tono es aventurero y hasta picaresco, salvo cuando trata del pequeño Churchill, que resulta la parte dramática de este film que no habla del político consagrado que asoma en las imágenes documentales que abren la película, sino de uno anterior al que la cagó durante la Gran Guerra (1914-1918), cuando estaba al frente del Almirantazgo y en él recayeron las críticas de la desastrosa expedición de los Dardanelos (Galipoli), y mucho antes de ser el popular líder que sostuvo el pulso a los nazis durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), a la espera de que el amigo americano, los Estados Unidos, decidiese ayudarle con todo su arsenal, y no solo con la Ley de Préstamo y Arriendo o con escaramuzas clandestinas en el Atlántico. Dicha ayuda llegaría tras el ataque japonés a Pearl Harbor, en diciembre de 1941, y la declaración de guerra de Alemania e Italia, que se produjo inmediatamente después de que los estadounidenses se la declararan a Japón. Pero, como apunto arriba, la historia que nos cuentan Attenborough y Foreman nos sitúa mucho antes, en 1897, en otro continente, Asia, en concreto en Malakand (India), y en otro conflicto bélico muy diferente, puesto que todavía la guerra no había alcanzado el grado de tecnología y destrucción que tendría a partir del siglo XX. En ese instante se descubre la figura de Winston (Simon Ward), de 22 años, sobre su caballo blanco, previo a entrar en combate, pero, aunque es teniente de caballería, está allí como corresponsal de guerra para el Daily Telegraph; en cierto modo, Winston siempre va por libre persiguiendo su objetivo. Su voz acompaña ese instante de presentación, puesto que él mismo es el narrador de cuanto observamos —Foreman escribió su guion a partir de los escritos de Churchill—, nos confiesa que es más cobarde que valiente, pero que necesitaba medallas y notoriedad para acceder a la política, su meta y su obsesión.


Eso explica que busque estar en todo conflicto que le proporcione la oportunidad de notoriedad, desde la India a Sudán (1898) y, finalmente, Sudáfrica (1899), cuando llega para cubrir la guerra Boer. Entonces, cae prisionero, pero logra fugarse y es esa fuga heroica la que le concede la popularidad que precisa para ser elegido para la Cámara de los Comunes y seguir los pasos de su padre. Lo conseguirá en 1900. El que su nombre salga en la prensa de medio mundo le abre de par en par la puerta de la política que ya no abandonará, pero también le permite llevar a cabo la labor que su padre, Lord Randolph (Robert Shaw), miembro del partido conservador y segundo hijo del duque de Marlborough, no pudo concluir debido a su muerte prematura. En la primera parte de El joven Winston, en un pasado anterior, se exponen las relación del niño con el padre y también con la madre (Anne Bancroft), una mujer estadounidense elegante y activa, para desvelarnos las distancias y la soledad infantil, la que siente un niño que admira a su padre y que desearía colaborar con él, en realidad necesitaría cercanía y aprobación, el reconocimiento de su valía, la que no muestra en su etapa escolar en una escuela que que emplea el castigo como una de sus prácticas educativas, puesto que reconoce ser un mal estudiante —también presume de que es capaz de un rápido aprendizaje cuando siente interés—. En esa relación paterno-filial nacería la idea de emular al padre, para que este le reconociese, pero no habría tiempo para ello, debido a la prematura muerte paterna. Lo expuesto por Attenborough concluye en algo obvio: que sin los Winstones anteriores, el niño, el adolescente, el cadete, el teniente segundo, el corresponsal de guerra, el héroe mediático, el joven político, el chico que debe lidiar con la sombra del padre y con las distancias con la madre, no habría el posterior Winston, el que lideró a los británicos con su “sangre, sudor y lágrimas”. De modo que El joven Winston, una película que reúne varias generaciones de grandes actores —incluso un apenas visible e imberbe Daniel Day-Lewis y la fugaz presencia de Jane Seymour antes de alcázar la fama siendo “chica Bond”—, se sitúa e interesa en la forja de un carácter, el cual se desarrolla tanto en los aciertos como en los errores; y de ambos tendría Churchill…

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