Cuando en 1895 Stephen Crane publica La roja insignia del valor, su novela más popular y en la actualidad uno de los clásicos del la literatura estadounidense, tiene veintitrés años y todavía no ha visto ni vivido la guerra. Lo hará dos años después, cuando trabaje de corresponsal de guerra en Grecia (1897) y en Cuba (1898) y asuma que su obra refleja de manera bastante aproximada el sentir del soldado. No cabe duda de que entonces, mientras la prensa buscaba la noticia que llenase sus páginas y los bolsillos de magnates como Hearts y Pulitzer, Crane hablaría con los soldados y escucharía decir a más de uno las típicas bravuconadas (que en su novela pone en boca del soldado jactancioso) y, entre líneas, percibiría la confesión de miedos y dudas. Aquel final de centuria era un tiempo de florecer novelístico, pues, por entonces, la novela andaba buscando nuevos caminos entre el naturalismo y el impresionismo que la alejaban definitivamente de la narrativa romántica en la que, por ejemplo, había destacado el francés Victor Hugo. Si el romanticismo, un periodo y movimiento literario más propenso para la poesía, había sido una respuesta al racionalismo; el naturalismo vendría a serlo de los románticos, puesto que se alejaba de la exaltación sentimental para adentrarse en un realismo que encontró en Emile Zola uno de sus primeros maestros. Aparte, daba un paso adelante hacia la novela más existencial y psicológica que llegaría hacia el último cuarto del siglo XIX. Por aquel entonces, la novela estaba anunciando el existencialismo del XX; pero ya en los personajes de Stendhal y Dostoievski, o en libros como Hambre, de Hamsun, o La roja insignia del valor se desvelaban existencias, psicologías e interioridades vivas, en conflicto…
El muchacho protagonista de La roja insignia del valor, la segunda y la más popular de las novelas de Stephen Crane, evoluciona a lo largo de las páginas del relato, un relato que hace hincapié en la psicología del protagonista. Su pensamiento es, gracias al narrador, el eje del texto. Como lectores, somos testigos de ello, tanto de su paso por un espacio exterior en lucha, los Estados de la Unión contra los de la Confederación durante la Guerra de la Secesión, como su lucha interna y las impresiones que, al contemplar la guerra, van marcando su recorrido. Conocemos a Henry antes de partir para el frente, momento en el que se desvela la idealización. Solo posible en el hogar, pues allí ve la guerra de un modo distinto a como la sentirá cuando la cercanía, previa a entrar en batalla, le genere las primeras dudas. ¿Estará a la altura? Pero en su bautizo de fuego sale huyendo y, durante su deambular de regreso, a su regimiento siente vergüenza. Asume que su huida es un crimen, más si cabe cuando se reencuentra con Billy moribundo; pero siente esa criminalidad por lo que juzga verán los demás…
Al contrario de lo que haría Dalton Trumbo en su Johnny cogió su fusil, en la que la psicología, la voz del personaje, funcionaba como un alegato antibelicista y antimilitarista, las dudas y los temores de Henry no se plantean el orden, o apenas lo hacen salvo respecto al general o cuando siente miedo a morir; aunque no se plantea el matar a otro; ni por qué son prescindibles ni quien les hacer serlo; Henry no es más que un crío que envejece prematuramente debido a la lucha, a ver morir a otros, a sentirse un cobarde y al tiempo desear serlo un héroe. No se trata de alguien que no encaje, puesto que no deja de ser similar al resto, sino alguien en quien Crane esboza la interioridad de un soldado raso antes, durante y después de la batalla. Aunque en su mente se reduzca a un conflicto entre la cobardía y el valor, Crane parece dejar claro que no se trata de cobardía o de heroicidad, sino de estar allí, y allí no hay madre que proteja ni teoría tras la que esconderse. Henry siente la angustia, que nace de su pensamiento enfrentado a las posibilidades, se enfrenta al sinsentido y este nunca tiene una respuesta lógica, solo queda habitarlo…

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