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Kolya (1996)



Sensiblería putativa tras el telón 


Por Antonio Pardines



Desde El chico (The Kid, Charles Chaplin, 1921), ¿cuántos largometrajes de niños y padres no biológicos han campado por la pantalla? Muchos, pero ahora me vienen a la mente Forja de hombres, Capitanes intrépidos, El libro de la selva, Historia de un vecindario, Tres padrinos y su versión previa también realizada por Ford, Yo soy el padre y la madre (para el lucimiento de Jerry Lewis y de la cómica plasticidad de Frank Tashlin), Desnudo entre lobos, Tres solteros y un biberón o mismamente las menos evidentes Campanadas a medianoche, El oso, Entrevista con el vampiro o Hellboy. Kolya (Kolja, Jan Svěrák, 1996) presenta una de esas relaciones paterno-filiales y contiene otra real, la de los Svěrák, Jan (el director de la película), con Zdeněk (el guionista y también el protagonista del filme); hijo y padre respectivamente…


Aparte de sus evidentes diferencias tanto genéricas como temáticas, las distintas propuestas resultan efectivas en ese acercamiento paterno-filial que, en el caso de no pocos de los títulos nombrados, despierta el lado más tierno y «bueno» de los protagonistas adultos, tal como sucede en esta galardonada película checa. Así, la relación que mantienen el pequeño Kolja (Andrej Chalimon) y Louka (Zdeněk Svěrák), el solitario mujeriego, músico maduro venido a menos —tras ser apartado de la filarmónica y mal ganarse la vida tocando en los funerales y pintando las lápidas—, permite al director insistir en la situación político-social de los últimos momentos del sistema comunista.


El cineasta expone la antigua Checoslovaquia como un país de régimen represivo y títere de la Unión Soviética, en el que tipos como Louka se convierten en marginales, cuando no en pícaros que deben emplear la astucia para no morirse de hambre o de aislamiento… Pero se decanta por el acercamiento ajeno a la política de dos identidades, la checa representada por el músico —a quien primero se descubre egoísta para que sea más evidente y efectiva su evolución— y la rusa del niño. En la presencia del pequeño se sostiene la intención sensiblera que el director es incapaz de ocultar, pues prima el enfoque edulcorado que, a la postre, le valió el Óscar a la mejor película de habla no inglesa… Y si la película no entra ni profundiza en el comunismo ni en la relación, ¿qué más podría escribir en este texto? Kolya se queda ahí, en la frontera de lo que propone y no expone, ni siquiera de forma elíptica. Así, sin más, ofrece lo justo para recibir el aplauso conformista.

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