El plano secuencia que introduce los créditos de Me enamoré de una bruja ( Bell, Book and Candle , 1958) define al cineasta que hay detrás: detallista, sutil, elegante, irónico, uno que no duda en minimizar su figura respecto a las máscaras que presentan los nombres de los actores y actrices principales, a la figura del guionista Daniel Taradash , a los bongós que corresponden al compositor George Duning y a la más voluminosa imagen que relaciona al productor Julian Blaustein . En esa apertura, Richard Quine hace magia, no solo por poner su nombre sobre el icono más pequeño de los encuadrados por la cámara, sino que los objetos, ídolos, tótems y los nombres forman parte del mundo mágico, la propia película, donde el realizador conjura un hechizo cinematográfico que comparte con brujas, brujos y cualquier cómplice que no sepa responder el interrogante <<¿quién puede explicar la magia?>>. No hay palabras que la expliquen, se siente o no, o se desea se...