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miércoles, 22 de marzo de 2023

Zazá (1923)

Billy Wilder fue quien inmortalizó a Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), su Norma Desmond permanece en el imaginario popular, Cecil B. DeMille quien la convirtió en estrella del celuloide en comedias como Macho y hembra (Male and Female, 1919), y Allan Dwan quien mejor se entendió con la actriz, a la que dirigió en ocho ocasiones. Su encuentro con Gloria Swanson se produjo cuando iba a realizar Zazá (Zaza, 1923) para Paramount y ella quiso interpretar a la protagonista. Era la tercera versión cinematográfica de la obra teatral de Pierre Berton y Charles Simon; posteriormente habría otras, entre las que se cuentan la realizada por George Cukor en 1938 y la que Renato Castellani filmó en 1944. Su asociación en Zazá resultó una grata experiencia para ambos y un éxito colosal que les posibilitó volver a colaborar en sucesivas producciones. <<Gloria supo casi de inmediato que había dado un paso en la buena dirección. Trabajar con Dwan era una maravilla. Dwan consideraba que hacer cine “es el puñetero juego más fascinante que existe” y en sus producciones se combinaba la eficiencia con el trabajo esforzado y la diversión. […] Dwan valoraba la colaboración y la espontaneidad y encontró en Gloria una contribución entusiasta.>> (1)

Zazá es un melodrama típico, sin sorpresas, en el que estrella de variedades conoce a diplomático casado y con hija, aunque la vedette lo ignora. Se enamoran, pero el idilio concluye cuando aparece madame Dufresne (Florence Fair) y le recuerda a su marido sus responsabilidades. Este se ve obligado a abandonar a la cantante, porque, en ese instante de confusión, antepone su familia al amor; pero, días después, regresa a Zazá. Le dice que la ama, que no puede estar lejos de ella, aunque Z, ya al tanto de que él tiene mujer e hija, miente y se sacrifica para que el hombre que ama vuelva con su familia. De ese modo se convierte en heroína melodramática y, tras siete años de separación, todo puede suceder, incluso un encuentro inesperado entre Z y Dufresne, que precede a un final de los llamados felices que tanto gusta al público, ¿y por qué no habría de gustar, si el cine escapa a la realidad, ofrece su reflejo, su deseo o su fantasía? Pero no por describirlo así, el film carece de interés. Zazá es un alarde de sencillez y soltura narrativa, uno más entre tantos trabajos cinematográficos de Dwan, algunos ya perdidos, otros olvidados, de lo fácil que lo hace, de su saber hacer y qué se trae entre manos —su narración es una nueva lección de ritmo— y hacia dónde dirige a su equipo; y de Swanson, que se come la pantalla. Su presencia física, su mirada, su expresión corporal y facial hablan de la fortaleza de su personaje fortaleza, pero también hace creíble su vulnerabilidad, incluso la ternura, cuando conoce a Lucille Dufresne y acaricia su cabeza después de que la niña, que todavía vive en el mundo infantil, exprese si amor hacia sus progenitores. La actriz transmite a su heroína fuerza cuando la precisa, incluso un lado salvaje, memorable es la escena en la que Florianne (Mary Thurman) y ella se entregan a una pelea en la que deseaba despedazarse, y emotividad, cuando llora de rabia, de impotencia, por la partida del hombre que ama.

(1) Tricia Welsch: Gloria Swanson (traducción Roser Berdagué). Circe Ediciones, Barcelona, 2014.


viernes, 30 de octubre de 2020

Suez (1938)


Existen individuos que sueñan grandeza y, en su intento de realizar sus sueños, son quienes arrastran al resto hacia adelante o hacia el abismo, al progreso o a la barbarie. Son aquellos soñadores quienes, empujados por su ambición e ilusión, persiguen y materializan las ideas y visiones mas inverosímiles que, una vez alcanzadas, engrandecen al conjunto o provocan la pesadilla que a pocos o a muchos les toca sufrir. Ferdinand de Lesseps (Tyrone Power) fue de los primeros, soñó acortar espacios y quiso comunicar el Mediterráneo con el Océano Índico, abriendo un canal en tierra que uniese el mar de los antiguos romanos con el Mar Rojo. Más adelante, iniciaría otro proyecto de similar envergadura: el Canal de Panamá, pero esa es otra historia y no tiene cabida en esta biografía cinematográfica realizada por Allan Dwan.

Común a tantos biopic realizados en Hollywood en la década de 1930, en los que se dramatizan situaciones y se presta atención a una historia de amor, pero también de superación, sacrificio y logros, Suez (1938) ensalza la figura del personaje biografiado, algo que Dwan hace a la perfección y añade algo más: su atención a la época. Se acerca al momento, nos da una idea general —disturbios civiles, cierre de la Asamblea, proclamación del Segundo Imperio, Luis Napoleón, de presidente de la República a emperador, o Victor Hugo y Los miserables (publicada en 1862)—, pero también concreta ambiciones, intereses y las diferencias sociales que afectan a su trío protagonista.

Como todo sueño, materializarlo conlleva trabas y sacrificios. No es gratuito, es costoso y conlleva pérdida. <<Has ganado>> le dice Eugenia (Loretta Young) cuando condecora a Ferdinand. <<Sí, he ganado... y he perdido cuanto más quería>>, responde el constructor del Canal. <<Tal vez la fama exige ese este precio>>, apunta la emperatriz consorte, consciente de que ella ha ganado un trono, pero también ha perdido —al cambiar el amor por la corona. No obstante, el protagonista de Suez no paga el precio de la fama, sino el del visionario condenado a perseguir su visión hasta verla materializada o verse derrotado por algo más grande de lo que puede abarcar. De hecho, en varios momentos del film, Ferdinand está apunto de rendirse, sobre todo, cuando Luis Napoleón (Leon Ames) le utiliza para deshacerse de sus oponentes y proclamar en Imperio. En ese instante de desengaño y dolor, pues pierde amistades, a su padre (Henry Stephenson) y su reputación, el protagonista ya no quiere saber nada del canal que pretendía construir desde Port Said a Suez, atravesando 163 kilómetros de desierto.

jueves, 26 de diciembre de 2019

East Side, West Side (1927)

Para quienes poseen nociones sobre la evolución cinematográfica, el nombre de Allan Dwan suena entre el de los grandes pioneros de Hollywood. Pero, al tiempo, el término "pionero" abarca mucho y poco. Mucho, porque indica que se trata de alguien fundamental en el desarrollo del cine; y poco, porque su obra puede sonar a reliquia del pasado o a resto arqueológico, y esto apunta a que sus películas quizá sean desconocidas para el público actual, generalmente más familiarizado con los David W. GriffithCecil B. DeMille, Charles Chaplin, King Vidor o John FordDwan inició su aventura cinematográfica en 1911 y, desde entonces, su afán por hacer películas marcó su ritmo y su rumbo profesional. Su filmografía supera los cuatrocientos títulos y, los que he visto, reafirman la idea de que contempló la obra de un realizador que parece decir "voy a hacer una película entretenida y sencilla en su apariencia". No es fácil alcanzar la sencillez ni ofrecer entretenimiento, pero Dwan logró ambos, tanto en sus producciones silentes como en las sonoras, muchas de las cuales fueron rodadas en precarias condiciones, aunque con el talante del iluso que no se rinde ante las dificultades, que acepta el reto y sale airoso. Claro está, en su obra fílmica las hay mejores y peores, también hay cabida para grandes títulos e incluso para aquellos que, como puedan serlo Robin Hood (1922) o Ligeramente escarlata (Slightly Scarlet, 1956), considero indispensables. Ninguna de sus películas, al menos de las que tengo conocimiento, llevan a engaño, puesto que Dwan, cineasta honesto e intuitivo, rodaba con igual entrega un film A, B o Z. Lo suyo no era alardear de talento, era buscar y dotar de fluidez y de agilidad las imágenes de sus producciones. Y estas hablan de alguien que hacía cine y amaba el cine, de alguien cuyas ganas de filmar lo llevó, en ocasiones, a transgredir, a ir allí donde otros apenas se asomaban y a hacer real su deseo de rodar, que mantuvo vivo hasta 1961, año de su último largometraje. East Side, West Side (1927) es un ejemplo de su buen hacer tras las cámaras. En ella empleó el humor, el melodrama o los espacios urbanos y los mezcló con su sencillez expositiva, dando forma a la disyuntiva entre el lado este y el lado oeste, referidos por el título y que remiten a la elección que se presenta ante John Breen (George O'Brien). El protagonista de la historia anhela construir algo que perdure, quizá algo que deje huella de su paso por la historia, pero, sobre todo, es la imagen del individuo anónimo que pretende el sueño americano y del hombre dividido entre dos mundos, dos mujeres y dos orillas opuestas. Como chico del río, que separa tanto las clases sociales como los espacios físicos terrestres, su origen fluvial le depara que ni pertenezca al lado oeste ni al este de la ciudad, al tiempo, su desubicación le posibilita que pueda elegir entre ambos. Al inicio, John contempla los edificios neoyorquinos desde la barcaza, su hogar, donde vive con su madre (Jean Armor) y su padrastro (William Frederic). Esta introducción explica que siempre ha vivido sobre las aguas del East River, en el transporte de ladrillos que hace las veces de vivienda, hasta que se produce el accidente que provoca el hundimiento de la embarcación y el ahogamiento de su familia. Así, nadando y saliendo de las aguas, pisa el asfalto con el que habría soñado, la tierra firme que le permitirá construir su propio camino. Sin embargo, como cualquier búsqueda, la de John no resulta sencilla y lo llevará por varias etapas: desde el hundimiento de la barcaza hasta que alcanza su meta, que no es material, sino ideal, así como establece su relación definitiva con Becka (Virginia Valli), la chica del East Side que, en la primera parte del film, miente y lo abandona para no entorpecer el ascenso del hombre a quien ama. Muchas historias cinematográficas dejarían de serlo, si sus protagonistas expusieran sus perspectivas, sus sentimientos, sus intenciones y sus ideas sobre el otro. Pero Becka calla tras aceptar las palabras de Pug Malone (J. Farrell Macdonald) y da el paso que depara la distancia entre ambos. Lo hace por amor, por generosidad, por dejar vía libre a John, para que pueda irse al West Side y triunfar. Seis meses después, el héroe trabaja en el subsuelo neoyorquino e inicia su noviazgo con Josephine (June Collyer), la niña rica y altiva, cuya ambición se opone a la generosidad de Becka. Igual que las orillas del río, ambas mujeres son opuestas, salvo en el deseo carnal que John despierta en ellas, y ellas en el emprendedor que busca su lugar y su sueño. East Side, West Side es un título que apunta la herencia híbrida del protagonista, hijo de padre millonario y madre de clase trabajadora, por tanto, apunta la situación en la que se encuentra, a los dos mundos que se abren ante él, aunque inicialmente ignorando las características de ambos. Solo sabe que ya no tiene nada, salvo un padre (Holmes Herbert) que abandonó a su madre, porque la familia paterna se interpuso a un matrimonio que su posición social no podía permitir. Por ese motivo, John no duda cuando responde que <<lo mataría>>, pues ignora que está expresando su ira ante Gilbert, el amigo y mentor -en realidad, es su padre- a quien conoce durante su etapa de boxeador. La ausencia de la figura paterna, la llena con la presencia de Gilbert van Horn, quien lo anima y apoya en sus estudios de ingeniería, para que, finalmente, acaricie el cielo, el ideal que Dwan expone sin tiempos muertos ni altibajos que rompan el ritmo del melodrama y de realidad social -e histórica, al introducir el desfile en honor al aviador Charles Lindbergh y las escenas del hundimiento del Titanic- que se combinan durante buena parte de la trama.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Ligeramente escarlata (1956)



Poseedor de un sentido narrativo envidiable y nada narcisista, Allan Dwan realizó más de cuatrocientas películas desde su debut en 1911 hasta su retiro en 1961, sin embargo su extensa filmografía (la mayor parte de la silente perdida) no evita que sea otro cineasta indispensable
 a la espera de ser rescatado del olvido. Durante su medio siglo tras las cámaras, este pionero cinematográfico dirigió a grandes estrellas —Douglas Fairbanks o Gloria Swanson en títulos como Robin Hood (1922) o Zaza (1923), respectivamente—, trabajó para estudios tan importantes como la Warner y la Fox, también para modestas productoras como Republic Pictures y, ya en la parte final de su carrera profesional, para el productor Benedict Bogeaus en diez films de serie B de impecable factura, algunos tan logrados como Filón de plata (Silver Lode, 1954), Ligeramente escarlata (Slightly Scarlet, 1956) o Al borde del río (The River's Edge, 1957). Al contrario que otros de sus contemporáneos, Dwan fue un director práctico que supo adaptarse a los cambios sin lamentarse, aprovechando sus conocimientos técnicos y narrativos para rodar, con rapidez inusitada y con limitados medios económicos, producciones tan atractivas como las protagonizadas por John Payne. Este actor, el más representativo de la última etapa profesional del responsable de Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima, 1949), dio vida en Ligeramente escarlata a Ben Grace, un periodista sin escrúpulos que ambiciona escalar social y económicamente dentro de un entorno dominado por la organización criminal de Solly Caspar (Ted de Corsia). Para lograrlo, filtra parte de las actividades del hampón, entre ellas el homicidio del magnate (Roy Gordon) que apoyaba a Frank Jansen (Ken Taylor) como el candidato ideal para poner fin a la corrupción y a la criminalidad imperantes. Pero el interés de Dwan no reside en el enfrentamiento de los dos antagonistas, sino en aquello que muestra durante el primer careo entre el ambicioso y ambiguo periodista, que precipita la caída de Caspar y el ascenso a la alcaldía de Jansen para satisfacer sus fines, y las hermanas de cabellos ligeramente escarlata a quienes espía y fotografía al inicio del film. La escena de su cara a cara con June Lyons (Rhonda Fleming) se produce en el salón de la casa de esta última e introduce la atracción que se intuye cuando ambos hablan sentados en un sofá (en primer plano) y se descubre (al fondo de la imagen) la figura tumbada de Dorothy (Arlene Dahl), cuya presencia entre ambos anuncia el triángulo que cobrará importancia a lo largo de los minutos. Por otra parte, las palabras del periodista, <<el señor Jansen es un gran tipo, pero no sabe cómo ganar elecciones. Yo no soy un gran tipo, pero sé cómo. Sacando trapos sucios>>, explican su personalidad, su ambición y el por qué de su encuentro con esas dos hermanas en apariencia opuestas. En un primer momento, June, la secretaria del futuro alcalde, representa la pureza mientras que Dorothy, ex-convicta, es la candidata a asumir el rol de mujer fatal, aunque no llega a serlo porque cuanto hace (seducir, mentir o robar) forma parte del desequilibrio que provoca que interprete la vida como un juego. Aunque se trata del personaje más positivo de la historia, en June también existen connotaciones negativas que la convierten en otro personaje de doble rostro, como delata que silencie sus celos cuando observa el descaro de Dorothy en su intención de seducir a Ben o cuando acude a la casa de la playa donde espera encontrar a su hermana en brazos de aquel, aunque es a Caspar a quien descubre y se ve obligada a disparar sobre él. En ese momento las dos hermanas intercambian sus papeles, la pequeña cobra apariencia indefensa (siempre lo ha estado) y la segunda confirma su carácter ante la agresión del criminal que ha regresado para vengarse de quien en su acto final de nuevo evidencia los opuestos que definen su personalidad.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Filón de plata (1954)



La primera de las diez películas dirigidas por Allan Dwan para el productor Benedict Bogeaus bebe directamente de lo expuesto por Fred Zinnemann en Solo ante el peligro (High Noon, 1952): su inicio en una ceremonia nupcial, su antimccarthismo, su desarrollo temporal o un pueblo que vuelve la espalda al protagonista así lo confirman, pero Filón de plata (Silver Lode, 1954) es algo más que un western que intenta aprovecharse del éxito obtenido por Zinnemann, pues asume su propia personalidad para desarrollar su negrura y su crítica social. La película de Dwan ofrece un evidente paralelismo entre su ficción y la caza de brujas que por aquel entonces asolaba a Hollywood y a otros sectores de la sociedad estadounidense. Este paralelismo me lleva a pensar que no fue casual situar la acción en una fecha tan señalada en el calendario estadounidense como lo es el 4 de julio (día de la independencia, por lo tanto del nacimiento de las libertades constitucionales) ni que el supuesto agente federal a quien dio vida Dan Duryea responda a un apellido similar al del senador republicano Joseph McCarthy, uno de los máximos responsables del Comité de Actividades Antiestadounidenses ante el cual declaraba cualquier sospechoso de simpatizar o de haber pertenecido al partido comunista. Como consecuencia de su limitación temporal, Filón de planta plantea su trama en un tiempo acotado que amenaza y oprime a su protagonista para incidir en la caza del hombre, en el caso de Dan Ballard (John Payne) señalado como asesino. Este falso culpable se presenta en pantalla ante el altar, en un instante previo a su boda con Rose Evans (Lizabeth Scott), pero la ceremonia es interrumpida por la llegada a Silver Lode de Fred McCarty y sus hombres. En ese momento Dan es acusado por el supuesto agente de la ley de haber asesinado a su hermano y robarle veinte mil dólares, lo cual provoca las dudas e inicia las hostilidades de quienes hasta entonces lo habían acogido y querido como el respetado miembro de la sociedad que veían en él. Pero ahora la sombra de la duda se extiende imparable y la apacible ciudad deja de serlo. Los murmullos señalan la culpabilidad de Dan, que exige dos horas para demostrar su inocencia y la falsedad de McCarty, tanto de sus acusaciones como de su identidad. Durante este tiempo la propuesta de Dwan se sucede sin altibajos, con un ritmo narrativo envidiable que permite la perfecta unión entre la acción que se desarrolla en la pantalla y la crítica hacia esa sociedad hipócrita que señala, juzga y posteriormente pretende linchar a un hombre acorralado, incapaz de encontrar ayuda y comprensión en quienes antes confiaban en él. Nadie parece creer en su inocencia, sobre todo después de la muerte del sheriff a manos de McCarty, que señala al acusado como el autor de un nuevo crimen. En ese instante, salvo Rose y sobre todo Dolly (Dolores Moran), la prostituta, nadie parece dispuesto a prestarle ayuda. Es significativo que Dolly sea quien se arriesgue por Dan, lo cual no hace sino confirmar una de las intenciones del film, la de enfatizar el juicio de un individuo por la mera apariencia, fruto de las mentiras del agente en el caso de Ballard o por su profesión en el de la meretriz, y no por sus actos. De este modo, sea por amor o porque encuentra en el rechazo sufrido por el protagonista uno similar al que ella vive, Dolly se convierte en la única que se expone para proteger a quien ya nadie cree, incluso Rose muestra un momento de duda (que pronto supera), y esta incredulidad en la inocencia del perseguido conlleva la desilusión final de Dan Ballard, cuando, sin apenas poder mirarle a los ojos, sus respetados vecinos solo pueden decirle <<lo sentimos>>, una pobre excusa para un comportamiento inexcusable que, basado en la semilla de la duda plantada por el falso agente de la ley, señala, humilla y destruye.

lunes, 1 de julio de 2013

Arenas sangrientas (1949)

La figura del sargento duro y autoritario (y en ocasiones también patriota) es una constante dentro del cine bélico, y que mejor ejemplo que John Wayne interpretando a dicho individuo en la que sería su primera nominación al Oscar. También resulta constante descubrir que ese mismo veterano asume su rol para proteger y enseñar al grupo de inexpertos soldados que forman su pelotón, mientras oculta para sí las circunstancias personales que le preocupan. El sargento Stryker (John Wayne) es consciente de que en tiempo de guerra no puede permitirse el lujo de mostrar ni debilidades ni emociones, por ello parece un tipo inaccesible a quien poco importa exigir a sus hombres extremos que aquéllos no aceptan inicialmente, aunque no tardan en comprender que los métodos empleados por el suboficial son los únicos que permitirán que alguno de ellos sobreviva a la dura campaña del Pacífico. Arenas sangrientas (Sands of Iwo Jima) evidencia cierta irregularidad en su ritmo narrativo, quizá debido al abuso de imágenes de archivo y a la escasez de medios de la Republic, una productora independiente que alcanzó su mayor esplendor durante los años que tuvo en nómina a Wayne, quien en la década de los cuarenta había empezado su escalada hacia el estatus de megaestrella que alcanzaría en la siguiente. En ese mismo estudio también se encontraba Allan Dwan, un director todoterreno capaz de desarrollar dignamente una película que ensalza la figura del militar que sacrifica su existencia por su país, pero sin olvidarse de mostrar algunas de las circunstancias diarias que afectan a los miembros del pelotón, sobre todo el rechazo que se produce entre Stryker y Peter Conway (John Agar), incapaz este último de aceptar el recuerdo paterno que le provoca la figura del sargento. Lejos del frente se descubren dos momentos íntimos, el primero, más irregular, se centra en Conway y la chica con quien se casa, el segundo, más logrado, se produce en el instante en el que Stryker comprende que la mujer que le ha invitado a pasar la noche lo ha hecho porque la guerra le obliga a venderse para poder alimentar a su bebé. Y así, poco a poco, la figura de este hombre de hierro se humaniza, convirtiéndole en el héroe a quien todos sus hombres admiran y respetan, contagiándose de su bravura y del patriotismo que tiene su colofón cuando suben por el monte Suribachi, donde al final del film un grupo de soldados iza la bandera que muchos años después Clint Eastwood presentaría de manera muy distinta en la excelente Banderas de nuestros padres.

lunes, 10 de junio de 2013

La reina de Montana (1954)

El caso de Barbara Stanwyck llama la atención, al ser una actriz capaz de asumir riesgos cuando su carrera artística se encontraba consolidada en la comedia y el drama. Muchas compañeras y compañeros de profesión en su misma situación no habrían aceptado protagonizar una película como Perdición (1944), obra cumbre del cine negro en la que desempeñó un rol negativo que podría dañar la imagen conseguida en títulos como Recuerdo de una noche (1940), Las tres noches de Eva (1941), Juan Nadie (1941) o Bola de fuego (1941). Pero más sorprende su constante presencia en el western (en alrededor de una decena de títulos), un género poco o nada agradecido para que una actriz pudiese sobresalir, ya que la figura de la mujer solía relegarse a un plano decorativo, sin embargo Stanwyck interpretó personajes fuertes que asumen el protagonismo absoluto de la historia, cuestión esta que se observa en Annie Oakley (1935), 40 pistolas (1950), Las Furias (1950) o La reina de Montana (1954). En ellas interpretó roles que se diferencian en casi todos sus aspectos, menos en la constante por sobrevivir o por destacar dentro de un entorno masculino y violento, en el que sus personajes asumen las riendas de sus destinos. En La reina de Montana (Cattle Queen of Montana) dio vida a Sierra, una joven que acompaña a su padre (Morris Ankrum) hasta Montana, donde pretenden asentarse y criar el ganado que traen consigo desde Texas, pero con la mala fortuna de sufrir el ataque de un grupo de indios. A pesar de tratarse de un western menor, La reina de Montana es un buen ejemplo de esas excepciones que presentan a un personaje femenino decidido a prevalecer dentro de un entorno hostil, donde siempre se presentan obstáculos que la protagonista se ve obligada a superar para alcanzar sus objetivos. Quizá uno de los puntos más flojos de la película se encuentra en los personajes masculinos, sobre todo en el interpretado por Ronald Reagan, cuyos mejores papeles se descubren a la sombra de los héroes interpretados por Errol Flynn en Camino de Santa Fe o Jornada desesperada. No obstante, la presencia detrás de las cámaras de un superviviente como Allan Dwan, pionero del Hollywood silente, proporcionó a la historia la suficiente consistencia para que esta funcionase de una manera digna, pese a las carencias que presenta. Durante el periodo mudo, Dwan realizó superproducciones de la importancia de Robin Hood, sin embargo, con el paso de los años fue relegado a producciones de bajo presupuesto, aunque no por ello carentes de interés; Arenas sangrientas, Filón de plata o Ligeramente escarlata son ejemplos de su buen hacer. En La reina de Montana se centró en la lucha que Sierra sostiene en un entorno donde Tom McCord (Gene Evans) pretende apoderarse de todas las tierras, y para conseguirlo no duda en comprar los servicios de varios guerreros pies negros que atacan al campamento de la joven, provocando la muerte de todos menos la de Sierra y la de Nat (Chubby Johnson). Los dos supervivientes no tardan encontrarse con otro grupo de indios, a quienes a primera vista juzgan similares a aquéllos que poco antes les habían atacado; sin embargo, en el poblado indígena, la joven comprueba que también entre los pies negros existen los mismos tipos de personas que podrían encontrarse en cualquier otro lugar. La historia trascurre entre dos enfrentamientos, el que Sierra mantiene con McCord y el que opone a Colorados (Lance Fuller), un nativo que desea la paz con el hombre blanco, con Natchakoa (Anthony Caruso), en quien solo se encuentra rechazo, violencia y sed de whisky; de ese modo, el personaje masculino de mayor importancia, Farrell (Ronald Reagan) quedó relegado a plano secundario (o decorativo) durante la mayor parte de la película, cobrando mayor presencia hacia final de la misma, pero sin que parezca aportar nada a una trama que recae sobre el personaje femenino interpretado por Barbara Stanwyck.

martes, 18 de septiembre de 2012

Robin Hood (1922)

Los personajes históricos y aquellos que habitan en las leyendas son, desde los albores del cine, una constante fuente de inspiración para guionistas y escritores, ya sea el caso de personajes reales, a quienes se mitifica, o personajes cuyos orígenes se encuentran en el folklore medieval, como sería el caso de Robin Hood, héroe legendario que ha sido llevado al cine en más de sesenta ocasiones. Entre las mejores producciones protagonizadas por el bandido de Sherwood se encuentra la versión muda dirigida por Allan Dwan e interpretada por la estrella del cine mudo Douglas Fairbanks, actor que inicialmente no deseaba participar en la producción, pero que finalmente atendió a las razones de un director que le aseguró de que el personaje le permitiría realizar aquello que el público esperaba de las películas en las que participaba: piruetas, equilibrismos, diversión y acción. Desde el momento que Fairbanks aceptó participar puso todo su empeño para sacar adelante el proyecto (él mismo escribió la historia), lo mismo que Allan Dwan, volcado en la que sería su película más ambiciosa, la producción más cara hasta la fecha de su rodaje, con un presupuesto de un millón cuatrocientos mil dólares. Con dicha inversión el film tenía que ser espectacular, asombrar al público y marcar un precedente en el género de aventuras, para ello se construyeron los decorados más grandes que se habían hecho hasta entonces, destacando el gigantesco castillo del rey Ricardo Corazón de León (Wallace Beery) donde se desarrolla parte de la acción, que se inicia antes de la partida del rey a Tierra Santa. Allan Dwan dividió su Robin Hood en un antes y un después del nacimiento del mito; inicialmente Robin Hood no existe, tampoco su idea de ser, ya que el noble llamado Earl de Huntingdon (Douglas Fairbanks), caballero fiel y amigo del monarca, no sabe qué le depara el futuro, pero sí su presente, durante el cual se gana la enemistad de Guy de Guisbourne (Paul Dickey) y del príncipe Juan (Sam De Grasse). Earl vence al primero en el torneo que se celebra en el castillo, donde poco después amonesta al segundo por su descortés comportamiento hacia lady Marian (Enid Bennett), de quien el héroe se enamora sin remedio. La segunda parte se inicia después de que Little John (Alan Hale, volvería a interpretar al mismo personaje en la versión de Michael Curtiz, muy diferente a ésta) entregue a su señor la carta que le informa del abuso al que el príncipe Juan somete al pueblo inglés, información que provoca que Earl se presente ante su monarca e intente convencerlo para que le deje partir. Ante la negativa de Ricardo (piensa que su amigo desea regresar por motivos de faldas), Earl asume, por su cuenta y riesgo, la decisión de regresar sin el consentimiento real, pero cae herido por una flecha lanzada por el traicionero Guisbourne. Apresado y encerrado, a la espera de la justicia del rey, logra escapar con la ayuda de su fiel Little John, con quien regresa a Inglaterra donde se convierte en el famoso proscrito de Sherwood. Esta segunda parte sería más del gusto de Fairbanks, más alegre al cobrar mayor protagonismo la acción, que descubre a un el bandido que corretea a sus anchas por el castillo o por el bosque, al tiempo que molesta al sheriff de Notthingham (William Lowery) y se reencuentra con su amada. Como consecuencia de los numerosos gastos de rodaje, los responsables del film se vieron obligados a estrenar una primera versión de bajo coste, táctica empleada para recaudar el capital necesario con el que hacer frente a los costes de versión definitiva, la cual reafirmaría a Douglas Fairbanks como la mayor estrella del cine de aventuras de aquella época.