Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como sam taylor

¡Ay, mi madre! (1926)

Despistado es un adjetivo que puede encajar en la descripción de Harold (Harold Lloyd), el millonario de ¡Ay, mi madre! (For Heaven’s Sake, Sam Taylor, 1926). Por despiste, destroza dos automóviles y poco después quema el puesto del predicador a quien entrega un cheque de mil dólares por los daños ocasionados. Con esta cantidad, que parece obra de un filántropo, como opina su hija, el misionero abre un local de acogida y le pone el nombre de su benefactor. Este se enfurece cuando lee la noticia en el periódico y, decidido y ofendido, se acerca al local para cantarle las cuarenta a quien ha osado emplear su nombre sin su consentimiento. Pero al llegar al local se enamora de la hija del samaritano y allí se queda para ayudarles a reunir y encarrilar a desamparados, descarriados, gamberros y delincuentes del lugar, a quienes, con un poco de fortuna, el millonario transforma de fieros maleantes a ebrios hermanitos de la caridad. El film está hecho a la medida de Harold Lloyd, pero no sorp...

¡Venga alegría! (1923)

Favorito del público y uno de los actores mejor pagados del momento, Lloyd vivía en 1923 uno de sus mejores años profesionales. A  El hombre mosca (Safety Last!, Fred Newmeyer y Sam Taylor, 1923) y a la creación de su propia productora, Harold Lloyd Corporation, se le sumaba ¡Venga alegría! (Why Worry, Fred Newmeyer y Sam Taylor, 1923), una comedia a su medida, veloz mezcla de acción física y de gags refinados, en la que el astro hace de las suyas haciendo de millonario hipocondríaco, rol que aparentemente lo aparta de su chico de clase media habitual. Era su primer largometraje que le alejaba de suelo urbano estadounidense, pero se distanciaba del medio natural de su personaje en buena compañía. No me refiero solo a la de la enfermera (Jobyna Ralston) que le cuida, sino a dos cineastas fundamentales en el cine cómico silente: Newmeyer y Taylor, encargados de la parte técnica de esta producción en la que Lloyd demuestra ingenio y presume de plenitud física y burlesca. La historia...

La pequeña vendedora (1927)

En el cine todo es posible mientras se pueda imaginar, incluso que una “pretty woman” silente encuentre a su príncipe azul en unos almacenes de todo a cinco y diez centavos, y que resulte que este sea el hijo del millonario dueño de la superficie comercial donde ambos se conocen y enamoran. Aunque no es allí donde se desarrolla la mejor escena cómica de La pequeña vendedora (My Best Girl, Sam Taylor, 1927), sino en la calle, cuando la chica viaja en la parte trasera de una camioneta y el joven corre tras ella para devolverle el bolso caído y otras cosas que ella va tirando con disimulo. Evidentemente, se trata de una comedia romántica, género que se puso de moda durante el último periodo del cine mudo, el que va desde la posguerra hasta el triunfo del sonoro. Fue entonces, entre finales de la década de 1910 y parte de la siguiente, cuando las grandes estrellas femeninas de la época se dejaron caer por la combinación romance y humor, incluyendo en la receta un toque melodramático y alg...

El hombre mosca (1923)

Gracias a sus colaboraciones con el productor Hal Roach en cortometrajes de enorme éxito, Harold Lloyd se convirtió en uno de los fenómenos más populares de la pantalla, lo que le permitió dar un siguiente paso y probar fortuna en películas de mayor duración como sería  Hacia Broadway  ( Hal Roach , 1919), un corto de dos rollos, o Never Weaken  ( Fred Newmeyer , 1921), en la que el actor vive una situación en las alturas similar a la que dos años después desarrollaría en todo su esplendor en  El hombre mosca ( Safety Last! , 1923), uno de sus largometrajes más emblemáticos y una de las grandes comedias rodadas en el Hollywood silente. La película se inicia instantes antes de que el chico, personaje común a otros interpretados por  Lloyd , se traslade a la gran ciudad donde espera ganar el dinero suficiente para poder casarse con la joven que le despide en la estación. Sin embargo, transcurridos seis meses desde aquel día, se descubre que tanto él como su...