Despistado es un adjetivo que puede encajar en la descripción de Harold (Harold Lloyd), el millonario de ¡Ay, mi madre! (For Heaven’s Sake, Sam Taylor, 1926). Por despiste, destroza dos automóviles y poco después quema el puesto del predicador a quien entrega un cheque de mil dólares por los daños ocasionados. Con esta cantidad, que parece obra de un filántropo, como opina su hija, el misionero abre un local de acogida y le pone el nombre de su benefactor. Este se enfurece cuando lee la noticia en el periódico y, decidido y ofendido, se acerca al local para cantarle las cuarenta a quien ha osado emplear su nombre sin su consentimiento. Pero al llegar al local se enamora de la hija del samaritano y allí se queda para ayudarles a reunir y encarrilar a desamparados, descarriados, gamberros y delincuentes del lugar, a quienes, con un poco de fortuna, el millonario transforma de fieros maleantes a ebrios hermanitos de la caridad. El film está hecho a la medida de Harold Lloyd, pero no sorp...