Desde mis años infantiles, cuando leía Los cinco o Los Hollister , he ido perdiendo el interés por las novelas de intriga y suspense; de hecho, prácticamente ya no leo de este género. Pero aún recuerdo las dos ultimas. Fueron Estudio en escarlata —la primera protagonizada por Sherlock Holmes y el doctor Watson—, que ya había leído de niño una versión en gallego, y El sabueso de los Baskerville , ambas en la edición publicada por El País en 2004. Son lecturas fáciles, me digo, que no exigen más diálogo con la lectura que el asentir y dejarse llevar por las propuestas de Arthur Conan Doyle, las que nos llegan a través de los recuerdos de John H. Watson, pues en él recae la función de narrador, salvo en la segunda parte del Estudio , la titulada El país de los santos , cuya voz narrativa la asume el omnisciente desconocido que nos cuenta una historia que se aleja en el espacio y en el tiempo del detective y del doctor. De ese modo el buen doctor asume ser el biógrafo de su colega Sherlo...