Historia de herederos y desheredados
Por Antonio Pardines
La leyenda con la que Samuel Fuller introduce El barón de Arizona (The Baron of Arizona, 1950), así como la historia estadounidense, apunta que en 1912 Arizona pasa a ser el estado número cuarenta y ocho de la Unión, es decir, de Estados Unidos. Pues ya llegó tarde, digo yo, pero en tiempo suficiente para los prohombres que se reúnen en el salón donde se felicitan y asumen haberlo logrado. Es la hora de los parabienes, de darse coba y de los olvidos, pero hay uno que, entre cigarros y copas de coñac, recuerda a James Reavis (Vincent Price), personaje basado en el real. ¿O sería whiskey? ¿Jerez procedente del antiguo propietario del territorio que ya es estatal y que pertenece a los colonos que pagaron al gobierno por las tierras del pueblo protagonista de Yuma (Run of the Arrow, Sam Fuller, 1957)? ¿O se trata de un bourbon de Kentucky? Añejo, claro, pues es originario del estado número quince. Ante la sorpresa de los contertulios, Griff, quien en el pasado persiguió y desenmascaró al impostor, brinda por él, porque asegura que forma parte de Arizona. Aunque no tardaremos en comprender que James Reavis pretendía que Arizona formase parte de él.
A través de la analepsis, Fuller nos muestra los grandes manejos de Reavis para el crecimiento de su bolsillo. Se trata de un timador excepcional, tal vez Orson Welles diría que un artista, un creador capaz de construir algo que pase por original. En todo caso, es alguien que lleva largo tiempo preparando una toma de posesión terrenal de altos vuelos, pues quiere —y parece que puede— hacerse con la baronía de Arizona. Para ello se vale de la propia Justicia estadounidense, que reconoce los documentos de propiedad españoles en curso legal. Así que solo tiene que falsificar los títulos en Phoenix y en España para que Sofía, su mujer de paja, sea legalmente reconocida como la heredera de Miguel de Peralta, el supuesto primer Barón de Arizona. Ella es la niña a quien escoge para darle una biografía y una educación, y, sobre todo, para que sea su marioneta. Pues la niña crece y se convierte en la mujer (Ellen Drew) que heredará el territorio y él, como cónyuge, también. Pero no tiene en cuenta lo que siempre pasamos por alto, que los planes son papel y su puesta en práctica, la vida misma, por lo que los sentimientos y las emociones entran en juego.
A Fuller no le interesan ni los héroes ni los «hombres importantes», esos cuyos nombres abundan en los libros de historia, la misma que olvida que una casa, un barrio, un pueblo, un territorio, un estado o un país no se crean ni sobreviven, ni evolucionan o se dan de bruces, sin los cuentos cotidianos y cuentas corrientes de los individuos de a pie. Los mismos que capaces de amar, como será el caso del «barón», y también de linchar en masa, tal como demuestran los pequeños propietarios ante la idea de que el falso aristócrata se quede con sus tierras. ¿Y ellos a quien se las compraron? ¿Y la Unión? ¿A quién se las quitó? Y así podríamos pasar por México y España, hasta alcanzar a los primeros moradores. ¿Y quiénes fueron? Ni el buen Sam lo sabe, aunque eso no le impide decantarse por quienes no asoman por las páginas oficiales, aunque su protagonista sea un personaje sacado de la realidad histórica. ¿Pero cómo iba a aparecer un timador en letras doradas? Asomará fuera del texto grandilocuente y oficial, como anécdota que contar para llamar la atención.
La historia se redacta en despachos, o lugares de trabajo, y conlleva, antes de nada, una selección, un quién entra y quién queda fuera. Esto es inevitable, nadie leería tantas páginas. Hoy, resulta más cómodo que lo resuman en un podcast o en un vídeo de YouTube. Entonces, alguien entre sus redactores podría decirse: «Este es importante». «Este otro es peligroso para mantener el discurso que vamos a introducir». O «ni que el mundo y la historia estuviesen hechos por y para delincuentes, por favor, cómo osar pensar en semejante cuestión». Pues es probable que Fuller lo pensase, porque su pensamiento era rebelde, que no es aquel que se niega por el mero hecho de negar —eso no deja de ser una tontería o postura natural de la adolescencia—, sino el que se posiciona contra viento y marea. No es un capricho, es un modo de estar en el mundo y eso se traslada a sus personajes, tipos fuera del canon hollywoodiense, antihéroes y antiheroínas que desvelan más de lo que aparentan: desvelan el entorno y no pocos de sus entresijos.

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