Como cómico y showman, Carl Reiner sabía que se traía entre manos cuando debutó en la dirección en Enter Laughin (1967), basada en la obra teatral de su propia novela autobiográfica. En ella narraba la experiencia de un joven muchacho neoyorquino en busca de hacerse un lugar en la comedia. Una década después, ya en su quinta pelicula detrás de las cámaras, volvió al tema del actor, que también había abordado en El cómico (The Comic, 1969), en Soy único (The One and Only, 1977), una comedia escrita por David Goodman, pero cuyo guion bien podría ser suyo. El protagonismo del film recae en Andy (Henry Winkler), un joven que se considera un genio cómico y que necesita recordarlo a cada instante, haciendo de la vida un chiste sinfín, aunque sea para tapar la tristeza que a menudo llama a la puerta; o precisamente porque esa posible aparición provoca una reacción ingeniosa y rebelde que le acerca a la figura del payaso, en su sentido tragicómico. Ya de niño sentía la llamada del espectáculo,...