La ilusión de una “casa”, el apuro de una vivienda, la necesidad de un hogar, también su negocio (construcción-alquiler-compra-venta), son constantes en el cine y, sobre todo, en la Humanidad desde que esta se hizo sedentaria. Pero a penas logro evocar aquel instante de cambio, paulatino, que apuntaba a neolítico; aún menos recuerdo la piedra vieja. Al pensar en ella, la memoria se oscurece, vive en busca del fuego, de alimentos y de un lugar donde reposar nuestros cuerpos nómadas, dice que velludos, robustos, de baja estatura, embrutecidos, curtidos por el sol, la lluvia y el frío, cansados de la caza y de masticar carne cruda, fatigados tras recolectar frutos silvestres en las inmediaciones de cualquier cueva o área de descanso en nuestro tránsito estacional. Aquellos no eran hogares, ni viviendas, eran lugares de paso, momentáneos, donde sentirnos protegidos, lo justo, aunque no tanto como al abrigo de paredes circulares de adobe u otros formas y materiales al uso que llegarían...