Mi primer contacto oficial con Platón se produjo en el instituto, aunque antes ya hubiera escuchado hablar de él. Pero entonces, con dieciséis años e intereses señalados por la vitalidad e irracionalidad del carpe diem del que hablaban en el medievo y en una película de Peter Weir, y que había leído en el letrero de un restaurante a escasos metros del Rosalía, y que sin saberlo venía practicando de forma natural desde la cuna, poco caso hice al ateniense y a mis profesores. No le culpo por mi desinterés, tampoco a los docentes que, sin exageración, ni presunción por mi parte ni falta por las suyas, nada podían hacer para motivar a alguien como yo, cuya tendencia a aprender por su cuenta y a golpes, a ir por libre, para bien y para mal, me guiaba y marcaba desde temprana edad. Aquel desinterés era mío y mía era la responsabilidad de sacudirlo; y fue mi elección inconsciente que allí quedase hasta unos años después, cuando se produjo el primer encuentro serio con el autor de El banq...