El mundial de fútbol de 1982 agudiza el ingenio de los Leguineche al inicio de Nacional III (1981), pero solo es una de las múltiples excusas que Luis Garcia Berlanga toma para satirizar la situación de la España de los primeros años de la democracia. Una década después, en 1992, el país volvía a reclamar la atención internacional con los Juegos Olímpicos de Barcelona y con la Exposición Universal celebrada en Sevilla; que por qué se llama universal, podría preguntar alguien de fuera. Los pequeños planetas siempre hemos sufrido fiebre de grandeza cósmica, aunque nuestra temperatura quizá sea más cercana a la de una estrechez de miras que nos congela sin más movimientos que los permitidos por su fría uniformidad modal y por su alienante ilusionismo que oculta qué. Risueña era la imagen visible, la de un país moderno que participaba de la bonanza de la Unión Europea (desde 1986) y que se abría al mundo para mostrar su esplendor y su desarrollo. Pero había (y siem...