Se entierre o se silencie, el pasado no deja de haber sido el que fue y, una vez desenterrado, nada evita que llegue cual fantasma que va cobrando sustancia. Su presencia se densifica a cada paso que dan las protagonistas de Ida (2013), incluso ignorándolo, se siente el eco de su (in)existencia y cómo afecta el presente con el que inevitablemente se encuentra enlazado. La fotografía en blanco y negro y el formato de Ida no son caprichos estéticos, fruto de una moda minoritaria, aunque moda al fin y al cabo, que busca el prestigio del monocromático, sino que la estética escogida por Pawel Pawlikowski responde a la época y al espectro que ha permanecido enterrado hasta que Wanda ( Agata Kulesza ) y Anna/Ida ( Agata Trzebuchowska ) inician su viaje hacia el pasado, para cerrar o llenar el vacío de sus historias, según a cual de ellas corresponda. La primera quizá haya vivido en la negación a recordar, pero precisa conocer para que cicatrice la herida abierta que nunca dejará...