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martes, 16 de enero de 2018

La caída del Imperio Romano (1964)


Hacia finales del siglo II de nuestra era, el Imperio Romano se extendía desde la costa atlántica de Hispania hasta el Mediterráneo oriental, desde el sur de Europa hasta la fronteras naturales del Danubio y del Rin, por el norte de África y parte de Asia, donde limitaba con los persas. Dieciocho siglos después, otro imperio, que en realidad no lo era, pues solo era un estudio cinematográfico, ocupaba una zona de las Rozas (Madrid) donde el emperador-productor Samuel Broston se instaló con el dinero cedido por las industrias DuPont para extender su actividad desde El capitán Jones (John Paul Jones; John Farrow, 1959) hasta Pampa salvaje (Savage PampaHugo Fregonese, 1966). Durante su apogeo, Broston produjo El Cid (The Cid; Anthony Mann, 1961), 55 días en Pekín (55 Days at Pekin; Nicholas Ray, 1963) o La caída del Imperio Romano (The Fall of the Roman Empire; Anthony Mann, 1964), compitiendo de tú a tú con las grandes superproducciones hollywoodienses y persiguiendo crear su propio Hollywood en España, donde los costes de producción y las facilidades logísticas ofrecidas por el gobierno formaban parte de los atractivos. Para lograr el éxito, el productor también era consciente de la necesidad de contar con buenos profesionales, con directores de renombre y estrellas internacionales que sirvieran de reclamo para llenar las salas comerciales. De lo primero había suficiente en el cine español, no así en los otros dos casos, mas Broston, productor de pensamiento similar al de los magnates del Hollywood dorado, tuvo la osadía de gastarse un dineral para incluir en sus películas repartos repletos de rostros conocidos para el público internacional, repartos como el de La caída del Imperio Romano, encabezado por Sophia Loren, quien, al aceptar participar en esta superproducción, se convertía en la segunda actriz en recibir el salario de un millón de dólares. Pero, de regreso a los imperios, surgen preguntas como ¿cuáles fueron las causas de la caída de Broston? ¿Y de la de Roma?


El sueño imperial de Broston concluyó porque los beneficios no cubrían los gastos, mientras, la caída romana fue más compleja y se gestó durante siglos, debido a varios factores.
 Entre lo épico y lo trágico, La caída del Imperio Romano se adelantó a lo expuesto por Ridley Scott en Gladiator (2000), superando a esta en sus esplendorosos decorados y, sobre todo, en la reflexión sobre la decadencia (pasada, presente y futura) que encierran sus imágenes, una reflexión inexistente en la película de Scott, que en todo momento apuesta descarada y lícitamente por el entretenimiento y el espectáculo, el cual también tiene cabida en partes del film de Anthony Mann, aunque, en realidad, más que un film de Mann sería una película de Samuel Broston, pues la libertad creativa del cineasta estaría supeditada a las intenciones y ambiciones del productor. La gran extensión del imperio, las desigualdades entre las distintas zonas que lo formaban, las luchas intestinas, el disparo del gasto púbico, la falta de alimentos para abastecer a la población, la corrupción y la mala gestión de sus políticos, cegados por su ambición desmedida, el creciente poder del ejército en la elección del emperador, las enfermedades, las constantes guerras fronterizas, la conveniencia o inconveniencia de la entrada masiva de pueblos germanos, la cada vez menos silenciosa presencia del cristianismo o el descontento civil son algunas causas que aparecen a lo largo de la película de Anthony Mann, aunque lo hacen en pequeñas dosis, supeditadas a la espectacularidad de decorados como el foro romano, a las batallas, a las escenas de acción (como el espléndido duelo de bigas por un bosque germano), a los personajes y sus relaciones de amor y odio. La película se inicia con el emperador Marco Aurelio (Alec Guinness) y Timonides (James Mason), el filósofo que representa las ideas del cristianismo, asistiendo a la lectura de un ave por parte del augur, una lectura que presagia los malos tiempos de los que el emperador es consciente, pues Roma agoniza y necesita la paz para sobrevivir. Para lograrla, el monarca decide nombrar heredero de su trono a Livio (Stephen Boyd), en lugar de Cómodo (Christopher Plummer), su vástago. Sin embargo, hay quienes no desean que los planes de Marco Aurelio se lleven a cabo y se unen en la conjura que le da muerte y precipita la subida al trono de Cómodo, un gobernante incompetente, sediento de poder y de la gloria de los dioses.

lunes, 14 de enero de 2013

Las minas del rey Salomón (1950)

Pocos aventureros decimonónicos pueden presumir de llevar quince años en África ejerciendo una profesión tan peligrosa como la de cazador y guía en un medio repleto de peligros naturales y humanos, sin embargo, Allan Quatermain (Stewart Granger) puede jactarse de ello, pues ha sobrevivido y alcanzado una reputación que va más allá del continente africano; no obstante, su decepción y su soledad le hacen replantearse un presente que le mantiene alejado de su hijo de siete años, a quien apenas conoce y a quien mantiene en un colegio en Inglaterra. El aventurero comprende que ha llegado el momento de tomar una decisión que cambie el rumbo de una vida en la que se ha apartado de la sociedad, porque no comparte ningún aspecto común con los miembros que la forman, con quienes solo mantiene contacto cuando les sirve de guía. Este individuo solitario resulta ser el héroe de una superproducción de aventuras rodada en parajes naturales por Compton Bennett y Andrew Marton como si se tratase de un safari fotográfico que prefiere centrarse en mostrar la fauna o las costumbres de las tribus autóctonas antes que plantear una acción dinámica, que apenas asoma durante el viaje que Quatermain emprende para encontrar el mítico tesoro enterrado en Las minas del rey Salomón (King Solomon's Mines). La historia se centra en el rechazo y la atracción que se produce entre los dos personajes de mayor entidad: el cazador y Beth Curtis (Deborah Kerr) (ausente en el original literario), la pudiente inglesa que se presenta en el continente con la intención de encontrar a su esposo, de quien no ha tenido ninguna noticia desde la recepción de su última carta, escrita un año antes, en la que aclaraba su intención de encontrar la fabulosa mina de diamantes del monarca hebreo, y así conseguir su propia fortuna. Quatermain muestra sus dudas cuando acuden a contratarle, convencido de que una mujer no tiene cabida en un entorno hostil, además asume que el tesoro no es más que una de las muchas leyendas que circulan de boca en boca. A pesar de todas sus negativas el famoso cazador termina por guiar a Beth y al hermano de esta (Richard Carlson) hasta el territorio inexplorado donde desapareció Curtis, ya que las 5000 libras que le ofrecen asegurarían el futuro de su hijo. El mayor problema de esta producción de aventuras reside en la ausencia de la misma, al desarrollarse desde un ritmo cansino que merma buena parte del atractivo de un viaje que enfatiza, desde un enfoque didáctico, en el entorno por donde deambula el grupo exploradores; dicha constante impide que esta adaptación cinematográfica, la más conocida de la novela escrita por Henry Rider Haggard hacia finales del siglo XIX, logre atrapar a un espectador que posiblemente no encuentre la diversión que espera de ella.

domingo, 4 de marzo de 2012

El día más largo (1962)


Ignoro la verdadera importancia de los personajes en los hechos, pero la que fuese solo resulta una mínima parte de un todo que escapaba al conocimiento de la mayoría y al control de todos. Hay historiadores que son más divulgadores y cuentacuentos que investigadores porque se dirigen a un público mayoritario, compuesto de lectores, oyentes y espectadores a los que les gustan los cuentos; y cada época necesita los suyos. Los mitos venden más que las personas de carne y hueso, las que tienen fallos y necesidades humanas. En fin, ¿quién puede decir cómo fueron en realidad tipos como Alejandro o César? ¿Plutarco? ¿El propio Julio? El tiempo, los intereses y la fantasía humana hacen que el mito venza al ser real. En los libros que he leído sobre el día D, queda claro que la cosa no resultó ni tan épica ni tan “fácil” como lo pintan películas como Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, Steven Spielberg, 1998), cuyo desembarco en Normandía es un alarde de pirotecnia cinematográfica que busca y crea espectáculo audiovisual, mas que recrear la irracionalidad, la locura, el terror, los errores de cálculo o la desorientación del momento, aspectos que quizá vendiesen menos que la lluvia de balas y explosiones que, cabe decirlo, Spielberg filma de manera portentosa; o mismamente El día más largo (The Longest Day, 1962), que sería un acercamiento que pretende fidelidad, pero cuyo desfile de divos, estrellas y actores conocidos juega en contra de la propia historia que pretende contar a partir de lo expuesto por Cornelius Ryan en su libro homónimo; ya que parece que se está más a la espera de descubrir un rostro conocido que en disposición de reflexionar y tal vez comprender las muchas partes de un todo que se nos escapa y que se inicia mucho antes del 6 de junio de 1944, cuando la operación Overlord por fin puede llevarse a cabo, pero con la incertidumbre de si será un éxito o un fracaso militar para los aliados…


El productor Darryl F. Zanuck, uno de los productores más importantes del Hollywood clásico y mandamás, durante décadas, de la 20th Century Fox, contó con un presupuesto de diez millones de dólares para rodar una superproducción que plasmase desde una perspectiva realista el día del desembarco de las tropas aliadas en Normandía; para ello se decidió por enfocar la historia desde los puntos de vista de los implicados, pero necesitaba algo más que realzase la grandeza de la producción que se proponía llevar a cabo, y eso lo logró al juntar en el mismo film a decenas de rostros conocidos de las diversas nacionalidades implicadas en los hechos que se exponen en El día más largo. Un desfile de estrellas como John Wayne, Henry Fonda o Robert Mitchum, entre los americanos; Peter Lawford, Richard Burton o Sean Connery, por parte británica, Curt Jürgens, Peter van Eyck o Gert Froëbe, entre los alemanes o Bourvil, Jean Servais o Arletty en la resistencia francesa, proporcionaron una masiva expectación entorno a un film que prometía más de lo que en realidad ofrece, pues la intención de abarcar un hecho tan colosal como el que se describe, resulta una tarea casi imposible, más aún si se enfoca desde un aspecto generalizado que no logra transmitir las sensaciones que busca para ofrecer una historia de tal envergadura. No obstante, el film intenta ser un acercamiento aproximado a los hechos que se inician el día anterior a la invasión, cuando nadie sabe qué va a suceder. 


Los aliados llevan meses esperando el Día D, aguardan impacientes a que el general Eisenhower (Henry Grace) dé la orden para iniciar la reconquista de Francia. El alto mando alemán, liderado por el mariscal Rommel (Werner Hinz), es consciente de que se puede producir una invasión en cualquier momento, pero no se plantean que el punto escogido sea Normandia, y menos aún con condiciones meteorológicas adversas, pues lo más lógico sería que el desembarco se produjese en la zona del canal bajo unas condiciones atmosféricas propicias. Dicha creencia sería uno de los principales errores cometidos por el ejército de ocupación, como también lo sería la falta de organización en el momento de producirse la ofensiva aliada. 6 de junio de 1944, Día D; de los tres millones de soldados que componen la ofensiva, los primeros en ponerse en marcha son los cuerpos de paracaidistas estadounidenses y las brigadas aerotransportadas británicas que deben tomar el puente de Pegaso; sin olvidar la vital participación de la resistencia francesa, que corta las comunicaciones terrestres. Para que el esfuerzo obtenga recompensa, el resto de las tropas aliadas deben tomar las playas y avanzar hacia el interior, hasta alcanzar las posiciones estratégicas que han capturado, con gran sacrificio, los hombres del teniente coronel Vanderwoort (John Wayne) y los soldados británicos bajo el mando del mayor Howard (Richard Todd). La situación se complica en las playas, miles de soldados aliados son retenidos por los alemanes que defienden la costa; muchos caen, mientras otros no pueden más que permanecer bloqueados a la espera de caer como el resto de sus compañeros. Necesitan realizar un último esfuerzo, un último sacrificio que les permita abandonar unas playas donde yacen miles de sus compañeros, y ahí surge el general Norman Cota (Robert Mitchum), alentando a sus hombres para que den ese paso hacia la liberación de Francia, que sería clave para poner fin al régimen de terror que asolaba a Europa.


La historia de El día más largo, adaptación cinematográfica de la narrada por Ryan en su súper ventas, consigue a medias su doble objetivo, representar los hechos y transmitir las sensaciones en los diversos frentes abiertos. Existe cierta tendencia a crear cierta heroicidad en los personajes, que para eso tienen a Wayne pululando por ahí. El suyo no es el único personaje que, a pesar de representar a personas implicadas en los hechos, parecen forzados o hechos a su medida. El mayor acierto reside en pretender mostrar todas las partes implicadas, que va desde la alegría de los franceses, cuando reciben la noticia mediante mensajes codificados, a la falta de coordinación de un ejército alemán que se ve sorprendido, sin saber reaccionar a tiempo, pasando por las ansiedades que dominan a los soldados aliados, conscientes de que cada misión es básica para el desarrollo de un plan que debe ser ejecutado a la perfección si se pretende alcanzar el éxito. Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki (Gerd Oswald y el propio Darryl F. Zanuck dirigieron algunas escenas) fueron los directores encargados de enfocar los hechos de los tres ejércitos que se enfrentan en El día más largo (The longest day), una producción que sería imitada en su forma por películas como La batalla de las Ardenas (The battle of the Bulge), La batalla de Inglaterra (The battle of Britain), Tora! Tora! Tora!, La batalla de Midway (Midway) o Un puente lejano (A bridge too far), producciones que también repetirían los aciertos y errores de esta, en mayor o en menor medida.