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sábado, 26 de noviembre de 2022

La tapadera (1976)


La única desgracia que se siente real, es la que vive uno mismo, pues afecta en cuerpo y mente y trastoca la vida de manera drástica. La ajena, hasta que no sea también propia, suena en la distancia. No se padece, aunque el pensamiento pueda hacer ideas de la misma, gracias a la compasión y a la compresión. En todo caso, presumir de empatía queda bonito cara la galería, pero la realidad del otro no la podemos experimentar. Nos llega en la distancia que impide conocerlas en plenitud emocional, cual eco de las situaciones exteriores e interiores que afectan a quien sí las padece. Este es el caso de Howard Prince (Woody Allen) respecto a su amigo de la infancia Alfred Miller (Michael Murphy), un guionista de televisión que ha sido incluido en la lista negra. Su primera conversación lo deja claro: aunque afirme lo contrario, Howard ignora el alcance de las palabras de su amigo, cuando este le dice que ya no puede trabajar, que está en la lista negra. Entonces ¿cómo saber que hacer en su lugar, si no está en su lugar? Por mucho que lo pretenda, Howard no puede ser Alfred; menos aún, si en él no se dan las circunstancias externas e internas idénticas —esto último es imposible. De nada vale las afirmaciones y los juicios que nacen de su ingenuidad. Pero Howard no es hipócrita, es solo ese tipo ingenuo que nunca se ha comprometido con nada ni con nadie salvo con él mismo, como parece recriminarle su hermano cuando acude a él para que le preste dinero y le dice que debe sentar la cabeza. En la relación fraternal, su hermano también juzga desde sus ideas. Ignora la realidad de Howard, quien, por amistad y por un diez por ciento de los beneficios, acepta convertirse en testaferro y firma con su nombre, libre de cualquier sospecha de comunista o simpatizante, los guiones de Alfred. Avanzada la película, amplía a tres lo que para él ya empieza a ser su negocio.



El protagonista de La tapadera (The Front, 1976), sin una experiencia similar a la de su amigo o a la de Hecky Brown (Zero Mostel), no puede sentir la totalidad del sufrimiento, ni el dolor físico ni psíquico, ni la desesperación, ni las imágenes mentales que van dando forma al miedo y la imposibilidad que se apoderan de las víctimas de la caza de brujas. Por otra parte, ni siquiera el sujeto implicado puede predecir cómo actuará llegado el caso: Hecky sirve de ejemplo —un año atrás era una estrella y en el presente un marginado condenado al ostracismo y al paro—, pero sobre todo, el ejemplo es la evolución de Howard, que pasa de cajero de bar a perseguido por el Comité de Actividades Antiestadounidenses. Saboreado el éxito, el sinsentido y la persecución llaman a su puerta, pero tampoco puede predecir cómo va a comportarse con antelación al momento. No hay adivinos y una prueba la encontramos en la propia realidad. De los incluidos en las listas negras: algunos acabaron delatando (Edward Dmytryk, Elia Kazan, Budd Schulberg, Robert Rossen o Sterling Hayden) y los que se resistieron vieron sus carreras truncadas (Jean Muir, Dalton Trumbo, Michael Wilson, Abraham Polonsky, Carl Foreman, Gale Sondergaard,…). De la luz a la sombra, de vivir a sobrevivir en el ostracismo y en la desesperación de saberse víctimas de una caza que pisoteaba sus derechos y libertades individuales. Fueron muchos quienes se vieron obligados al exilio (Jules Dassin, Lionel Stander, Sam Wanamaker, Michael Wilson, Carl Foreman, Joseph Losey o Cyril Endfield) e incluso los hubo como John Garfield, cuyo corazón no pudo soportar una situación extrema, o, ya en este film dirigido por Martin Ritt y escrito por Walter Bernstein, como Hecky Brown. Todavía hoy, gracias a su postura, a las situaciones planeadas que coinciden a la concienciación del protagonista y a su tono tragicómico, La tapadera continúa siendo una de las mejores películas sobre aquel periodo negro y gris de caza de brujas en una democracia donde la contradicción y el absurdo se impusieron, también el temor, el silencio y la complicidad.



<<Cuando me cogieron para La tapadera […] y vi los diálogos que me correspondían, fui capaz de adaptarlos a mi propio lenguaje.>>, comenta Woody Allen en una de sus entrevistas con Eric Lax. Queda claro que no se trata de una película de Allen, pero su personaje, como él mismo apunta, sí tiene cosas suyas porque pudo interpretarlo adaptándolo a sus características propias. La tapadera es un film de dos represaliados del mccarthismo, Martin RittWalter Bernstein. También asoma un tercero en la pantalla (además de Herschel Bernardi, Lloyd Gough y Joshua Shelley): Zero Mostel, que interpreta a un actor desesperado, obligado a espiar a Howard, pues solo aceptando ser espía para la “Libertad” podrá seguir trabajando, o tomar otra salida para su imposibilidad. La suya, como actor —reconocible para el público—, es distinta a los de los guionistas, pues resulta evidente que Hecky no puede encontrar a alguien que le preste su nombre para poder seguir trabajando. Su popularidad, es un rostro conocido, se lo impide; provoca que su situación sea todavía más hiriente que la de los escritores. 



Las instantáneas en blanco y negro iniciales sitúan la acción en 1952-1953, la guerra de Corea, los Rosenberg (ejecutados en 1953), el concurso de “miss”, la guerra fría. Es el año en el que la lista se dispara y la caza se intensifica. La vida continúa para muchos, entre ellos para Howard Prince, mientras que para otros como Alfred o Hecky se complica y parece suspenderse. Las fotografías dan paso a Howard, cajero en un bar, que no tarda en hablar con su amigo el guionista, que le dice que necesita a alguien que sea su tapadera. Howard se ofrece, por algo y para algo son amigos; de ese modo se convierte en un exitoso guionista que no escribe ningún guion, pero que gana dinero, popularidad y la curiosidad de los inquisidores que le acechan e investigan para conocer sus amistades y sus tendencias políticas. De ese modo, la desgracia ajena, de la que saca provecho y de la que no comprende su magnitud, empieza a ser la propia, sobre todo a partir de su contacto con Hecky y, definitivamente, en su comparecencia ante el Comité que le exige nombres, aunque lo que menos interese a sus miembros sea la delación —ya tiene los nombres que quieren. Lo que importa a los inquisidores es doblegar y obligar a delatar, para demostrar su poder e imponer su “libertad”, que atenta contra las libertades y derechos básicos del individuo: su derecho a pensar, a expresarse y a creer sin coacción ni castigo. Esto es lo que Howard acaba por comprender y, después de su experiencia de testaferro, ya puede actuar con conocimiento y sentimiento, y pronunciar las dos frases con las que se despide del comité. Son dos sentencias memorables, quizá también las que debieron ser pronunciadas por la sociedad del momento para poner fin al sinsentido (pero esto, ahora, es muy fácil decirlo). El tono tragicómico de La tapadera, sienta bien al Woody Allen actor o puede que sea a la inversa, pero lo cierto es que su Howard desborda humanidad y vive su transformación en otro. Pasa de ser un infeliz al hombre feliz que ha crecido. Tras su experiencia, ya no es el pequeño ciudadano asustado por una fuerza todopoderosa. Ha invertido los papeles: en ese instante en el que manda a paseo a los inquisidores es un gigante y el comité se empequeñece. Ya no le preocupa ni el dinero ni la fama, ni la paradoja de que por hacer lo correcto vaya a ser castigado, porque comprende que solo haciéndolo puede ser libre, aunque vaya a presidio.




lunes, 5 de septiembre de 2022

Punto de mira (2000)


De las listas y del mccarthismo he hablado ya en bastantes entradas del blog, por ejemplo en las que dediqué a Elia Kazan, Dalton Trumbo, Jules Dassin, Lillian Hellman y mismamente en la reciente Glauco y su maestro o en la que escribí sobre McCarthy cuando inicié este cuaderno cinematográfico online, hace ya once años, o en las que comento películas como Caza de brujas, Buenas noches y buena suerte, Solo ante el peligro o La sal de la tierra, entre tantas otras en las que recuerdo el sinsentido del que fueron víctimas ciudadanos particulares estadounidenses, y la sociedad en general, mientras duró el mccarthismo —sociedad en general, porque cualquier sinrazón, aunque de forma distinta según se sufra directa o indirectamente, afecta a todo el conjunto. Sin embargo no lo hice en El último magnate, y alguien anónimo me lo reprochó dejando por escrito esta única pregunta que transcribo literal: <<Qué pasó con McCarthy y sus listas?>>



La cacería ideológica no asoma en El último magnate, tanto la novela de Scott Fitzgerald y la adaptación realizada por Kazan, porque se desarrolla en una época anterior a 1947, año en el que el Comité presidido por J. Parnell Thomas —y no por McCarthy, que este vino después para proseguir la caza de brujas— llama a declarar a los Diez de Hollywood, que se acogen a la primera enmienda y no a la quinta, como suelen decir quienes se mal informan o hablan de oídas. Los “Diez” se niegan a declarar, al menos al inicio, porque Edward Dmytryk acabaría hablando y dando nombres —entre ellos el de Herbert Biberman— para poder retomar su exitosa carreta de director. Esto mismo hicieron Robert Rossen o Kazan —uno de los nombres barajados por Paul Jarrico y Michael Wilson para dirigir La sal de la tierra—, que no estaban entre los “Diez”, pero serían sometidos a la presión y a una disyuntiva que podría ser similar a “o hablas y trabajas o callas y vas al caldero y a las listas negras”. Décadas después, hay quien no recuerda que Walt Disney fue uno de los firmantes de la ambigua Declaración Waldorf, ambigua porque entre otras aboga por la libertad suprimiéndola, o que Humphrey Bogart retiró públicamente su apoyo a los Diez, diciendo que había sido engañado, lo cual no favoreció a los investigados y posteriormente condenados por desacato al Comité presidido por Thomas; ni que Gary CooperRobert Taylor o Adolphe Menjou entre otros se pronunciaron a favor de la cacería. Pero también hay quienes recuerdan de entre los delatores sobre todo a Kazan, y luego están quienes tienden a confundir su obra con su comportamiento, del que solo saben de oídas sin saber realmente (y honestamente) qué harían si estuviesen en su lugar o en el de tantos otros delatores y no delatores. La medida de las personas no se mide en el sofá de casa, cuando todo es comodidad, sino en las decisiones y los comportamientos cuando la casa amenaza venírsele a uno encima y destruirlo todo; pero esta es otra historia y mejor hablar de la coproducción hispano-británica Punto de mira (One of the Hollywood Ten, 2000) en la que el galés Karl Francis apunta parte y más de lo dicho hasta ahora.



El realizador británico Inicia su mezcla de biopic, de cine dentro de cine, de drama y de cine político y social en 1937, con imágenes de El triunfo de la voluntad (Leni Reinfestalh, 1934), de la que un noticiario cinematográfico se hace eco de su estreno en Nueva York, y con la ceremonia de los Oscar, la primera en la que se concede el premio a la actuación de reparto. Francis pretende narrar este instante de intolerancia, de acoso y de persecución, que suele indicarse como el inicio de la caza de brujas en Hollywood, centrándose en las figuras del guionista y director Herbert Biberman (Jeff Goldblum), uno de los “Diez”, y la actriz Gale Sondergaard (Greta Scacchi) antes y durante la complicada gestación de La sal de la tierra. Este ya mítico film de denuncia social sería interpretado por Rosaura Revueltas (Ángela Molina), que sustituyó a la inicialmente prevista Gale Sodengaard, y Juan Chacón. Se trata de una película independiente, en las antípodas del documental de exaltación y propaganda nazi que Francis no inserta al inicio por capricho, sino para evidenciar el contrasentido y el sinsentido de la época; del mismo modo que tampoco es caprichosa la siguiente escena: la del nacimiento de una estrella, Sondergaard, que recibe el Oscar y en su discurso de agradecimiento hace un llamamiento a unirse a la liga anti-nazi, organización que años después será sospechosa de agrupación comunista.



Las imágenes se trasladan a 1945, a la conclusión de la guerra, cuando nada presagia la caza de brujas que se cobra sus primeras víctimas mediáticas en los Diez. No han cometido ningún delito, pero parte de la sociedad, de la política y del mundo del espectáculo han enloquecido. La insolidaridad, el miedo, las ambiciones personales en buena medida posibilitan el abuso del que son víctimas quienes se resisten a la coacción tanto de su medio laboral —despidos y la imposibilidad de encontrar trabajo, salvo firmando el juramento de lealtad o trabajando bajo seudónimo, en el caso de los guionistas— como de la oficial —escuchas, vigilancias, amenazas, encarcelamiento. Pero Punto de mira no se detiene solo en este aspecto gris, sino que también expone el rodaje de La sal de la tierra, las dificultades y peligros por los que pasan sus creadores, Jarrico y Wilson —quienes también serían incluidos en la lista negra—, su director y su equipo durante la gestación de un film social que denuncia la precaria situación de los trabajadores mexicanos de una empresa minera que pisa sus derechos.



Anexos


Anexo I: Lista de los Diez de Hollywood


Alvah Bessie, Herbert Biberman, Lester Cole, Edward Dmytryk, Ring Lardner, Jr., John Howard Lawson, Albert Meltz, Samuel Ornitz, Adrian Scott y Dalton Trumbo.


Anexo II: Primera Enmienda


<<El Congreso no podrá hacer ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión, ni prohibiendo la libre práctica de la misma; ni limitando la libertad de expresión, ni de prensa; ni el derecho a la asamblea pacífica de las personas, ni solicitar al gobierno una compensación de agravios>>


Anexo III: Firmantes de la Declaración Waldorf


Barney Balaban (Paramount), James F. Byrne (Secretario de Estado), Harry Cohn (Columbia), Walt Disney (Walt Disney Studios), William Goetz (Universal), Samuel Goldwyn (Samuel Goldwyn Company), Eric Johnson (Asociación Cinematográfica de Estados Unidos), Louis B. Mayer (MGM), Dore Schary (RKO), Nicholas Schenck (Loews Theatres), Mendel Silberberg (abogado), Spyros Skouras (20th Century Fox), Albert Warner (Warner Bros.)


Anexo IV: Declaración Waldorf  (1947)


<<Los miembros de la Asociación de Productores Cinematográficos deploran la acción de los 10 hombres de Hollywood que han sido citados por desacato de la Cámara de Representantes. No deseamos prejuzgar sus derechos legales, pero sus acciones han sido un mal servicio a sus empleadores y han deteriorado su utilidad para la industria.


Despediremos inmediatamente o suspenderemos sin compensación a los empleados, y no volveremos a emplear a ninguno de los 10 hasta que sea absuelto o se haya purgado de desprecio y declare bajo juramento que no es comunista.


En el tema más amplio de los supuestos elementos subversivos y desleales en Hollywood, nuestros miembros están igualmente preparados para tomar medidas positivas.


No emplearemos a sabiendas a un comunista ni a ningún miembro de ningún partido o grupo que defienda el derrocamiento del gobierno de los Estados Unidos por la fuerza o por métodos ilegales o inconstitucionales.


Al perseguir esta política, no vamos a ser influenciados por la histeria o intimidación de ninguna fuente. Somos francos en reconocer que tal política implica peligro y riesgos. Existe el peligro de herir a personas inocentes. Existe el riesgo de crear una atmósfera de miedo. El trabajo creativo en su mejor momento no puede llevarse a cabo en una atmósfera de miedo. Nos protegeremos contra este peligro, este riesgo, este miedo.


Con este fin, invitaremos a los gremios de talentos de Hollywood a trabajar con nosotros para eliminar cualquier subversivo: para proteger a los inocentes; y para salvaguardar la libertad de expresión y un cine libre donde sea amenazado.


La ausencia de una política nacional, establecida por el Congreso, con respecto al empleo de los comunistas en la industria privada dificulta nuestra tarea. La nuestra es una nación de leyes. Pedimos al Congreso que promulgue leyes para ayudar a la industria estadounidense a deshacerse de elementos subversivos y desleales.


Nada subversivo o no estadounidense ha aparecido en el cine, ni tampoco ninguna cantidad de investigaciones de Hollywood oscurecen los servicios patrióticos de los 30.000 estadounidenses leales empleados en Hollywood que han dado a nuestro gobierno una ayuda incalculable para la guerra y la paz>>.


Fuente: wikipedia




sábado, 12 de diciembre de 2020

Caza de brujas (1991)


<<¿Quién es el principal enemigo del preso? Pues otro preso. Si los reclusos no se pelearan entre sí, los mandos no tendrían ningún poder sobre ellos>>

Alexandr Solzhenitsyn, Un día en la vida de Iván Denísovich

Las palabras de Solzhenitsyn son aplicables a más ámbitos que el gulag, puesto que las peleas entre condenados son muestras de la lucha por la supervivencia, una lucha que pueda encontrarse en cualquier sociedad amenazada por el terror que permite a unos pocos ejercer el control sobre muchos. Los enfrentamientos no son fruto de la casualidad, se basan en el uso calculado del miedo —al hambre, al frío, a la violencia física, a la pérdida del bienestar...— que crece en los controlados a partir de amenazas directas o indirectas. Cierto que el gulag no es Hollywood, ni que los presos son los nombres de las listas negras, ni los burócratas estalinistas son los miembros de un comité que se supone democrático, pero es innegable que hay algo común. En ambos casos, quien controla logra enfrentar a los controlados, para así hacer cómplices y borrar cualquier opción de unidad que pueda hacerle frente. Así, quien antes era amigo, puede ser quien delate; y así, las víctimas pasan a ser victimarios. Este podría ser el caso de Larry Nolan (Chris Cooper) —al inicio de Caza de brujas (Guilty by Suspicion, 1991), por miedo a perder su trabajo, da nombres de amigos y compañeros a los encargados de limpiar Hollywood de comunistas. ¿Pero por qué Hollywood y el cine? Por ser mediáticos y por la capacidad de transmitir ideas que se le atribuye a las películas. Atacar Hollywood era la opción ideal para lograr publicidad y lograr la colaboración de los estudios era la vía libre a cualquier abuso; como luego se vería. Si Hollywood y el sistema legal hubiesen frenado en seco el asunto de los “diez”, ¿qué habría pasado? Sin el apoyo o consentimiento por parte de la industria cinematográfica y del sistema legal, la caza de brujas no contaría con la supuesta legalidad asumida por un comité que cayó en el contrasentido de asegurar defender las libertades del país, atacando las libertades de sus habitantes. De modo que su contradicción generó el sinsentido que golpeó a la propia democracia estadounidense durante primer tercio de la guerra fría. Esa persecución implacable por parte de la HUAC fue causa de miles de vidas rotas —como apunta la leyenda final de la película— y ha dado pie a varias producciones cinematográficas que abordan el tema. La primera fue La tapadera (The Front, Martin Ritt, 1976), que Ritt desarrolló en el ámbito televisivo, y la primera centrada en el cine fue Caza de brujas, cuyo primer guion había sido escrito por Abraham Polonski, una de las víctimas de la cacería.


El film narra el acoso y derribo sufrido por David Merrill (Robert De Niro), un famoso y exitoso director de películas que ve como su carrera profesional se va a traste, consecuencia de su negativa a dar nombres al Comité que se alimenta de la permisividad, complicidad y pasividad, de unos; y del miedo y la delación, de otros. Que Merril sea director de películas posibilita que Irwin Winkler haga cine dentro de cine, sí; pero el espacio al que accede supera dicha acotación y descubre, a través de la realidad laboral, política y social de la que Merrill es víctima, la situación de todo un país. Da igual que Merrill hubiera sido, fuese, sea o no sea comunista —como ciudadano libre, en un país libre, estaría en su derecho—, pues en cualquiera de los casos viviría una situación que atenta contra su libertad individual. Eso asume el protagonista, y lo lleva hasta sus ultimas consecuencias, la de plantar cara a quienes le han acosado y arrinconado, pero no han conseguido convertirlo en delator ni en victimario y, por tanto, no han logrado arrebatarle su interpretación moral, desde la cual se niega a dar nombres y acusa a sus acosadores.