Vista hoy, ¡A mí la legión! (1942) me resulta cómica, pero no por Curro (Miguel Pozanco), el legionario andaluz en quien Juan de Orduña encuentra su personaje cómico, el que aporta la supuesta comicidad a este film de exaltación ideológica, sino en la desfasada y exagerada propaganda de la que presume y vuelve a presumir tan insistente como beben los peces en el río. Su alabanza legionaria se gusta a sí misma, sin disimulo. Lo mismo podría decirse de los tópicos que dan forma a la mezcla genérica cuya suma cae de lleno en lo ridículo. ¿Pero quién de entonces se atrevería a ridiculizar a viva voz o por escrito un film de propaganda franquista? No dudo que hubiese alguien capaz de apuntar en un susurro el cúmulo de clichés y de vivas de ¡A mí la legión!, o quien descubriese en ella un popurrí bochornoso cuya finalidad es la exaltación, pero en ningún caso le resultaría del grotesco que viste ahora cuando, incluso, llega a ser una película que te saca unas carcajadas, para quien la desnud...