Antes de familiarizarme con la tabla periódica, ya conocía la existencia del wolframio (W), aunque ignoraba que también recibiese el nombre de tungsteno, el cual se debe al sueco Axel Fredrik Cronstedt, descubridor del niquel (Ni). Pero, al principio, solo era una palabra que, a cada viaje, avivaba mi curiosidad infantil, la cual me animaba a preguntarme qué quería indicarme aquel viejo letrero de carretera donde leía “Mina de Wolframio”. Todavía desconocía que se trataba de un metal de transición, situado hacia la mitad de la tabla (grupo 6, periodo 6), tardaría varios años en saberlo, pero cada vez que pasaba delante de aquel indicador, me sorprendía preguntándome cómo sería la mina y qué era aquel nombre que empezaba por W. Salvo alguna excepción, desconocía cualquier palabra que empezase por una consonante tan rara en castellano y en gallego; más adelante descubrí otras que se inician por dicha letra, tal que “güisqui”. Pero esta implicaría contar otra película, quizá la de Días si...