Hay actrices y actores que ni son jóvenes ni viejos o, dicho de otro modo, parece que ni envejecen ni rejuvenecen, por lo que se puede concluir que abrazan una atemporalidad que se visualiza en cada uno de sus personajes. La nariz, las ojeras, la mirada, el cabello oscuro y salvaje, la voz de Anna Magnani se ven y no se ven afectadas por el paso del tiempo. Este sí y no queda en tablas y le confieren la pausa temporal en la que su rostro, esculpido en nocturnidad, cansancio, amargura y lucha, parece detenerse y expresar que ella siempre es ella, la mujer y la actriz que da vida a seres de celuloide que apenas sufren variaciones físicas de una película a otra, aunque las experimenten. Claro está que su talento no residía en una habilidad camaleónica, sino en su contundente e imponente...