La primera fuga de Colditz se produjo en enero de 1942 y tuvo como testigo y protagonista a P. R. Reid, quien, junto a otros tres prisioneros de guerra, escaparon de la fortaleza alemana tras numerosos intentos. Reid noveló su experiencia en 1952 y tres años después Guy Hamilton adaptó la novela en El castillo de Colditz (The Colditz Story, 1955), en la que el protagonista de la fuga real colaboró como asesor. Reid volvería a colaborar en una futura adaptación de su obra, la serie de televisión emitida por la BBC entre 1972 y 1974, y ya en la década de 1980, asesoraría a John Huston en la popular Evasión o Vitoria (Victory, 1981). La primera versión de The Colditz Story dio como resultado una película de evasiones carcelarias que sigue la línea de films ambientados en campos de prisioneros. No es La gran ilusión (La grande Illusion, Jean Renoir, 1936) ni Traidor en el infierno (Stalag 17, Billy Wilder, 1952), tampoco la épica La gran evasión (The Great Escape, John Sturges, 1963), pero se adelanta a esta en muchos aspectos y cumple centrándose en los distintos intentos de fuga de un grupo de soldados de diversas nacionalidades (británica, francesa, holandesa y polaca), aliados sobre el papel, pero inicialmente distanciados por su origen y la desconfianza hacia quien no lo comparta. En el interior de la fortaleza, los alemanes han reunido a todos aquellos presos que han intentado evadirse de otros campos, quizá pensando en reunir a las “frutas proferidas en un mismo cesto” para así mantenerlas lejos del resto y bajo una estricta vigilancia que parece imposible de burlar. Pero una cosa es lo que piensen los carceleros y otra las bye cio es de los presos protagonistas de El castillo de Colditz, prisioneros que no traicionan al subgénero en el que se inscribe su aventura. La película ofrece túneles, camaradería, sacrificio, un delator, notas de humor, maniobras de distracción, derrumbamientos y desorganización, entre otras cuestiones a resolver si pretenden alcanzar el éxito. Inicialmente, se observan varios intentos. Parece que cada uno lo intenta por su cuenta y por su nacionalidad, pero nada logran hasta que el coronel Richmond (Eric Portman), el oficial británico de mayor graduación, interviene y habla sobre sobre la cooperación organizada, la única vía hacia el éxito. Así que una vez aceptada su propuesta, nombra jefe de fugas a Pat Reid (John Mills), que será el encargado, junto a sus homólogos francés, polaco y holandés, de que el plan salga adelante… Hubo muchos intentos más, <<aproximadamente 320>>, de los cuales fueron exitosos cinco polacos, quince holandeses, veintidós franceses y catorce británicos, lo que suma un total de cuarenta y seis fugas; <<un récord sin igual en ningún campo de prisioneros de las dos guerras>>.
Mostrando entradas con la etiqueta guy hamilton. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guy hamilton. Mostrar todas las entradas
domingo, 18 de febrero de 2024
lunes, 31 de agosto de 2020
El ídolo caído (1948)
Hay cineastas a quienes acabamos conociendo sobre todo por una película, aquella que, siendo o sin ser la mejor, puede llegar a eclipsar la totalidad de su obra. Este brillo que ensombrece no es exclusivo del cine, también es aplicable a novelistas y a otras personalidades artísticas cuyas creaciones abarcan mucho y más, pero que la mitificación y la popularidad de uno de sus títulos convierten al resto del conjunto en víctimas del ostracismo popular. Por fortuna para sus historias y posibles lectores, esto no sucede con la narrativa de Graham Greene; al menos hasta ahora. No obstante, cuando se habla de sus trabajos para el cine, inmediatamente, El tercer hombre (The Third Man, 1949) saca pecho y exclama "¡aquí estoy yo!", aunque haya más aportes y, quizá, alguno incluso mejor. En la misma ignorancia, aunque en menor medida, esta circunstancia —la de ser recordado entre los aficionados al cine por la aventura vienesa de Holly Martins— también es aplicable a Carol Reed, a pesar de que su filmografía se encuentra repleta de aciertos —y de algún desliz—, más allá de ser el máximo responsable de la inolvidable pérdida de la inocencia de Martins o, dicho de otro modo, de su descenso a las sombras donde el fantasma del hoy, ídolo del ayer, oculta su rostro. Antes escribía "quizá, incluso alguno mejor", para indicar posibilidad, esa posibilidad no se transforma en seguridad en el escritor, aunque sí en gusto, puesto que sus palabras así lo apuntaron, cuando indicó que su favorita era El ídolo caído (The Fallen Idol, 1948), su primera colaboración con Reed. Salvo las excepciones, decía que no le satisfacían las adaptaciones de sus novelas a la gran pantalla, ni se cansó de repetir que esta era su preferida <<porque es más la película de un escritor que de un director. The Third Man, aunque es más popular a causa de la canción, "The Third Man Theme", es principalmente acción con algunos personajes tan solo esbozados. Fue divertido hacerla, pero hay más trabajo de escritor en The Fallen Idol>>. Habrá quien se sorprenda de que así sea, pero no le faltan motivos para decantarse por el primer título de los tres en los que colaboró con Reed, ya que la psicología de los personajes son principio y fin de las imágenes que apuntan y guardan secretos, mentiras, lealtades divididas y demás aspectos humanos que forman parte de su obra literaria; y de sus guiones para Reed, uno de los más grandes cineastas que ha dado el cine británico.
Las historias de Greene alcanzan su máxima expresión cinematográfica bajo la dirección de Reed, que, sin duda, se enriqueció en su relación con el escritor, aunque, con anterioridad, había demostrado su enorme talento en producciones de la talla de Larga es la noche (1947), para quien escribe una de las grandes del cine británico de posguerra. En ella ya asoman rasgos de estilo que reaparecerán en El ídolo caído y El tercer hombre, las dos magistrales colaboraciones Reed-Greene, a las que una década después se sumaría una tercera, de menor enjundia, pero no exenta de interés y gracia en su parodia del espionaje y de la mentira, dos constantes en la obra del autor de The Quiet American. Pero Nuestro hombre en la Habana (Our Man in La Havana, 1959) se encuentra a años luz de El tercer hombre, la que se lleva mayor y quizá merecida fama, y El ídolo caído, que no desmerece respecto a la anterior, más aún, podría decirse que en ciertos aspectos la supera, como apuntan las palabras iniciales del escritor. La supera en la complejidad de sus protagonistas, el niño y el adulto, a quienes une la amistad, en muchos aspectos (como la admiración) antecede a la que une a Holly y a Harry Line, las historias inventadas por el adulto, la necesidad del juego en la infancia y la imparable sucesión de secretos que depararán las mentiras que Reed llevará al límite tras la muerte accidental de Mrs. Baines, poco después de que discuta con su marido. Phillipe, el niño, se encuentra atrapado entre su admiración hacia Baines y su incomprensión del mundo adulto que le rodea y retiene (ya que no tiene acceso a ningún ámbito infantil acorde a su edad), donde observa a un matrimonio roto o a dos amantes clandestinos. Para él, ajeno a los juegos de niños (salvo por su contacto con su serpiente), le resulta emocionante compartir un secreto con el adulto idolatrado, a quien debe lealtad precisamente por esa admiración que lo ha ascendido al pedestal de donde todo ídolo de barro acaba cayendo.
La mentira, los secretos o el miedo asoman en el mundo de Phil, aunque, en realidad, no es el suyo, es el de los adultos, el de la soledad de la que escapa en compañía de McGregor, su culebra, y de Baines, el amigo adulto que le cuenta historias que permite que ambos fantaseen (uno, al inventarlas; el otro, al escucharlas). Para el niño, ambos son fundamentales: el primero, por ser su compañero (su amigo casi imaginario); y el segundo, por ser la figura que admira, aquella a la que desea parecerse y a quien pretende complacer, y llegado el momento será la que anhela proteger, puesto que, en su mente, ha llenado los vacíos (aquello de lo que no ha sido testigo) con la idea de que la muerte de la Sra. Baines fue debido a un empujón de su marido. Desde ese momento, el tono del film cambia por completo, lo que había sido admiración pasa a ser sospecha y, poco a poco, decepción y finalmente será olvido: el final de un instante de la infancia...
lunes, 30 de enero de 2012
La reina de África (1951)
viernes, 25 de noviembre de 2011
El tercer hombre (1949)
Holly Martins (Joseph Cotten) llega a Viena con la esperanza de aprovechar el nuevo comienzo que le brinda Harry Line, a quien espera encontrar en la estación. Sin embargo, Holly se ve obligado a cambiar sus planes, cuando descubre que su viejo amigo acaba de morir en un accidente.
La mala noticia trastoca los planes del viajero y lo conduce hasta el cementerio donde por primera vez observa a los personajes que frecuentará durante su estancia en la capital austriaca, siendo el mayor Calloway (Trevor Howard) el primero con quien mantiene contacto. El oficial inglés le informa de los hechos, al menos le señala que el fallecido era un criminal. Holly niega, se altera, rechaza las palabras que escucha y se deja llevar por la ira que siente hacia el mayor.
Su negativa le impulsa a quedarse para descubrir la verdad sobre Harry, demostrar su inocencia y limpiar su nombre. De este modo, Holly se convierte en uno de los personajes de sus novelas baratas. Asume el rol de héroe romántico que descubrirá la verdad que acallará a individuos como Calloway. Ahora vive su aventura, no la de sus personajes, pero, como aquellos, ha de ir superando fases. Primero desde la ingenuidad, más adelante desde la tradición.
Se entrevista con los testigos del accidente, que aseguran que dos hombres transportaban el cuerpo de Harry Line cuando este fue atropellado. Esta versión difiere de la del portero del edificio, que insiste en que había un tercer hombre, pero ¿quién? Alguien miente, es evidente, aunque el novelista que admira a Zane Grey -y desconoce la obra de Joyce, entre otros autores- descarta que sea Anna Schmidt (Alida Valli), la misteriosa y triste mujer que vio en el funeral, a quien acude para conocer más datos. Pero su heroína, pues ese es el rol que le atribuye, no le aporta novedad alguna, salvo la información que se sospecha desde que se advierte su presencia, la de que Harry y ella mantenían una relación íntima.
Basada en un guión de Graham Greene (que se convertiría en novela), El tercer hombre (The Third Man) es una magistral propuesta que invita a un deambular por un mundo inquietante de sombras, lleno de sorpresas, un lugar en el que Martins se encuentra ante una encrucijada moral en la que se verá obligado a elegir y demostrar así de que pasta está hecho, pero él no es un héroe, solo es un escritor de novelas baratas que ha llegado sin nada y posiblemente se marchará con lo mismo. Para ello, Carol Reed recreó una atmósfera nocturna y subjetiva, nerviosa, por momentos de pesadilla, que se confunde con la realidad para seguir las andanzas de este hombre en conflicto moral, en quien se enfrentan la lealtad, el sentido del deber y el deseo, el lo llama amor. Pero el personaje interpretado por Joseph Cotten no es ni un héroe ni un villano, es un tipo mediocre que se convierte en marioneta, una que se siente protagonista del enigma que rodea a la muerte de su amigo.
¿Quién era el tercer hombre que ayudó a transportar el cadáver de Harry? Esta pregunta obsesiona al perdedor, un escritor mediocre que no tiene ni un centavo en los bolsillos, pero sin duda es un buen amigo, por ese motivo se encuentra en la obligación de demostrar al mayor Calloway y a quien dude, que Line era inocente de cuando se le acusa. El recorrido de Holly por las calles de una Viena destruida por la guerra y dividida (como también lo estará su conciencia) en sectores bajo control aliado le informa de la existencia del mercado negro en el que, supuestamente, se movía su amigo y donde se puede encontrar de todo, siempre que se pague el precio exigido, también le informa de que los testigos se contradicen, llevándole a la certeza de que Harry ha sido asesinado, pues las declaraciones de los amigos de Line y la del portero no cuadran.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
James Bond contra Goldfinger (1964)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












