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jueves, 6 de noviembre de 2025

Miedo y asco en Las Vegas (1998)


Si al tipo de periodismo hecho por Hunter S. Thompson, este le llamó periodismo Gonzo, ¿qué nombre pondría Terry Gilliam a su cine? ¿Bonzo? Lo dudo, sería previsible y poco acertado, puesto que Gilliam no es ni monje ni se inmola para protestar contra la opresión de la realidad y de la normalidad impuestas contra las que arremete en sus películas. Él protesta creando, tal vez preguntándose ¿para beneficio de quién es esa normalidad que genera muertos vivientes, gente asustada que no reconoce las causas de su malestar, personas que huyen de sí mismas en busca de no tener miedo, de sentirse seguras y adaptadas en su entorno, individuos en busca de placer y de felicidad en su aislamiento? Sin duda, esa normalidad, realidad impuesta que resta lo imaginativo, incluso lo destierra, no es para sus personajes, ni para cualquiera que deje volar mínimamente la imaginación, que Unamuno define en Contra esto y aquello como <<la facultad de crear imágenes, de crearlas, no de imitarlas o repetirlas, e imaginación es, en general, la facultad de representarse vivamente, y como si fuese real, lo que no lo es, y ponerse en el caso del otro y ver las cosas como él las vería>>. Y Gilliam lo hace, al tiempo que crea y representa, intenta ver por los ojos de sus personajes. Además, Unamuno añadía, <<el imaginativo sueña, reproduce, reconstruye, hace propio lo mismo que ve, y es emprendedor>>. Lo que me lleva a pensar en Cervantes y Quijote, en la capacidad de soñar de ambos (autor y personaje), que era la capacidad de vivir del ingenioso hidalgo. Sin sueño, no hay vida y sin esta, no se puede soñar. Y el cine de Gilliam sueña, no siempre con el mismo acierto, pero al menos lo intenta. Así que le quedaría mejor un nombre que recordase que es quijotesco, ya no solo en qué y cómo lo expone, sino en la aparente desorientación y enajenación de sus personajes dentro y frente a la realidad que no aceptan, porque no deja de ser una prisión de convencionalismos, de normas de conducta y de verdades cuestionables que pasan por absolutos.


En su discurso, en su intención de deformar esa realidad que no es para él ni para sus personajes, de verla con otros ojos, está claro que Gilliam, tal como hizo el periodista y escritor de Los diarios del Ron, desarrolla su propio estilo: subjetivo, reconocible al instante, irreverente y, en no pocas ocasiones, de humor subversivo que conviene no confundir con el “caca, culo, pedo, pis” que algunos consideran el no va más de la provocación, cuando (fuera de la edad infantil) no deja de ser lo más convencional y cutre. En todo caso, acierte o se estrelle, el cineasta se aleja de los territorios comunes, su universo cinematográfico seria como La Mancha para Quijote, un lugar para la aventura de su locura, que no dejaría de ser su cordura, transitando su propio espacio alucinado, fantasioso, imaginativo, que da forma a un estilo visual que no pasa desapercibido, que deforma la realidad y crea otra. También su discurso es reconocible, aunque no exclusivo, aboga por despertar a la imaginación y alienta lo quijotesco. En su Miedo y asco en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998) tiene a su Quijote y a su Sancho pasados de vueltas, puestos hasta las cejas y perdidos en el infierno de Las Vegas, donde buscan el Sueño Americano. Más que colgados, la pareja protagonista, Johnny Depp y Benicio Del Toro, es caricaturescas y paródica. Los actores están en su salsa, igual que Guilliam, que sabe que sus personajes se encuentran atrapados y solo la locura, lo que los demás consideran anormal porque no encaja dentro de lo establecido; sin embargo, la normalidad que les rodea es cosa de locos. Lo de Raoul Duke y su abogado samoano, solo es cosa de junkies alucinados…

jueves, 30 de octubre de 2025

Hunter S. Thompson: Miedo y asco en Las Vegas


Puestos hasta las cejas, el periodista de Miedo y asco en Las Vegas viaja en la paranoia y en la carretera. Lo hace en un Tiburón Rojo, un descapotable que ha llenado de drogas, suplementos que considera esenciales para su desventura en la ciudad de las apuestas y “la casa gana”, adonde acude para hacer un reportaje sobre una carrera de motos que ni verá de lejos. Le acompaña su abogado samoano, que viaja igual de pasado que él. Ambos transitan en la alucinación, a lomos del éter, la coca y demás sustancias que les sostengan al borde de caer en un mundo de locos y del despertar en un país que ha creado el mito del Gran Ganador. Tal vez, por ello, Las Vegas funcione de centro recreativo que atrae a todo perdedor viviente, zombies de las apuestas y del consumo de juegos y espectáculos hechos para que continúen consumiendo, jugando y durmiendo. Lo importante es no despertar, continuar viviendo adormilados dentro del sistema, ya sea sometidos a la cotidianidad o en esos instantes en los que se acercan a la ciudad de hoteles-casino en busca de su ración de fortuna, la que podría darle acceso al Sueño Americano; dicho de otro modo, el dinero con el que se sentirían ganadores. Es una locura, cierto; la vida que nos han programado, lo es, sobre todo si uno abre los ojos y piensa lo que ve. Se ha traspasado el límite, ya no hay vuelta atrás para una época como la de Thompson, que ha descubierto las mentiras y las drogas, una combinación que resulta fatal y alucinada.

El periodista, creador de un estilo particular, subjetivo, alucinado, desea estar puesto, desea escapar; tal vez el consumo de estupefacientes sea su forma de huir de la realidad que intenta atraparle o quizá su modo de enfrentarse a ella. En todo caso, nadie parece poder escapar; ni siquiera Thompson, doctor en periodismo, creador del Gonzo, con su descapotable lleno de sustancias alucinógenas y su mente atiborrada de ellas, una mente entre la confusión, la lucidez y la locura, que es el estado que se le atribuye a quien se sale de la norma; cuando, quizás, la verdadera locura sea la norma en sí, permanecer dentro de ella. El periodista se sale y para ello va por libre. Y para asegurarse, se mete de todo y más. Como consecuencia, siempre se encuentra en un estado de alucinación que no desentona con la paranoia en la que vive el mundo —su lectura del periódico le hace sentir que su comportamiento es una nadería, comparado con las realidades que expresan los titulares—, un escenario que parece preparado para que todos tengan la sensación de ser protagonistas, aunque ni siquiera lleguen a serlo de su propia existencia. En cierta medida, el personaje central de la novela, reflejo del propio Hunter S. Thompson, que describía sus experiencias, es un Quijote que se niega pertenecer a esa realidad que rechaza. También viaja acompañado por su Sancho, su abogado, aunque el samoano carece de la mirada realista del escudero cervantino, contrapunto y complemento del caballero andante. Tal vez, ese quijotismo fuese el que atrajo a Terry Gilliam, cineasta quijotesco donde los haya, para adaptar a la gran pantalla esta delirante novela de Thompson ambientada (y escrita) en 1971…