Con permiso de Fred Astaire, Gene Kelly fue el actor-bailarín más importante del musical clásico hollywoodiense, como también fue una de las figuras más destacadas detrás de las cámaras, pues en algunos de los musicales en los que participó como actor también asumió labores de coreógrafo, y en ocasiones ejerció de director o co-director, como sucedió en sus tres colaboraciones con Stanley Donen, otro de los personajes más reputados del género, que debutó en la realización con este largometraje. A su relación profesional se deben la genial Cantando bajo la lluvia, una de las obras capitales del género, Siempre hace buen tiempo y esta otra destacada comedia musical que se abre a primera hora de la mañana en uno de los puertos de Nueva York, donde poco después, a eso de las 6 a.m., se descubre a un grupo de marineros entre quienes la cámara encuadra a Gabey (Gene Kelly), Chip (Frank Sinatra) y Ozzie (Jules Munshin) cantando New York, New York (no confundir con la canción inmortalizada en 1980 por Sinatra). Estos tres miembros de la armada que, con unos años menos, pasarían por tres muchachos celebrando su primera comunión, muestran la alegría que les proporciona las múltiples expectativas que ofrece su día de fiesta en la gran manzana, durante el que Gabey se convierte en el centro de interés de una trama que gira en torno a la búsqueda de la joven (Vera-Ellen) cuya imagen llama su atención en el metro, la misma chica con quien poco después se fotografía, y a quien considera un personaje destacado dentro de la sociedad neoyorquina. Sin embargo las posibilidades de volver a verla parecen mínimas, más si cabe en una ciudad de gran extensión y poblada por millones de individuos. Aún así el infante de marina no desespera, y convence a sus dos compañeros para que le ayuden a encontrarla, aunque estos no tardan en ser abordados por dos chicas que no dudan en unirse a ellos. Con este planteamiento se inicia un recorrido durante el cual se suceden las canciones y los números musicales, aunque ni las primeras ni los segundos poseen el nivel que alcanzarían en posteriores producciones coreografiadas por Kelly, como pueden ser El pirata (Vincente Minnelli, 1948), Un americano en París (Vincente Minnelli, 1951) o Cantando bajo la lluvia (1952).
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lunes, 24 de febrero de 2014
viernes, 14 de junio de 2013
Dos en la carretera (1967)
Los continuos saltos temporales empleados por Stanley Donen en Dos en la carretera (Two for the Road, 1967) nunca entorpecen la narración, al contrario, la refuerzan y la enriquecen desde la sencillez, la supuesta irregularidad y la elegancia que se descubre en esa misma alteración cronológica, fundamental a la hora de abordar el deterioro en las relaciones del matrimonio al que se observa a lo largo de una década, siempre por una carretera que simboliza su recorrido sentimental y existencial. Pasado y presente se entremezclan para realizar una reflexión ácida, cuando debe serlo, desencantada, cuando se tercia, y cómica, cuando lo precisa, pero nunca sensiblera, ya que las emociones fluyen sinceras según las épocas y la innegable química que se descubre en la pareja protagonista formada por Audrey Hepburn y Albert Finney. La carretera por la que deambulan haciendo auto-stop, en un viejo MG, en un moderno Mercedes o en compañía de una familia que se antoja insoportable, no es otra cosa que la metáfora de su recorrido vital, expuesto desde ese asfalto pocas veces abandonado, por donde se muestra la pérdida de la espontaneidad que les domina cuando se conocen y deciden emprender un viaje a pie por la campiña francesa.
jueves, 7 de marzo de 2013
Arabesco (1966)
En plena era pop, dominada por los Beattles en la música y por el agente 007 en el cine de espías, Stanley Donen rodó una intriga, similar en algunas de sus propuestas a Charada (Charade, 1963), aunque con resultados más discretos y con menos química entre la pareja protagonista. Aún así, Arabesco (Arabesque, 1966) posee momentos que la convierten en una aceptable combinación de humor e intriga, influenciada por la popular moda del momento y por el éxito de la serie Bond, rasgos que ya se aprecian en los títulos de crédito o en Beshraavi (Alan Badel), un villano que a simple vista podría pasar por un agente de Spectra, aunque en realidad trabaja para sí mismo. Este malvado de turno necesita la ayuda de Pollock (Gregory Peck), quien, a pesar de trabajar en Inglaterra, no lo hace como agente secreto al servicio de su majestad sino como profesor experto en descifrar jeroglíficos egipcios. Quizá por ese motivo al erudito no le interesa la invitación del millonario para que acuda a su casa, aunque cambia de parecer cuando el primer ministro de un país árabe le pide que la acepte porque es el único modo de descubrir las intenciones del excéntrico Beshraavi. Pollock comienza a trabajar en la inscripción después de la cena durante la que conoce a Yasmin (Sophia Loren), quien no tarda en convertirse en su rompecabezas particular, ya que desde el primer instante resulta una fuente inagotable de problemas y de mentiras, lo cual genera cierta desorientación en el licenciado. Víctima de un complot y atraído por la deslumbrante belleza de la mujer, el egiptólogo sortea los constantes peligros que surgen como consecuencia de ser el poseedor de un pictograma que esconde un secreto por el que más de uno mataría. Al igual que sucede en Charada, la trama de Arabesco reúne a una pareja de desconocidos, condenados a enamorarse, en medio de una situación que se escapa a su control, y en la que uno de ellos emplea el engaño como medio que le permite alcanzar sus fines. Pero en esta producción quien miente es el personaje femenino, aunque nunca llega a transmitir la ambigüedad que desprende el personaje interpretado por Cary Grant en aquella. Arabesco funciona por momentos, aunque en su conjunto presenta las irregularidades de un film que no pretendía ir más allá de la moda dominante durante la década de 1960. Como consecuencia, la película se queda en tierra de nadie, entre la demanda comercial y la intención de un cineasta que parecía desear repetir el éxito de su anterior intriga, la interpretada por Cary Grant y Audrey Hepburn, actriz con quien contaría por tercera vez en Dos en la carretera, producción más brillante, personal, reflexiva y madura.
jueves, 11 de octubre de 2012
Una cara con ángel (1957)
Leer en los créditos iniciales los nombres de Stanley Donen (director) Fred Astaire (actor y coreógrafo), George e Ira Gerswin (música y letras) aventura que se verá un musical que apunta alto; y más lo hace al contar con el protagonismo femenino de Audrey Hepburn, sin duda, al observar su rostro, la película ya no puede ser otra que Una cara con ángel (Funny Face, 1957), el primero de los dos musicales en los que participó la famosa actriz. La presencia de Audrey Hepburn fue un acierto por partida doble: por su capacidad de dotar de humanidad, ternura y estilo a su personaje y porque consiguió aumentar el reclamo del público, al ser una estrella indiscutible dentro del panorama cinematográfico del momento, como veinte años atrás pudiera serlo el inimitable Fred Astaire, su pareja cinematográfica y, con el permiso de Gene Kelly, quizá el más grande bailarín de cine que ha dado Hollywood. La actriz interpretó a Joe Stockton, una joven sencilla con ambiciones exclusivamente intelectuales, que se ve sorprendida por los miembros de la revista de moda que acude a la librería en la que trabaja, donde, tras ser ninguneada y expulsada del local, Dick Avery (Fred Astaire) la descubre como el rostro natural idóneo para la campaña que Maggie Prescott (Kay Thompson) pretende llevar a cabo. Para la actriz, el papel de Jo Stockton fue la oportunidad de poder bailar (se inició como bailarina de danza clásica) y cantar por primera vez en la pantalla (no como ocurriría siete años después en My Fair Lady, que por una decisión incomprensible del productor doblaron su voz en las canciones). Una cara con ángel (Funny Face) resulta luminosa y alegre, su ritmo y sus originales números musicales forman parte de la antología del musical clásico hollywoodiense, género en el que los nombres de Stanley Donen y Fred Astaire brillan con luz propia. El colorido domina las imágenes, no en vano la historia se desarrolla dentro del mundo de la moda al que accede por casualidad Jo Stockton, quien no tiene ningún interés en destacar dentro del oficio de modelo. Jo acepta convertirse en el rostro americano de la prestigiosa revista Quality únicamente porque le permite cumplir su sueño de viajar a París, la ciudad de la luz, del amor y de la moda, pero para ella sólo es la ciudad del pensamiento antropológico. El París de postal al que los tres protagonistas saludan al compás de la melodía Bonjour, Paris!,(escrita por Roger Edens y Leonard Gershe) es el lugar donde Joe pretende encontrar al profesor Emile Flostre (Michel Audair), eminente pensador y creador del enfaticalismo, teoría basada en la empatía que Jo sigue al pie de la letra, sin darse cuenta de que se está enamorando de Dick Avery, el fotógrafo de la revista, que evidentemente baila mejor que fotografía. En París se desarrolla la parte romántica del film, aunque ésta se ve truncada momentáneamente por el encuentro entre la inocente modelo y un filósofo que no es de piedra, y que pretende algo más que un intercambio de ideas; cuestión que Dick advierte desde el primer momento y así se lo hace saber a la joven de quien se ha enamorado, lo cual crea el conflicto sentimental que debe resolverse al ritmo de los números musicales de esta excelente comedia romántica.
viernes, 30 de diciembre de 2011
Charada (1963)
Tramposa donde las haya, Charada (Charade, 1963) lo reconoce en su título y en cómo, sin disimulo, nos engaña con una intriga que juega con la mentira y las sorpresas, que no llegan a serlo, para presumir durante todo su metraje de que sus trampas son parte de su encanto. Y cierto, la película posee encanto, que nace de la conexión que se establece entre sus dos carismáticas estrellas, y las no menos destacadas presencias de los acompañantes a quienes dan vida James Coburn, George Kennedy, Ned Glass y Walter Matthau. En realidad, el film de Stanley Donen no prioriza el suspense ni la intriga sino esa química entre un maduro Cary Grant y la esplendorosa e ingenua Audrey Hepburn, dos de los más grandes iconos de la historia del cine… Ella da vida a Regina Lampert, una mujer harta de mentiras, las sufridas en su matrimonio y en su presente. Siempre mentiras, incluso Grant, que da vida al caballero andante, le miente. Regina ya no sabe a quién creer o qué creer. Lo único que tenía claro era que quería poner fin a su matrimonio con Charles Lampert. Para lograrlo, nada mejor que pedir el divorcio, pero alguien se adelanta y arroja a su marido de un tren en marcha, iniciándose de este modo la intriga que le conducirá a nuevas y peligrosas mentiras. A su regreso a París descubre el violento asesinato de Charles, a manos de un asesino de quien nadie sabe. ¿Por qué ha sido asesinado? Regina lo ignora. En realidad, desconoce todo cuanto se refiere a Charles, el difunto.
El desconcierto de la viuda aumenta durante el funeral de su marido, un último adiós poco concurrido, pues únicamente le acompañan en el sentimiento su amiga Sylvie (Dominique Minot) y el inspector de policía que sigue el caso (Jacques Marin), sin embargo, observará extrañada la entrada de tres extraños que pretenden comprobar si Charles está verdaderamente muerto. Charada gira en torno a ese asesinato, cometido porque existe un móvil de 250.000 dólares que Tex (James Coburn), Scobie (George Kennedy) y Leopold (Ned Glass) reclaman. Así pues, Regina se encuentra perdida, vulnerable y sola, quizá por esa soledad llama a Peter Joshua (Cary Grant), el hombre que conoció en la estación de esquí. Este individuo de mediana edad intenta ayudarla, incluso le busca un hotel para que descanse, un hotel en el que se crean tantos líos como en el de los hermanos Marx, pero de otra índole, un poco más sangrientos y misteriosos. Será en ese edificio donde se reúnan todos los implicados en el caso, salvo Bartholemew (Walter Matthau), el agente del gobierno que pretende desenmascarar a los culpables y recuperar el dinero robado al gobierno. El agente necesita la ayuda de Regina y por eso mantiene un contacto constante con ella. A raíz de su encuentro en la embajada y de las llamadas telefónicas a Bartholemew, descubre que Peter Joshua la engaña y que también busca el dinero. Sin embargo, desea creer la justificación que le ofrece el antiguo Sr.Joshua, quien en realidad dice llamarse Alexander Dyle, el hermano del difunto Carson Dyle, el quinto miembro del comando que robó el oro durante la Segunda Guerra Mundial.
En cierto modo deudora de Con la muerte en los talones (North by Northwest, Alfred Hitchcock, 1959), Charada resulta una intriga entretenida, en la que la mentira juega un papel importante, como también lo hacen el romance y las siempre presentes notas de humor; de este modo la historia cobra una atmósfera menos densa de la que podría encontrarse en un thriller al uso. Esa presunta ligereza sería provocada para dar rienda suelta a un romance divertido que se encuentra entorpecido por la intriga y el suspense, pero que sin ambas no podría ser posible. Además, Audrey Hepburn y Cary Grant, a pesar de la evidente diferencia de edad, logran que su relación de amor-sospecha-miedo-amor sea creíble, y por momentos angustiosa, como se muestra cuando Regina escapa por la estación del metro temerosa de lo que pueda ocurrirle. Stanley Donen acertó de pleno al plantear una de sus mejores películas, posiblemente la mejor fuera del género musical, creando un misterio “ligero” en el que todos sus personajes pueden ser culpables de la muerte de Charles, con la excepción de aquellos que no tardarán en reunirse con él y de la angelical Regina, quien en todo momento se muestra perpleja, engañada y enamorada, pero pocas veces asustada, pues la compañía de Peter, Alexander, Adam, el ladrón, o como quiera que se llame, parece proporcionarle el valor necesario para continuar buscando un dinero que todos, salvo ella, piensan que se encuentra en su poder. El éxito de Charada daría pie a Donen para realizar una vuelta de tuerca sobre lo mismo o, si se prefiere, una intriga pop en la que, accidentalmente, un hombre (Gregory Peck) y una mujer (Sophia Loren) deben unir sus fuerzas para salir airosos del peligroso lío en el que se conocen, se enamoran y que, si no andan con cuidado, podría acabar con sus vidas. Se trata de Arabesco (Arabesque, 1966), un film de características similares, aunque menos logrado, que contaría con otras dos grandes estrellas de la pantalla. Décadas después, Jonathan Demme realzaría una nueva versión de Charada, que tiene todo que envidiar a este entretenido engaño de Donen.
martes, 17 de mayo de 2011
Cantando bajo la lluvia (1952)
A pesar de no sentir predilección por el musical, reconozco que existen algunos musicales que traspasan el género y se convierten en imprescindibles para cualquier aficionado al cine. Cantando bajo la lluvia (Singin' in the Rain, 1952) es una de esas joyas que, más allá de gustos y predilecciones, es una obra cumbre del cine clásico americano. Sus números musicales, aparte de ser geniales, sirven para que la historia avance, algo que no sucede en musicales menores donde las coreografías lastran la trama o viceversa. El dúo formado por Stanley Donen y Gene Kelly (también formaron equipo en otras producciones) realizó una perfecta combinación de comedia, romanticismo y números musicales que durante el metraje del film resaltan el esplendor de la época dorada de Hollywood. La escena de Gene Kelly cantando y bailando bajo la lluvia, en una noche pasada por agua, oscura y lluviosa, de alegría desbordante y de felicidad plena, forma parte de la cultura cinematográfica. Este número representa la felicidad del enamorado de la vida, su idea de que todo saldrá bien y de que la existencia es maravillosa, y que ni la mayor tormenta podrá arrebatarle la emoción que transmite a través de su voz y de su baile. Son pasos, ritmos, palabras, acordes... que alejan a la lluvia de la tristeza o de la melancolía que habitualmente representa o a la que se asocia. El agua y la noche, arropadas por la luz y el brillo solar de una farola, logran transmitir la alegría que siente el personaje. Es su sensación de dicha, de la alegre plenitud que se extiende por toda la película y nos alcanza y envuelve, acentuada por la elección colores vivos de la fotografía y por números musicales como el interpretado por Donald O'Connor, "Haz reír" es soberbio y continúa la línea de divertimento propuesta por Donen y Kelly. Y soberbia también resulta la aparición de Cyd Charisse en la coreografía más larga del film.
Cantando bajo la lluvia muestra el mundo del cine (desde una perspectiva positiva), su magia y sus sueños, en los que todo es posible cuando Don (Gene Kelly) conduce a Kathy (Debbie Reynolds) a un plató oscuro, vacío, y lo transforma, gracias a la luz y a otros efectos, en un paisaje idílico que aprovecha para confesar sus sentimientos. Por otro lado, se muestra el aspecto humano que, aparte de los actores, se representa en varios miembros del equipo (que tampoco pretenden ser reales): un productor (Millard Mitchell) que desea llevar a buen puerto la inversión, el compositor musical (que no es otro que Cosmo, el amigo de Don Lockwood) o los dobles (antes de triunfar, Lockwood realizaba todo tipo de escenas peligrosas, que se nos muestran a través de un simpático flash-back, así mismo, Kathy debe ser la voz de Lamont). También hay tiempo para las proyecciones de prueba, en las que se evalúa la buena o mala aceptación del trabajo realizado, así como para otros muchos pequeños detalles que sirven para acercar aquello que no se ve, pero que se necesita para llevar cualquier producción a buen puerto. Cabe destacar el humor con el que toca un tema que afectó a numerosas estrellas del cine mudo, y que no fue otro que la llegada del sonoro. Muchos de estos actores y actrices vieron como sus carreras artísticas tocaron a su fin o se vieron reducidas a personajes de menor entidad. La voz y la dicción se convirtieron en elementos vitales y selectivos, que produjeron cambios importantes, tanto en la elección de los actores como en las carreras de algunos directores. No es de extrañar pues, que la primera película hablada de Lockwood y Lamont (Jean Hagen) resulte ridícula, sus defectos sonoros son escandalosos, el guión es simplón y sus actuaciones no se distinguen de las anteriores, salvo que con el sonido sus carencias se hacen (más) patentes. Don es consciente de que si no hace algo, su carrera podría peligrar. La idea surge cuando los tres amigos: Don, Kathy y Cosmo (Donald O'Connor) se encuentran reunidos y deciden convertir "El caballero duelista" en un musical. En ese momento otro famoso número musical ocupa la pantalla "Good Morning", número en el que Debbie Reynolds acabó sangrando por los pies, tras múltiples repeticiones, ya que Gene Kelly no estaba conforme con el resultado, y de malos modos se lo hizo saber. Según cuenta la actriz, el rodaje de Cantando bajo la lluvia fue uno de los momentos más duros de su vida, aunque, vistos los resultados, también se puede decir que es la película por la que pasó a la historia.
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