Ayer, con la sala principal del Auditorio de Galicia abarrotada, José Sacristán, de 88 años de edad, salía a escena caminando con la nostalgia y con el testimonio de una época que se apaga, como equipaje. No era físico, aunque lo fuese la maleta que portaba y posaba sobre el escenario, sino emocional y memorístico. En aquella otra maleta, la de su cabeza y su corazón, portaba un modo de entender el cine, el teatro y la vida, un modo que en él encuentra uno de sus últimos testigos; también uno de sus últimos héroes protagonistas. ¿Quién los recuerda, si ya empiezan a ser fantasmas en la memoria de quienes los disfrutamos y vacío en las generaciones que nunca sabrán que existieron? El popular actor es el nexo entre la generación de los Fernán Gómez y la suya; y también con la siguiente. Esas tres son las que alcanzan mi infancia. Pero, allí, en la sala del auditorio, los únicos niños y niñas que había habitaban en la memoria. No había cuerpos infantiles, tampoco de adolescentes ni de jóvenes, pero sí la evocación de quienes fuimos, de quienes fueron, de quien fue el niño y el joven Fernando, y la presencia real de un actor octogenario que ya no solo es un actor, pues ha alcanzado un estatus que le acerca al de quien considera su “maestro”. Ese estatus le confiere el aura y la dignidad que el público aplaudía puesto en pie, más que a la obra que concluyó tras una hora y media de una clase de saber llevar y llenar un auditorio que solo recuerdo en Rafael Alvárez “El brujo”. La sala era para él, para su solemne hacer escénico, para poner voz a los recuerdos de Fernando; y, sin llegar a expresarlos en palabras, a los suyos propios. Los asistentes a la representación de su monólogo “El hijo de la cómica”, basado en la primera parte de las memorias de Fernán Gómez “El tiempo amarillo”, caminamos en los cuarenta y tantos para arriba. Lo sé y lo supe cuando, a mi alrededor, descubrí rostros de mi juventud, pero de esta ya no había rastro en ninguno. Sin embargo, nadie podrá borrar que existió, solo el tiempo; tampoco se podrán romper los lazos generacionales que a menudo ahogan, pero que siempre sostienen aspectos de una época en otra… Los de Sacristán y Fernán Gómez forman parte de nuestros pasos iniciales porque nos llegaron como parte de nuestra propia herencia, la que nos llega sin pedir, pero que también forman nuestras identidades cambiantes, aunque siempre haya aspectos anteriores que perduren en los siguientes. El actor madrileño, al reivindicar y homenajear al autor de El tiempo de los trenes, hace lo propio consigo mismo, no por presunción, sino por nostalgia —sin olvidar la devoción a un oficio y la admiración a quienes, como Carola Fernán-Gómez, su hijo o él mismo, dedicaron sus vidas a representar ilusiones— que palpita en alguien que se sabe en un punto cercano a su viaje a ninguna parte. Ahí reside la clave emocional del monólogo, que recordando a Fernán Gómez se recuerda a sí mismo, tal vez por ello introduzca su actuación con la llegada de los “cómicos de la legua”, recordando su Carlos Galván, su personaje en El viaje a ninguna parte (1986), el único largometraje en el que fue dirigido por Fernando Fernán Gómez. Más que una supuesta gran amistad, de la que no hay rastro en “El tiempo amarillo”, la relación entre Sacristán y Fernán Gómez sería de una relación de cordialidad profesional, en la que el mayor sentiría respeto profesional por el joven y este consideraría que aquel era un maestro. Y la ausencia de este, desde 2007, posiciona a Sacristán al frente de aquel pasado que en él alcanza el presente y, desde él, a nosotros, su público. En escena no lo expresa, pero quizás nos esté diciendo que es su heredero, el representante que nos recuerda un tiempo que, simbólicamente, es él, son sus décadas que caminan desde la posguerra hasta la actualidad, y ya profesionalmente desde el desarrollismo hasta este periodo en el que Sacristán asume ese rol y ese compromiso: el de ser el último protagonista y testigo de ese ayer que ayer sentimos evocado…
domingo, 8 de marzo de 2026
martes, 7 de febrero de 2023
Parranda (1977)
<<Galicia y lo gallego pasan a ser el motivo profundo de una racionalidad que consiste en reírse ante la muerte. De algún modo, el tema transciende a lo universal. La generación a la que yo pertenezco, en cuanto a “concienciación” de lo gallego, trabajó para no contentarse con los apriorismos de nuestros devanceiros: Galicia postrada y mártir, víctima de un signo histórico y de una domesticación psicológica a lo largo de casi seis siglos sin presencia histórica. Yo suelo decir que todos los siglos, desde la aparición de la imprenta hasta muy entrado el siglo XX, no hay impreso que configure literatura de invención. Nosotros no partimos de una Galicia implorante de comprensión ante los pueblos hermanos españoles. Nuestro lema —y así se escribió— era “Galicia, célula de universalidad”, La parranda dirigida por Gonzalo Suárez, llega, quizá sin saberlo, a la realización de esta premisa. Si las cosas resultan como deberían resultar, nadie podrá ya evitar que una de las películas más representativas de un cine español desmitificador y maduro haya encontrado su célula en un texto escrito inicialmente en gallego.>>
Eduardo Blanco Amor, declaración recogida en Entrevistas con E. Blanco Amor.
En 1959, en Buenos Aires, Eduardo Blanco Amor publicaba su primera novela en gallego: A esmorga, cuya traducción al castellano fue asumida por el propio escritor, obligado por su apurada situación económica. A principios de la década de 1970 se habló de una adaptación cinematográfica; es probable que existiera un primer guión hecho por el propio autor de la novela, pero no sería hasta la Transición cuando Gonzalo Suárez la adaptó a la pantalla en Parranda (1977). Por entonces, el cineasta y escritor asturiano ya se destacaba en literatura y cine como un creador diferente, con universo propio, del mismo modo que difieren ambos medios de expresión, aunque con puentes que los conectan. El cine de Suárez es un híbrido entre cine y literatura, mientras que el Suárez creador cinematográfico es un narrador que escribe su cine en imágenes que generan la sensación de ubicarse entre lo real y lo fantasioso. Por su parte, la obra de Blanco Amor posee una espléndida capacidad de visualizar ambientes y personajes. Cabe recordar que durante años fue periodista y reportero en diferentes lugares y situaciones, y que, como narrador, nunca fue realista; es decir, que aun usando realismo en sus páginas, existe la sensación de fantasía, de un halo mágico de raigambre gallega. En este punto, el universo creativo de ambos conecta. Esa sensación de ubicarse entre la realidad y fantasía, en Suárez se aprecia en toda su dimensión en Remando al viento (1988) y El detective y la muerte (1995), y en el autor ourensano ya se aprecia en su primera novela La catedral y el niño (1948). Aunque en el guion también participó Blanco Amor, era de esperar que alguien con ambiciones creativas realizase su propia historia, aun siendo la misma trama. Suárez introdujo su perspectiva y se alejó de la novela, como años después también haría Ignacio Vilar en su adaptación de A esmorga para acercarse a ella y guardarle mayor fidelidad. Así realizó una película que logra ser entidad cinematográfica propia, que, salvo en los personajes y el recorrido hacia la tragedia, no es deudora de la obra literaria. El recorrido es similar, acompañamos al trío de crápulas protagonista a lo largo del desenfreno que solo puede conducirles al trágico final que se intuye en los instantes en los que Parranda inserta el presente durante el cual Cibrán (José Sacristán) está siendo torturado e interrogado sobre sus desfases junto a sus dos amigos: Bocas (José Luis Gómez) y Milhombres (Antonio Ferrandis).
La expresión principal del cine es la imagen y la de la novela, la palabra. Esto lo sabe perfectamente Suárez, debido a su doble condición y contribución artística. No obstante, la obra de Blanco Amor también habla en imágenes, las que se generan en la mente del lector. Se trata de un escritor que visualiza al tiempo que narra; por ejemplo, su uso de los fenómenos atmosféricos (lluvia) y de las sensaciones térmicas (frío), la analepsis… La precisión y en apariencia sencillez narrativa de A esmorga chocan con la complejidad trágica expuesta en sus páginas; trágica para Cibrán, un joven que desea cambiar de vida, lo promete, y está decidido a hacerlo hasta que Bocas y Milhombres se cruzan en su camino. Estos llevan dos días de alcohol y desenfreno por tascas y prostíbulos, juerga que continúan ese lunes que marcará sus existencias y la de aquellos que se crucen en sus caminos. No son conscientes de su caída en el abismo; Cibrán, sí; y ahí reside su sino trágico, en esa consciencia que se suma a la distancia que, haciéndose insalvable a lo largo de la jornada, le separa de su deseo de una existencia junto a Rajada (Charo López), su amiga, y el hijo de esta. La diferencia entre novela y película es clara. Esta última asume el testimonio del narrador-guía-personaje novelístico de modo distinto, concediendo menor importancia a las palabras, y más a la agresión física y presión psicológica a la que constantemente es sometido. De cualquier modo, en ambos casos, Cibrán es el único del trío que comprende estar cayendo en ese pozo del que ya no podrán salir.
La juerga deja de serlo, para ser brutalidad y la estupidez humanas en el bar donde Bocas acuchilla a otro cliente. Ese instante marca el inicio del fin. A pesar de la violencia de Bocas y Milhomes, Suárez asume que ninguno de los tres son peores que el resto de personajes que asoman por la pantalla; por momentos, mira al trío como víctimas de deseos reprimidos, de obsesiones, de su baja condición social y cultural. Con sus encuentros con el escribiente del juzgado interpretado por Fernando Fernán Gomez, personaje en quien recae cierta dosis de humorismo y humor negro —en la obra literaria, en la original en gallego, el humor irónico y amargo siempre está presente—, con el aristócrata (Fernando Hilbeck) que, tras descubrir la infidelidad marital, mantiene a su mujer (Isabel Mestres) encerrada en el pazo donde la humilla y la usa de muñeca-prostituta, queda claro que el trío de “esmorgistas” no son peores elementos que aquellos con quienes se encuentran durante su desenfrenada juerga hacia la muerte, sobre todo aquellos personajes que pertenecen a la clase dominante, incluida la mano que, una y otra vez, golpea a Cibrán durante el interrogatorio al que le somete un juez invisible —nunca lo vemos en la pantalla, ni le escuchamos en la novela— que en la obra narrativa y en el film de Vilar adquieren mayor presencia en su ausencia de voz.
sábado, 12 de marzo de 2022
Todos a la cárcel (1993)
miércoles, 29 de septiembre de 2021
El gran atasco (1978)
Años antes de que las primeras carreteras asfaltadas diesen paso a las autovías, autopistas, peajes, embotellamientos, desguaces, cementerios y demás compañeras de campo semántico de coche, Wenceslao Fernández Flórez apuntaba fino en la novela El hombre que compró un automóvil (1932), cuando en el epílogo imaginaba un futuro habitado por vehículos motorizados. Tiempo después, consecuencia del desarrollo industrial y tecnológico y de la conversión del proletariado en clase media, vehículos, conductores, atascos, cláxones, insultos, atropellos, depredadores, víctimas e igual miseria, aunque en diferente formato, eran realidades indiscutibles que podían observarse en cualquier parte del mundo motorizado, por ejemplo sobre el asfalto de Roma a Nápoles o de esta a aquella, según el sentido del carril escogido en la coral y satírica El gran atasco (L’ingorgo, 1978). Puede sonar exagerado, pero el mayor atasco registrado hasta la fecha duró diez jornadas; se produjo en la nacional 110 de China, en el año 2010. Inspirándose en un relato corto de Julio Cortázar —La autopista del sur—, Luigi Comencini no necesitó tantas, le bastaron un día y su noche, tiempo más que suficiente para escenificar su sátira y su crítica en esa desesperante espera vial, que resulta una magnífica ocasión para estudiar el comportamiento humano, tanto el racional como el irracional de los individuos atrapados. Su historia se ubica en una autopista de la Italia del consumismo, de la industrialización, de la polución, la heredera del “milagro económico” de las décadas de los 50 y 60, donde el director igual atrapa al empresario Benedetti (Alberto Sordi) y a Ferreri (Orazio Orlando), su servil esclavo por un sueldo, como a Martina (Ángela Molina), que sufre el acoso y la posterior violación de tres hombres ante las miradas de cuatro amigos que, pudiendo intervenir, se quedan dentro de su auto. El atasco también retiene a Germana (Giovannella Grifeo) y familia, un núcleo “pobre, pero honrado” y de padre (Lino Murolo) proabortista, pues prefiere aprovechar la recién aprobada “ley del aborto” que permitir que su hija mancille su buen nombre —para él, su única posesión valiosa—, siendo madre soltera. Quienes sí están casados son Carlo (Fernando Rey) e Irène (Annie Girardot), un matrimonio de clase media en viaje de bodas de plata, que pretenden celebrar en el hotel donde pasaron su luna de miel. Pero su idílica intención sufre en esa carretera donde la ausencia u olvido de las llaves de casa precipita los reproches de Carlo, que se irán recrudeciendo, hasta que comprende que las llaves las tiene él y, entonces, suaviza su tono y le resta importancia al asunto. En ese momento, uno de los mejores y más cínicos de la película, el marido comprende que no puede borrar sus palabras, sus acusaciones, su crueldad verbal. Tampoco le vale disculparse, ya que es incapaz de encarar la vergüenza que le implicaría reconocer su vileza y su error, uno más entre tantos sufridos por ella, ni soportar un más que probable cambio de sentido en los reproches, así que decide una solución tan sutil como vil: introducirlas en el bolso de Iréne.
miércoles, 8 de junio de 2016
El viaje a ninguna parte (1986)
miércoles, 3 de abril de 2013
Un lugar en el mundo (1992)
Desde su presente, Ernesto (Mariano Ortega) deja que sus recuerdos viajen al pasado para evocar las figuras de su padre (Federico Luppi), de su madre (Cecilia Roth) y de Nelda (Leonor Benedetto), aquella monja solidaria, progresista y humanista que formó parte de sus vidas. Durante este flashback, que ocupa la práctica totalidad de Un lugar en el mundo, también rememora aquel entorno dominado por las diferencias sociales que Hans Mayer (José Sacristan), un geólogo hispano-alemán, observa cuando irrumpe en sus vidas con la excusa de realizar un supuesto estudio petrolífero. Desde su primer contacto con la familia del muchacho surge un reconocimiento mutuo entre ellos, un reconocimiento que posibilita la amistad que florece mientras se desvelan sus filosofías vitales, que, a pesar de parecer contrarias, resultan cercanas, salvo por el hecho de que Hans ha perdido el idealismo que mana de sus nuevos amigos. Mediante las conversaciones que mantienen los adultos se descubre que Mario y Ana regresaron de España años atrás, adonde habían huido como consecuencia de la dictadura militar que dominaba la nación, pero de nuevo en su país natal intentan materializar su sueño de mejora social mediante una cooperativa que lucha por defender los intereses de los ovejeros ante los abusos de los grandes terratenientes. Pero Ana y Mario también se dedican a otras cuestiones sociales; él educa a los niños que acuden a la escuela, en busca de la comida que les ofrece el matrimonio; mientras, ella se dedica al cuidado de la salud de los vecinos. El film de Adolfo Aristarain capta y transmite los sentimientos que afloran en los personajes mientras surgen la amistad y la imposibilidad que transitan paralelas a la maduración del niño que, ya de adulto, recuerda aquellos momentos de su pasado, cuando su padre halló la oportunidad de expresar aquello que llevaba en su pensamiento y en su corazón, pero también indaga en aspectos como la falta de oportunidades para niños y niñas como Luciana (Lorena del Río), quien desde temprana edad asume una condición que le imposibilita un futuro distinto al de sus padres, perpetuando de ese modo la diferencia social heredada de padres a hijos contra la que Mario lucha empujado por su idealismo utópico. A través de Ernesto niño (Gastón Batyi) se descubre aquello que le rodea: su primer amor, su amistad hacia Hans o el estéril enfrentamiento que su padre mantiene contra un sistema dentro del cual ni el individuo ni el colectivo parecen importar, solo los beneficios que se generen y que amenazan con destruir la ilusión de Mario, la misma que Hans no posee y que le ha impedido encontrar su lugar, posiblemente porque su desencanto ha aumentado con el paso de los años. No obstante, existe cierto aire romántico en la figura del extranjero que atrapa la atención de Ana, enamorada de ese desconocido que muestra un comportamiento distinto al de su marido, a quien Hans admira y aprecia, sensaciones que imposibilitan que entre Ana y él surja una relación que vaya más allá del amor platónico.



















