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Como un torrente (1958)


Quizás los responsables de Como un torrente (Something Come Running, Vincente Minnelli, 1958) no supiesen que reunir a Frank Sinatra, Dean Martin y Shirley MacLaine daría origen al “clan Sinatra”, llamado así debido a la popularidad cantante de My Way (tema adaptado al inglés por Paul Anka del original francés). Pero ahí queda el hecho y el origen de la banda: <<La mitología del Clan empezó con Como un torrente en 1958>, (1) recuerda MacLaine en Mis estrellas de la suerte. A Sinatra le gustaba ser el gallo del corral y, junto a Martin, era el más duro del grupo, que tendría como base para sus juergas Las Vegas. Aparte de esa dureza de barrio, ambos tenían en común el ser italoamericanos, cantantes, tener los casinos como escenario para sus actuaciones y, sobre todo, que provenían de los márgenes donde la delincuencia era cotidiana. En aquellas calles de su infancia se convirtieron en tipos duros y conocieron a otros duros que pasarían a la categoría gansteril. Fue en esta película de Minnelli cuando Dean Martin y Frank Sinatra trabajaron juntos por primera vez. Ambos eran ya dos estrellas, MacLaine estaba a las puertas de serlo y ya había coincidido con Martin en Artistas y modelos (Artists and Models, Frank Tashlin, 1956). Así que, más que una película que semeja el reflejo masculino de los mejores melodramas de Douglas Sirk, Como un torrente fue el inicio de una gran amistad, aunque, como todos buena relación, con sus altibajos...


Tras una noche de borrachera en Chicago, Dave (Frank Sinatra) se despierta en un autobús que llega a su pueblo natal. No ha sido su elección, sino la de quienes le metieron en el vehículo. De ese modo, su regreso es como un inicio, aunque sea un retorno. Regresa dieciséis años después de irse, cuando apenas era un crío. Ahora es un hombre maduro, que ha recorrido mundo y comprendido que vive perdiendo, aunque gane en las partidas de póker. Y ya que está quiere cerrar cuentas pendientes con su pasado, con Frank (Arthur Kennedy), su hermano mayor, y con Agnes (Leora Dana), su cuñada. Pero llega con la carga de Ginny (Shirley MacLaine), una chica de ciudad, vulgar e ingenua, de la que quiere deshacerse. Como toda pequeña localidad, en la suya también lo que se sale de lo cotidiano sirve de chismorreo y Dave es una curiosidad tanto para los bienpensantes como para un jugador profesional como Bama (Dean Martin), con quien se establece una amistad a lo Wyatt Earp y “Doc” Holliday. Esta es una de las relaciones sobre las que se sostiene la película, pero la más importante es la de Dave con el exterior y el interior, es decir, él es el centro de cuanto se observa en la pantalla. Su relación familiar, su relación consigo mismo y la que mantiene con dos mujeres opuestas; la una, Ginny, de vida alegre, ingenua, enamorada, aunque aquel la ningunee salvo cuando se emborracha; la otra, Gwen (Martha Hyer), burguesa, elegante, cultura, profesora de literatura. Tal vez por ello, lo reconozca y reconozca que hay talento en Dave, quien, tras escribir dos libros, dejó de hacerlo. Quizás abandonase la escritura por desilusión, porque apenas nadie le dio una oportunidad a su obra, lo cual ya de por sí agudizaría la soledad que siempre porta consigo, pero su encuentro con la profesora despierta su interés por volver a escribir. Probablemente, porque es la vía que espera le acerque a ella. Y aquí se encuentra el tema: todos queremos amar y que nos amen, pero resulta que no siempre coinciden los amores, tal como parece suceder en este melodrama de Minnelli, en el que Ginny ama a Dave, aunque este solo la quiere para pasar el rato, mientras él se enamora de Gwen, quien quizás se enamore de su ideal, de la idea de ser la Pigmalión que (re)modele a un artista, pero también vive atrapada. Gwen es víctima de su frigidez y del orden, la represión y la frialdad de su entorno social…


(1) Shirley MacLaine: Mis estrellas de la suerte (traducción de Jorge Bertevoro). Torres de Papel, Madrid, 2016.

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