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La muchacha de Moscú (1941)


Al contrario que Frente de Madrid (1939), que aun siendo propagandística es una obra propia, Edgar Neville asume el compromiso italiano y rueda La muchacha de Moscú (1941), tal vez la menos suya de sus películas, para mí la menos. Pero le valió para viajar con Conchita Montes a Italia, que por entonces estaría enfrascada en la guerra y estaría dirigida por Mussolini. La actriz asumió el protagonismo del film, era la segunda de sus muchas interpretaciones para Neville, en el que daba vida a <<la chica atea elevada a la cumbre gracias al amor>>. Con este apunte, entrecomillado, el cineasta español define a su heroína, aunque más suena a que Neville nos desvela un orgasmo fruto de la propaganda fascista y nacionalcatólica. La historia no tiene mucho más que ese discurso afín a los dos regímenes que dominaban España e Italia, que basaban sus ideología pública en Dios, patria y familia; la privada era otro cantar, pero esa música no asoma en la pantalla. Neville, a partir del guion de Guido Milanesi, basado en su novela Sancta Maria, insiste con otro rótulo antes de iniciar la película. Reza así: <<¡Los milagros ocurren a diario! No es necesario recurrir a las crónicas antiguas para conocerlos. ¡El ritmo acelerado de la vida moderna, hace que surjan milagros en abundancia! Esta es también la historia de un milagro: de cómo una chica atea, casi ahogada en las olas turbulentas del infierno del escepticismo, abraza la religión>>. Más no apunta que tal infierno, el del escepticismo, es el lugar que te permite dudar, que se crea al plantear cuestiones, donde uno interroga acerca de los dogmas, ya sean políticos o religiosos, que bien podrían ser lo mismo, incluso ahí se replantea las ideas propias. El cielo, entendido este como el paraíso de cualquier sistema aceptado, adormece y obliga a la aceptación de que las cosas son así y no de otro modo; por contra, el infierno, la caldera de la duda, despoja de la certidumbre, de la seguridad de estar en el camino correcto y justo. Pero justo por eso no te invita ni te obliga a abrazar la religión o cualquier otra ideología, que es lo que buscan los ideólogos y sus sumos sacerdotes. De modo que darle un tono milagroso a la aceptación y sumisión, sin reservas, si preguntas, sin necesidad de respuestas lógicas o emocionales propias, solo un “es así, porque es así” o porque la dice un libro o un enviado de este o del otro lado del antiguo telón de acero que en 1941, cuando Neville rueda este panfleto milagrero, no se llamaba así, pero presentaba dos mundos que estaban enfrentándose en la realidad, la que por ninguna parte asoma en la pantalla, puesto que la trama se centra en el romance de Nadia (Conchita Montes), una propagandista comunistas, y (Amadeo Nazzari), en Africa, geólogo y en Pompeya, pintor; y allí donde vaya, católico ferviente y eso que su origen es ruso y aristocrático, lo que me hace sospechar que quizás sea un converso cuya infancia estuvo ligada a la Iglesia Ortodoxa. Y para remarcar el discurso, se introduce la figura del padre Lorenzo (Amadeo Falconi), un cura que resulta de lo más ridículo de un film, visto hoy desde el infierno del escepticismo, más ridículo si cabe y muy lejos de reflejar el talento de un cineasta sin par, cuyo cine se reconoce al instante, más aquí la que se reconoce es la mano de la propaganda…

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