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Mandy (1952)



De las tres películas que
Alexander Mackendrick realizó sobre la infancia, Mandy (1952) no presenta como protagonista a una víctima inocente que evoluciona hasta convertirse en manipuladora consciente de su entorno, ya que Mandy (Mandy Miller) vive rodeada de silencio y sin interactuar con el medio externo, condicionante de pensamientos y actos. Este alejamiento del entorno, consecuencia de su sordera de nacimiento y de la excesiva protección materna y paterna, la aleja de la forzosa transformación de los pequeños protagonistas de Viento en las velas y Sammy, huida hacia el sur, quienes, debido a las circunstancias que viven, pierden su inocencia inicial para defenderse en el mundo adulto al que acceden accidentalmente. Esta diferencia no impide que el personaje infantil del único melodrama de Mackendrick sea el detonante del comportamiento de la madre (Phyllis Calvert) y del padre (Terence Morgan), desbordados ante la ausencia auditiva que desequilibra sus personalidades y su relación matrimonial. Esta circunstancia no es consecuencia de la acción de la pequeña y sí del pensamiento que su discapacidad genera tanto en hombre como en la mujer, quienes, desde el mismo instante en el que descubren su sordera (a los dos años de edad), la apartan de todo contacto con el mundo exterior. Durante los cuatro años que siguen, los adultos consideran correcta su postura de proteccionismo extremo, sin caer en la cuenta de que esta impide la socialización de su hija, al tiempo que la condena a permanecer encerrada en su individualidad frustrada, donde no existe ni el sonido ni la posibilidad de comunicar o recibir emociones, sensaciones y sentimientos. De manera inconsciente los padres han perjudicado su desarrollo, y solo la madre acaba por comprender dicha realidad, por lo que decide romper las barreras que han levantado alrededor de la niña inscribiéndola, a pesar de la oposición paterna, en un centro especializado donde podría tener una posibilidad para evolucionar hasta convertirse en un ser social y autónomo. A partir de la acción materna, la postura de Mackendrick parece tomar a la joven como la excusa para acceder y estudiar el mundo adulto, tanto el de los padres como el de Searle (Jack Hawkins), el director de la escuela que se desvive por ayudar a superar las limitaciones y los miedos de sus alumnos, en particular los de Mandy. Sin embargo, el trabajo de Searle constantemente se ve torpedeado por los intereses de terceros, ya sean los económicos, uno de los administradores del centro le pone todo tipo de trabas por no seguir sus directrices, o los personales, el padre de Mandy, temeroso de perder el control que hasta entonces ha ejercido sobre su mujer y su hija, se comporta de un modo que puede ser calificado de aberrante. De tal manera, este melodrama, reflexivo, en ocasiones crítico, pero en ningún momento sensiblero, intenta mostrar, a partir de la figura infantil, un entorno de adultos que, consciente o inconscientemente, se descubre egoísta, a ratos cruel y en ocasiones (según los personajes) reacio a un proceso educativo que conlleva sufrimiento, pero también pequeñas satisfacciones como la de observar la evolución de una niña que poco a poco despierta a la vida, transformando su aislada perspectiva para encontrar su lugar entre los niños y niñas de su edad.

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