martes, 7 de junio de 2011

La invasión de los ladrones de cuerpos (1955)

La contundencia narrativa de Don Siegel se descubre en la veloz exposición de los hechos, y como consecuencia en el vertiginoso desarrollo de los mismos. algo que no resulta extraño al ser uno de esos grandes cineastas que destacaron dentro de la serie "Barata" hollywoodiense (como también lo hicieron Jacques TourneurBudd Boetticher,  Edgar G.Ulmer, Joseph H.Lewis, Anthony Mann, Richard FleischerRobert Wise entre otros). Así pues, ciñéndose a las características de la serie B, con escaso presupuesto, poco tiempo y mucho talento, Siegel alcanzó una de sus cumbres cinematográficas en La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatcher, 1956), clásico indiscutible de la ciencia-ficción, la mejor versión, aparte de ser la original, de la historia que directores como: Philip Kaufman (La invasión de los ultracuerpos), Abel Ferrara (Body Snatchers) o Oliver Hirschbiegel (Invasión) también llevaron a la gran pantalla. Sin necesidad de efectos especiales aparatosos ni espectaculares, esta obra maestra del género se desarrolla en un espacio concreto, el pueblo de Santa Mira, y en un tiempo reducido que estaría acotado por el recuerdo narrativo de su personaje principal, un hombre a quien todo aquel que le escucha tilda de loco, pues los hechos que cuenta sobre vainas que se convierten en cuerpos humanos, personas que no lo son o una invasión a punto de extenderse por todo el país, resultan increíbles, y sin embargo el miedo de Miles (Kevin McCarthy) es real, incluso contagioso. Todo comenzó con una serie de llamadas que provocaron que Miles Bennell abandonase el congreso médico y regresase a su pueblo; allí todo semeja normal, salvo por algo tan especial como su reencuentro con Becky (Dana Wynter). En la mente de Miles cobra importancia, casi exclusiva, la idea de reconquistar el amor perdido, y ella parece receptiva. Mientras tanto, este doctor observa pequeñas anomalías en los comportamientos de sus vecinos y amigos: hijos que dicen que sus padres no lo son, sobrinas que acusan a sus tíos de ser impostores,... y sin embargo, todos y cada uno son los mismos de días atrás. Aún así, Miles no pasa por alto tales advertencias, pero el psiquiatra de Santa Mira las justifica como una alucinación colectiva y altamente contagiosa, producida por el cansancio, el estrés o similares. Con cierta reticencia el doctor acepta la hipótesis de su colega y se centra en su relación con Becky, que se ve interrumpida por la llamada de un buen amigo que le advierte de la presencia de un cadáver. La pareja acude en su ayuda y, para su sorpresa, se encuentran con un cuerpo con rasgos faciales difuminados, que guarda cierto parecido con el dueño de la casa. Esta inesperada aparición es la prueba que el doctor Miles necesitaba para convencerse de que sus temores son fundados, y de ese modo, el extraño descubrimiento da el pistoletazo de salida a una carrera contra el reloj en la que sus vidas y las de sus semejantes son el objetivo de una invasión alienígena en la que los humanos son sustituidos por unos cuerpos totalmente idénticos, con los mismos recuerdos, pero con una gran diferencia, su falta de humanidad, pues no siente emociones, miedos, deseos, amor o cualquier otra capacidad que sí existía en aquellos que han suplantado sin que nadie pueda hacer nada para detenerles, quizá por que ya es demasiado tarde. Estos seres carentes de las características emocionales del ser humano se infiltran en la sociedad norteamericana en un intento por conquistarla desde dentro, para implantar un nuevo sistema de vida totalmente diferente al existente. Partiendo de esta idea, La invasión de los ladrones de cuerpos resulta una doble metáfora que expone un miedo de la época (en plena guerra fría) tanto hacia la amenaza comunista como hacia la caza de brujas mccarthista. Muchas películas inscritas en el género de la ciencia ficción de serie B veían en los extraterrestres (casi siempre procedentes del plantea rojo) a un enemigo invasor sin sentimientos, todos iguales, representación de un comunismo que no sólo era económico sino emocional; de modo que estos invasores del espacio (o de más allá del telón de acero) pretendían someter a la sociedad para que ésta perdiese su individualidad, derecho básico que les diferencia entre sus iguales. Pero dejando a un lado una cuestión hipotética-política-ideológica cabe señalar que La invasión de los ladrones de cuerpos es una excelente muestra de una película angustiosa y opresiva, capaz de acercar el drama y el miedo que padecen sus personajes, condenados a sucumbir ante unos seres insensibles que pretenden ocupar su lugar, simplemente porque eso les permite sobrevivir, aunque para ello tengan que acabar con la raza humana, pero a ellos que más les daría si no poseen sentimientos, solo el instinto de supervivencia que también muestra Miles.

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