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Nazarín (1959)


El padre Nazario (Francisco Rabal) vive una existencia dedicada a los demás, bajo las normas que marca la caridad cristiana; pero tras descubrir su entorno no se puede más que pensar que ésta no existe ni puede existir. Este religioso de férrea convicción, pobre, honesto, y misericordioso, es contrario a todos cuantos le rodean, porque se muestra sin tacha, escudado en esa fe que siempre le predispone a perdonar y a escuchar a quien necesite de su consuelo. En un primer momento se presenta un entorno, casi teatral, por el que deambulan mujeres y hombres que se preocupan por sí mismos, mujeres como Beatriz (Marga López) que busca el apoyo del cura tras ser abandonada por su amante. El padre Narazio no puede negar su ayuda a ningún alma que la necesite, ni a Beatriz ni Andara (Rita Macebo), quien se presenta ante él tras haber cometido un delito de sangre. El asesinato y el posterior incendio, provocado por ambas mujeres, colocan al padre Nazario ante una nueva prueba de fe cuando otro sacerdote le comunica que le han revocado su licencia sacerdotal, además de rumorearse que ha mantenido relaciones con la homicida. El sacerdote acepta su destino sin queja, dispuesto a recorrer los caminos en busca del Señor, y en ese momento se muestra la verdadera preocupación del religioso que le ha informado de la situación en la que se encuentra, un párroco a quien sólo parece importarle la imagen, pues le recuerda que un cura no debe pedir limosna. Nazario calma las preocupaciones de su homólogo y comienza su peregrinación vestido de paisano, iniciándose una segunda parte en la que se pondrá a prueba sus creencias. A pesar de su santidad, este hombre es de carne y hueso, necesita comer, y esa necesidad tan humana le obliga a trabajar a cambio de alimento, cuestión que desagrada a los peones, pues temen que la acción del padre errante pueda repercutir en sus salarios; en ese instante de rechazo se comprueba que no existe la caridad que predica, además de confirmarse que no encaja en un mundo donde no hay lugar para posturas solidarias. Durante su recorrido sufre engaños, robos, golpes, injurias y la compañía de las dos mujeres que había dejado atrás y que, antes de seguirlo, le suplican que obre el milagro de sanar a una enferma, cuestión que el padre sabe ajena a él. Beatriz y Andara le siguen a todas partes, pregonando sus bondades o preguntándole cuestiones religiosas que no comprenden, pero sobre todo muestran una fuerte atracción física hacia ese padre inocente que siempre perdona y siempre acepta las desgracias con una resignación cercana al masoquismo. Luis Buñuel trasladó la ubicación geográfica del Nazarín escrito por Benito Pérez Galdós de un barrio madrileño al México donde vivía exiliado, cambio con el que demostró que la imposibilidad de encontrar la caridad se extendería por cualquier camino por donde deambulase Nazario, personaje que parece condenado a soportar penalidades, porque así se siente más próximo a la perfección que le exige su fe cristiana. Su intento de perfección se descubre en su deseo por vivir entre pobres, marginados o prostitutas, porque así emularía a su fuente de inspiración; sin embargo, la miseria, la insolidaridad, la ignorancia y el egoísmo que descubre por los caminos le plantean sus primeras dudas, llegando a cuestionar su fe y fracasando en su intento por encontrar en los demás aquello que predica. Nazarín expuso sin ambages su postura con respecto a la caridad cristiana, una cuestión que parece ausente en todos menos en el cura, pues nadie parece ser capaz de soportar una carga tan pesada; pero ni siquiera el padre es ajeno a las dudas y comprende que, incluso él, podría llegar a no perdonar a quienes le atacan de un modo irracional, descubriendo que la fuerza suprema que pretendía emular no se encuentra en la naturaleza humana. Dos años después, Luis Buñuel retomaría el tema de la imposibilidad de ejercer la caridad cristiana en la sensacional Viridiana.

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