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La vida en un hilo (1945)



El planteamiento realizado por Edgar Neville en La vida en un hilo muestra como los encuentros, las casualidades o las elecciones en apariencia triviales pueden cambiar el curso existencial. La historia de Mercedes (Conchita Montes) podría haber sido otra distinta, aunque ella no se plantea esta cuestión hasta que coincide, en el tren en el que viaja, con una desconocida (Julia Lajos) que se dedica a leer el pasado, pero no el pasado vivido sino uno hipotético que pudo haber sido y no fue como consecuencia de una elección que en su momento pasaría desapercibida. Las opciones que se toman plantean caminos diferentes para el devenir de los hechos, y esto lo descubre Mercedes cuando la mujer le recuerda que tiempo atrás, protegiéndose de la lluvia en la puerta de una floristería, rechazó la propuesta de un desconocido (Rafael Durán) que le ofreció compartir su taxi. Aquella negativa provocó que Mercedes aceptase el ofrecimiento de Ramón (Guillermo Marín), con quien se casaría a pesar de no encontrar en él nada que le llenase. Las decisiones forman parte de la realidad humano y, como tal, no se puede escapar de ellas, aunque esto no implica que sean o no correctas, ya que resulta complicado descubrir cuál ofrecería una existencia alternativa mejor a la real. Sin embargo Mercedes tiene la suerte o la desgracia de conocer el instante que la separó del camino de la felicidad, porque la vidente le descubre una posibilidad más rica y plena que la que le ha tocado vivir. La vida al lado de Miguel se muestra libre, divertida y ajena a los prejuicios que se observa en la realidad que comparte con Ramón, rodeada de personas carentes de cualquier actitud que colme sus inquietudes o gustos, atrapada en un mundo monótono, falto de buen gusto y repleto de prejuicios sociales. Para Mercedes comprobar, desde el pensamiento, que pudo alcanzar el verdadero amor implica saber que se ha equivocado, pero, ¿cómo podía saberlo en aquella tarde de lluvia? La vida es un hilo es una comedia, espléndida por cierto, y, como tal, podría ofrecer a Mercedes la oportunidad para reencontrase con ese desconocido que le habría entregado la parte de felicidad que ella misma rechazó inconscientemente cuando decidió casarse con Ramón. Edgar Neville realizó un análisis sobre la importancia de las decisiones ante casualidades aparentemente triviales, circunstancias que podrían presentarse en cualquier momento del día, y que a menudo se pasan por alto, sin detenerse a pensar en sus posibles consecuencias. Por otra parte, Neville aprovechó las dos vidas de Mercedes para exponer el comportamiento de sus personajes; en su realidad, Mercedes descubre a unos individuos anclados en un costumbrismo feroz que les impide vivir o comprender que existen otras posturas a parte de las suyas, lo cual también les impide mostrarse tolerantes con aquellos que no pertenezcan a su clase social. Por contra, se advierte en la vida hipotética, sencillez, humor y alegría, sin detenerse a juzgar los actos de aquellos que les rodean, porque la tolerancia domina en esa relación que no ha podido ser. No obstante, a parte de todo lo dicho, podría considerarse a Mercedes como la única responsable de haber vivido una existencia vacía, pues nadie la obligó a casarse con un hombre que, desde el principio, no le hacia sonreír ni sentir, hecho que se deduce de sus propias palabras, cuando recuerda sus primeros momentos al lado de Ramón. ¿Por qué aceptó compartir su vida con él? Mercedes se condenó a una prisión sabiendo que la opción que escogía no le llenaba, quizá porque la creyó única, inconsciente de que aquella tarde de lluvia se habían presentado dos opciones (aunque seguramente pudieron ser muchas más) que significaban dos existencias totalmente opuestas. Cada uno asume sus propias decisiones, y no por ello se debe culpar a ésta o a aquella de los fracasos o de los éxitos, ya que tras una decisión, llega la siguiente, y así hasta un número ilimitado de ellas, una cadena que permitiría un nuevo cambio de rumbo si se asume que en algún punto de la misma se ha  tomado una elección desafortunada... O bien se podría esperar (sentado a ser posible) a que el destino, personaje de suma importancia cuando se trata de casualidades y elecciones, ponga las cosas en su sitio.

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