Libertarias de cabaret
Por Antonio Pardines
Si miro la lista de títulos producidos por José Frade llego a la conclusión de que era un empresario en continua búsqueda del éxito de taquilla —lo cual no deja de ser el objetivo de cualquier productor que quiera hacer carrera dentro de una industria cinematográfica—, y que sabía que este consistía en la obviedad de llenar las salas de espectadores. Sin duda lo logró con La trastienda (Jorge Grau, 1976), que pasa por ser la primera película española con desnudo femenino integral —el de María José Cantudo—. Ese fue su mayor reclamo, y el punto y aparte que significó. Frade comprendía que vivía una época de transición, de contrarrepresión en la que el escándalo, el sexo y el chiste fácil, rayando lo chabacano, eran las mejores bazas para lograr el lleno. Pero en Un hombre llamado Flor de Otoño (1978) hay mucho más que superficialidad, hay una tragicomedia elaborada con una finalidad discursiva, mejor estructurada y de un humor que cae por lares distintos al anterior «landismo» o al «esteso-pajarismo» que fueron campos de batalla del productor —a quien también se debe la producción de otras excepcionalidades como Las bodas de Blanca (Fernando Regueiro, 1976)—. El humor que asoma en esta producción es más oscuro, tal vez porque remite al hombre atrapado tantas veces tratado por Rafael Azcona en sus guiones para Marco Ferreri y Luis García Berlanga, aunque aquí, la atrapada es una mujer cuyo imposible sería serlo en plenitud. Pero esa negrura también encaja en el cine de Pedro Olea, que fue el coguionista y el director de la película. La historia de Flor de Otoño (José Sacristán) se basa en la obra teatral de José María Rodríguez Méndez, quien, a su vez, se inspiró en hechos reales acontecidos en la Barcelona de la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), cuando el enfrentamiento entre anarquistas y pistoleros del Sindicato Libre —cuya misión era que continuase la opresión de los patronos sobre los obreros— se encuentra en uno de sus puntos álgidos.
Cada día, de once a dos, Flor de Otoño actúa en la sala Bataclán, pero justamente ahí es donde deja de actuar y puede ser ella misma, porque solo en ese espacio donde algún cliente le grita «¡maricona!» puede ser la mujer que la naturaleza metió dentro del cuerpo de Lluis. Abogado y niño bien, Lluis vive con su madre (Carmen Carbonell), a quien teme hacer sufrir si conoce la verdad. Es miembro de una familia burguesa catalana, pero se niega a entrar a trabajar en el negocio familiar, decantándose a la luz del día por la defensa de anarquistas encarcelados. De noche, transforma, pasa del gris diurno al colorido nocturno, canta, coquetea y planea golpes contra el sistema para poder ayudar a la causa libertaria. Sueña con ese día en el que llegue la libertad. La anhela porque la mujer que es, por fin, podría abandonar las sombras y los locales nocturnos donde también la sociedad difiere de la diurna. No solo Lluis miente, ya que la doble vida resulta común a la propia comunidad y a la dictadura misma. Por ello, no duda en asumir para él y sus dos inseparables amigos la tarea de acabar con el dictador, como si el matar a Miguel Primo de Rivera pusiera fin al régimen. En esta idea se muestra su ingenuidad, su deseo y su necesidad, quizás porque se aferra a que caída la dictadura llegará la libertad que a ella le permitirá liberarse. En ese punto de lucha armada, Un hombre llamado Flor de Otoño encuentra su antecedente inmediato en Operación Ogro (Gillo Pontecorvo, 1975), que detalla con minuciosidad las jornadas previas al atentado que acabó con Carrero Blanco; y respecto al vivir atrapado, Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1972) y La Corea (1976) aparte, en las que respectivamente se abordan el travestismo y la homosexualidad, hay ejemplos de sobra en el cine español de la época anterior y posterior a la muerte de la dictadura franquista y del dictador.

Comentarios
Publicar un comentario