Estática y estética
Por Antonio Pardines
Valoro la quietud como uno de los mayores tesoros que pueda poseer. La busco, la habito, mas no la que me dan hecha, la que pretenden imponerme. Eso no lo siento como quietud: lo interpreto como simulacro. La verdadera quietud me posibilita salir de la ruta asfaltada y aventurarme por sendas no marcadas, caminos envueltos en la bruma y salpicados de lugares donde, perdiéndome y anclándome en un tiempo humano propio, me encuentro o sueño encontrarme. La quietud es un tema recurrente a lo largo de la historia: la contemplación, la apariencia de que el tiempo no sucede, lo cual bien puede ser porque el tiempo existe en nosotros de diferente modo, según sintamos el momento, condicionados por lo que llevamos dentro y lo que encontramos fuera. Pero lo dibujado por Rita Azevedo Gomes en La portuguesa (A Portuguesa, 2018) no es quietud; es su presunción: la pose de quietud.
Las imágenes poseen una textura artificiosa ricamente elaborada, pero incapaz de evitar que me asalte la duda, transformada pronto en la certeza subjetiva de que no son un medio, sino el fin que la directora persigue. Su protagonista aspira a unificar lo estático y lo estético en un mismo instante. Lo logra, aunque la quietud alcanzada no me dispara el pensamiento, no me sitúa en un espacio emocional y racional fuera del tiempo, como sí lo consigue el realismo poético de Prévert-Carné en El muelle de las brumas (1938), Hotel del Norte (1938) o Al despertar el día (1939), el de Ingmar Bergman en Fresas salvajes (1957) o el de Stanley Kubrick en 2001: Una odisea del espacio (1968). Azevedo Gomes sitúa a su pausada heroína dentro de un marco, atrapada en un lienzo cinematográfico que desvela un mundo estático para ella, uno que enfatiza su aislamiento y la distancia con el caballero con quien se casa. Aquí, sobre el lienzo fílmico, quedan claras las diferencias entre ser mujer y hombre en la época de Reforma y Contrarreforma —alrededor del Concilio de Trento celebrado entre 1545 y 1563— en la que la cineasta portuguesa ubica su adaptación del cuento de Robert Musil que le inspira el argumento. Aunque la verdadera inspiración y aspiración de Rita Azevedo Gomes es pictórica: Jan Van Eyck, ¿Nuno Gonçalves?, Velázquez, la escuela holandesa, las pelirrojas de John Everett Millais…
Notable en la puesta en escena —sus pinceladas logran el objetivo de encerrar a los personajes en un espacio que alguien asumirá similar al de la época recreada—, valiente en su intención de congelar el tiempo para enfatizar la prisión donde su pelirroja heroína apenas puede ser más que el objeto central y colorista del cuadro, la directora tal vez tuviese en mente el estatismo de Manoel de Oliveira —tras el que percibo una burla contenida hacia la representación del propio tiempo— y la pintura viva de Serguéi Parayánov, que filmó cuadros vivientes para dar forma a El color de la granada (1968), cuyas imágenes, como vinos, sangran: sacan al exterior la sensibilidad de un realizador apurado por la necesidad vital de expresar un instante de quietud tras el que se observa la dolorosa (y casi mística) inquietud de un artista entre dos mundos que colisionan —el represivo soviético y el cultural armenio—. En todo caso, se nota el artificio, la pretensión y la aspiración a crear arte, aunque este no siempre se consigue por el mero empeño y deseo de alcanzar lo artístico. ¿Lo consigue La portuguesa? Es innegable que logra una estética, pero el arte es algo más que esteticismo y preciosismo, límites que tampoco siento que Peter Webber en La joven de la perla (2003) logre traspasar, pues se queda en un limbo insensible, en una textura fílmica que emula la del cuadro de Johannes Vermeer, pero que ni es pintura ni crea un espacio de quietud. El arte es mucho más que la pretensión de serlo del artista. ¿De qué valdría el Juicio final de Miguel Ángel si nadie hubiera para emocionarse en su contemplación, en esa quietud que escapa del tiempo físico y dispara mil sensaciones? Necesita que participe en él un observador que, a través de sus sentidos y su sensibilidad, dé la pincelada definitiva a la obra observada —cada quien, en posesión de una mirada propia, le da una exclusiva e intransferible—. En ese punto, cuando convergen la mirada y la estética y surgen en comunión o tormenta lo emocional y lo moral, podemos sentir que estamos viviendo una quietud artística. Considero el arte una vía para liberar —tanto al artista como sujeto ante la obra artística—, no para estancar las emociones y el pensamiento humanos. De no ser así, ¿para qué inventarlo? ¿Solo para el goce estético de la forma por la forma? Sin el espectador, el arte no desarrolla su finalidad comunicativa emocional, aquella que, más allá de la forma, lo hace único y a la vez universal.

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