Padecer la cordura
Por Antonio Pardines
Lo más sencillo para hablar de una película como En la boca del miedo (In the Mouth of Madness, 1994) sería empezar preguntando qué diferencia hay entre la locura y la cordura o qué pautas las establecen. En una escena, Linda Styles (Julie Carmen) ofrece una respuesta válida, que parece tomada de un ensayo de Susan Sontag, que tal vez sea la lectura que reposa sobre su mesilla de noche. Curioso, porque también está de día. Ella dice algo así como que será determinada por la mayoría. A lo que añado que si la costumbre dominante y excluyente es andar con guantes en los pies, y lo rechazado son los zapatos, quien lleve un par estará loco, aunque sea más cómodo el uso del calzado. Así queda establecido que lo aceptado es lo cuerdo, aunque resulte incómodo para los pinreles, y lo loco todo lo demás, por muy descansados que se lleven. Linda lo sabe, usa guantes de tacón plano y camina un paso por delante. En realidad, conoce mucho más de lo que dice, y eso que aparenta saber lo suficiente cuando se produce su encuentro con John Trent (Sam Neill), el alucinado detective que cuenta su experiencia al doctor Wrenn, el colega de Cable Hogue que acabaría persiguiendo la cruz de hierro. Eso sí que fue una locura, lo de Trent pasa por la terrorífica desventura que le ha llevado a ser el invitado de honor de un psiquiátrico. Desde allí, cuenta lo que vemos y escuchamos, inconscientes o conscientes de que estamos dentro de su trampa, de que estamos viendo los hechos en pasado. Habla desde la sala acolchada del manicomio donde le han encerrado. Al tiempo, lo hace desde la pantalla, pero, con su característico desenfado y su buen hacer, John Carpenter logra hacernos olvidar ese pequeño detalle.
Linda trabaja de lectora de manuscritos para una editorial dirigida por el segundo Ben-Hur, sí, aquel que viajó al planeta de los simios sin su rifle y descubrió que el Soylent Green era en exceso proteínico; lo cual, visto desde nuestra perspectiva actual, es aberrante. Y hablando de excesos, dicen que don Alonso enloqueció por leer más y más libros de caballería. Pero ¿y si su locura fue fruto de la cordura dominante? De aquella, la lectura no era lo más aceptado; claro que hoy tampoco. La picaresca, el catolicismo a practicar domingos y fiestas de guardar y el hambre eran lo cuerdo del siglo de Oro español. ¿Y hoy? ¿Qué nos hace llegar a la cordura?
Me pregunto cuántas mentes desde Platón, han sido las que ha hablado de realidad y ficción. ¿Y del ser y el aparentar? Resulta imposible precisar el número, pero sí se puede decir que la novela y el cine de ficción son medios que juegan a confundirlos en espacios que, por un instante, exigen complicidad para aceptar la representación como algo real. Lo cierto es que esto no sucede con demasiada frecuencia y nos quedamos en meros ejercicios de repetición y de combustión rápida, lo que se llama literatura o cine de consumo, tal como se presupone serán las novelas de terror de Sutter Cane, el misterioso escritor que antes viajaba en submarino y que ya supera a Stephen King como el número uno en ventas. Su última novela de terror, titulada En la boca del miedo, está a punto de salir al mercado, pero algo pasa y su lanzamiento se retrasa.
¿Qué sucede? ¿Nos hemos vuelto todos locos? La respuesta la conoceremos después del encierro del investigador cínico y pesimista o, al menos, lo aparenta. John no confía mucho en la especie humana, puede que los cientos de engaños que ha descubierto le hayan hecho como es. En todo caso, es descreído, un marginal, un escéptico que ha comprendido que los humanos intentamos obtener un beneficio propio mediante tretas tan patéticas que no puede más que sonreír. Son intentos que no le resultan complicados desenmascarar. Este es el héroe y víctima de Carpenter, que logra en En la boca del miedo abrir una carretera hacia un mundo de terror distinto, el reflejo exacto del literario de Cane. Solo que el detective se niega a creer que se encuentra en una realidad que suena a fantasía. Es su mente pragmática, aristotélica, la que se niega a dar crédito a lo que Linda, que le acompaña en su viaje a la cordura, ¿o era hacia la locura? comprende y le explica.
En alguna ocasión, Carpenter afirmó que hace cine para entretener, lo cual resalta a la vista. Lo hace muy bien, sin aparentes pretensiones, aunque las tenga, pues ya su nombre delante del título insinúa que la obra es suya. Pero, más allá de esa finalidad lúdica, introduce cuestiones que pueden invitar a la reflexión sobre el mundo en el que vivimos y, sobre todo, plantearnos cuáles son nuestros hábitos, rutinas y fantasías, y cómo afectan no solo a nuestro equilibrio, sino al del entorno. En esta película regresa al consumismo aceptado frente a la locura individual de resistirse, de no ser adicto a la práctica imperante, la que genera adicción. Y la ausencia de un nuevo superventas desata el mono de miles de lectores y espectadores de productos que apenas difieren unos de otros, como son esas novelas de Cane y las adaptaciones cinematográficas, que no se leen ni se ven, se habitan porque ya estamos atrapados, como si fuésemos un personaje en la Niebla de Unamuno.

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