Conforlandia, la tierra de las buenas tardes
Por Antonio Pardines
¿Me gustaría saber quién es verdaderamente original en sus aportes? ¿Newton? No. ¿Galileo? Tampoco. ¿Kant? Lo dudo, más si cabe al situarlo en su época, en el conflicto filosófico que se estaba dando. Todo conocimiento forma parte de una evolución e involución. Los de después toman de los de antes, aun sin saberlo. Y es así porque tanto nuestro pensamiento como nuestra realidad es limitada, de ahí que también lo sean las novedades, que, en su mayoría, no pasan de ser tecnológicas, pues los sentimientos, los miedos, las frustraciones y las aspiraciones humanas apenas han cambiado. ¿Y los tiempos? ¿Están cambiando como cantaba Dylan?
La tendencia que siguen los últimos años, más allá del particular de cada lugar, parece señalar que estamos viviendo en una Europa asustada de su vulnerabilidad, temerosa de perder su bienestar, y eso funciona muy bien como discurso para captar votos, sobre todo para las formaciones de los extremos, que los hay a ambos lados en constante pulso, que se aprovechan de ese miedo y de la creciente sensación de malestar (pérdida de comodidades ya asumidas como necesidades). Tal incomodidad se mitiga cuando comemos fuera de casa y se «tardea» tras una manifestación o contramanifestación esporádica y selectiva, pues, existiendo diversidad de casos hirientes, suele escogerse aquel que permita insistir en el discurso programado para recibir la respuesta esperada. Hay voces que a esas marchas previas a la cerveza del antes, al restaurante de comida rápida o de veinte estrellas, y al tardeo posterior las llaman solidaridad, ¿pero lo es? ¿Y a quién no le gusta sentirse ofendido y bueno a la vez? Lo ignoro, cada quien habrá de plantearse sus dudas y responder sus interrogantes.
Quienes parecen tenerlo claro son los extremos, que han visto su oportunidad y prometen de algún modo erradicar ese malestar que potencian a base de gestos de cercanía y de acusaciones a cualquiera que no sean ellos. Aprovechan las torpezas políticas y la casuística socioeconómica que apunta cambios. Pero es que siempre es cambiante, aunque también siempre habrá una minoría privilegiada, la masa trabajadora que la sostiene —a cambio hoy de la ilusión que le genera el consumo y el espejismo de estar hablando y que alguien les escucha—, descontentos que dialogan y airados que buscarán vengarse porque sienten que les están quitando lo que juzgan que les corresponde.
Toda Europa quiere comodidad, que es a lo que se aferra el europeo de a pie después de acostumbrarse al alienante y engañoso confort que nos ha convertido en privilegiados, aunque lo seamos de pacotilla, y en la imagen a la que aspiran los desfavorecidos. Pero siempre ha habido diferencias dentro de las fronteras europeas, ya no solo entre países considerados de primera, de segunda y de tercera, así como existen diferencias dentro de cada nación y entre el ayer —al que tantos se refieren para explicar el ahora— y el hoy. Además, el discurso de igualar tiempos y factores distintos no ayuda, genera más miedo y eso beneficia justamente a los extremos, que si bien difieren en ideología, tal vez lo hagan menos en sus métodos.
Hace unos días, un medio publicó la carta abierta de una mujer alemana que compartía su visión del extremismo que se está viviendo en una parte de su país. Exponía un análisis de lo que venía observando: el auge de la extrema derecha, y dejaba en el aire dos preguntas retóricas cuyas respuestas (las que da sin escribirlas) implicarían caer en un peligro igual o más grave. Se cuestiona «¿Cómo es posible que a estas alturas no haya estructuras eficaces para impedir el auge de movimientos, partidos y programas de extrema derecha? Y ¿por qué sigue habiendo un sistema que les permite prosperar?» Y como tantos habrán hecho antes —entre ellos, Karl Popper y mi vecino Juan, que me hizo hincapié en el tema— y otros supongo que harán después, yo me respondo que, a riesgo de lo que suceda, una democracia no puede prohibir ideologías, porque, de hacerlo, dónde poner el límite de quién entra y quién queda fuera. Esos interrogantes ya se están respondiendo cuando alguien decide imponer su perspectiva como la única válida, la única salvadora. Está sucediendo aquí y en otros lugares. Y quienes dicen defender la libertad, impidiendo las de otros, están cayendo no en una paradoja ni en una contradicción, sino en una de las características básicas del totalitarismo: prohibir las ideas que no encajen en su discurso y en sus intenciones. Ahí, los «malos» y los «buenos» se confunden, ya no se distinguen y generan dudas de quién es quién o de si son reflejos en el espejo.
¿Qué sucede cuando los considerados buenos —de los que dicen ninguna tolerancia a la intolerancia— impiden un acto de los que consideran malos? Da que pensar, cuando quienes asumen el absoluto ya no piensan. La prohibición de las ideas ajenas, aunque no gusten o las consideremos peligrosas, resta al demo y nos acerca a la autocracia, a la oligarquía y a que también las propias puedan ser prohibidas. Por ello, prohibir no es una opción real para mejorar y fortalecer la democracia. Aparte de no tener soluciones, no las vendo ni las compro, recupero una opción que habría que tener en cuenta, y que todavía no se ha puesto en práctica en ningún momento de la historia, porque no conviene a ninguna de las partes que en ella se enfrentan, sería abogar por la educación crítica del ciudadano, como ya insistía Herbert Marcuse en la década de 1960. Consciente de caer en una zona común, ¿por qué no, entre cerveza y cerveza, manifestarnos cada uno por nuestra propia educación también emocional, que no deja de exigir esfuerzo intelectual y de ser la responsabilidad cívica, social y personal de cada quien democrático? ¿Y por qué no exigir a los nuestros, en lugar de atacar al resto? Pasamos los fallos propios como virtudes, y los ajenos como fragmentos de apocalipsis. Pero no hay diálogo, que se supone la base fundamental de cualquier sistema democrático.
Hay otra cuestión que apunta el texto y que llamó mi atención; y en ese punto el ayer, el hoy y el mañana pueden ser reflejos. El texto que leí expresa que la mayoría de quienes aplauden a los nuevos profetas, en realidad, no lee ni sabe qué hay en los programas políticos de estos partidos extremistas —que están viviendo un momento de auge popular—. Y señala que no parece importarles. Un escéptico podría preguntarse ¿y quién los lee? Y un cínico o un elitista responder apenas nadie. Yo me decanto por decir que el populismo es más digerible que el pensar, dudar y preguntarse qué nos dicen. Sucede lo mismo que en La vida de Brian (The Life of Brian, Terry Jones, 1978), cuando el mesías a la fuerza de los Monthy Python se pasea por el mercado entre gentes que escuchan a diversos profetas que no entienden, pero, llegado el momento, no dudarían en vitorear o aplaudir. Esa ausencia de crítica es fundamental para los extremos, como también lo es la intolerancia —incluyo la disfrazada de tolerancia— y el fanatismo, de ahí la eficiencia de la radio y el cine en el pasado —Lenin, Primo de Rivera, Mussolini, Goebbels y su idolatrado Hitler lo tenían claro— y de la televisión e internet ahora.
El panorama no es novedoso; ¿es para asustarse o quizás lo pinten y construyan de tal manera para, precisamente, asustarnos y así, del miedo pasar al odio, y de ahí, el grito de terror y violencia, más que de indignación? Caemos en la incapacidad de la serenidad que permitiría un análisis menos visceral de la situación e incluso de uno mismo. Pinta la tendencia que siguen los últimos años, el de estar cayendo. Tal vez porque, cada cierto tiempo, el vaivén político se desequilibra y cae en los extremos o, dicho de otro modo, se reincide en tomar la vía rápida, la que pone el arreglo en manos de Pepes Gotera y Otilios, porque te venden la chapuza como inmediata, más barata, cómoda y cercana. ¿Quién tiene la receta milagrosa? Nadie y nadie dará con los ingredientes mágicos que nos lleve a la perfección social. Siempre existirá malestar en un lugar y en otro, lo cual no resta a que podamos salir de tardeo o despertar a nuestra realidad cercana, la única que, sospecho, podemos analizar como testigos y protagonistas. Lo contrario sería vivir en Utopía, es decir, en la ilusión y en la mentira.
Nota:
La carta de la periodista Carolin Würfel aparece publicada y traducida al castellano en «El Diario», en la edición del 18 de septiembre de 2026.
Imagen: Entrada al parque de Bonaval (antiguo cementerio), Santiago de Compostela, 17 de septiembre de 2026.

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