En cine, dudo que haya habido mejor exhibicionista y mirón que Alfred Hitchcock, que era capaz de atrapar al público en la intimidad de personajes también atrapados en excepcionalidades que les liberan de la tediosa y represiva prisión de rutina que apunta en la pantalla o la insinúa, que todavía funciona mejor, pero de las que los saca para divertirse y divertirnos, aunque su idea de diversión sea la de hacer sufrir a sus héroes y heroínas y jugar con nosotros, y así llevarlos y llevarnos al límite. Para Hitchcock, todos somos mirones que niegan serlo, pero que se sientan en la sala, miran la pantalla, cual ventana indiscreta al mundo de otros, y observan vidas ajenas porque las suyas son más aburridas o les falta algo. ¿Quién no ha querido ser el heroico e inexistente George Kaplan o uno de los pájaros que se rebelan sin necesidad de un por qué ni un para qué? En ambos casos, ¿no se liberan?… Una prisión similar, pero más forzadamente pretenciosa, pedante y aburrida, que asume riesgos y ruptura con el orden, abre la filmografía de largometrajes de Chantal Akerman, cuyo primer largo, Yo, tú, él y ella (Je, tu, il, elle, 1974), propone un ejercicio de exhibicionismo vouyerístico que, como mirón, me lleva a la pregunta ¿para qué observar a esa mujer que durante el primer tercio de metraje se encuentra encerrada en planos fijos que pretenden desnudar de todo artificio su estado, pero consciente de crear un efecto artificial contrario? ¿Qué sucede? ¿Le falta azúcar? ¿Una contradicción? ¿Un desafío? ¿La afirmación de alguien que llega para decir aquí estoy y mi discurso es este, y es innegociable? Akerman desnuda a su principal personaje y también lo intenta simbólicamente cuando fuerza su pensamiento en la escritura de cartas, pero la mujer, el yo del titulo, personaje asumido por la propia directora, no piensa para sí, sino para su público, el mirón y destinatario de la correspondencia, ni por sí, pues por ella piensa Akerman y su guion, digamos que el tú del título, aunque sea el “yo” creativo…
Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...



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