Fragmentos de nada: Una de piratas
Por Antonio Pardines
Al alba, el bajel pirata abandonó el puerto de Barcelona y se adentraba en las aguas mediterráneas en las que no muchas jornadas después avistaría una nave genovesa. «La fortuna nos acompaña», pensó el capitán, pues no estaban muy lejos de su litoral y superaban en armas aquel velero comercial de cuya captura podrían darse a la buena vida durante los siguientes meses. El viento y la superioridad de su velamen jugaba a su favor. Contaba con un buen barco y con una tripulación curtida en no menos de una docena de batallas, al servicio de la corona y al propio. La lucha fue dispar, y los corsarios catalanes no tardaron en abordar el barco italiano en el que se ocultaba un tesoro que los depredadores marítimos no supieron valorar en su justa medida. Y no lo supieron porque se trataba de un códice latino escrito a mano, que alguien había titulado Sancti Aurelii Augustini Confessionum libri tredecim. Pero más allá de este galimatías en lengua extraña, que solo dos o tres tripulantes supieron leer, la tripulación se frotaba las manos pensando en el resto de la mercancía robada.
El volumen, imagino pesado y de tapas de piel de vaca ya ajada, aunque todavía suave al tacto de quien se detuviese a acariciarlas, llegó a puerto junto con el resto del botín y, tal como sucedió con las telas y los diversos objetos, salvo aquellas piezas del agrado de la oficialidad pirata, fue subastado allí mismo, supongo, en el puerto barcelonés bajo la atenta mirada de algún espía o confidente real. Pues el rey aragonés Alfonso V el Magnánimo, que ignoro si lo era, como también ignoro si Casto fue el segundo Alfonso asturiano, no tardó en conocer que allí había un ejemplar que le podría interesar y entrar a formar parte de su majestuosa biblioteca.
El monarca, bibliófilo empedernido, ordenó pujar por el libro. «¡Diez ducados!», alzó la voz su enviado para superar la oferta precedente. «A la de una, a la de dos, a la de tres». «Adjudicado», dudo que dijesen en aquel momento de bullicio y griterío portuario del siglo XV, más la expresión me vale para confirmar que el monarca se hizo con aquel volumen que relataba las confesiones de Agustín de Hipona. Era un tomo compuesto por trece libros en los que el filósofo africano del siglo IV hablaba de su infancia, de su crisis existencial, de su conversión al cristianismo. Pero, sobre todo, en los libros del X al XIII hacía una de las grandes reflexiones de la historia sobre la memoria, el tiempo y la eternidad. Esa capacidad para romper el molde es, junto a la piratería que lo puso en manos de aquel monarca de biblioteca, no sé si bueno, malo o feo, la que permite que el teólogo de Hipona llegue literario y filosófico hasta nuestros días. Además, su texto nos sirve de puente entre el estoico romano Marco Aurelio y el ya cristiano Boecio —con su Consuelo de la Filosofía—, dotando de transición a la historia de la filosofía romana de la que partiría el Medioevo, pues el propio Agustín estaba siendo testigo del final de una época y del comienzo de otra, lo cual le generaría parte del conflicto que le acompañó durante los años de reflexión, contradicciones y escritura de sus Confesiones.
Imagen de cabecera: Roma, Lateran, Capella Sancta Sanctorum, Fresco de Agustín (pintado entre los años 550 y 600). Anónimo. Dominio público.

Comentarios
Publicar un comentario