Edad de Purgas (Una de tantas)
Por Antonio Pardines
Una de las mejores películas, si no la mejor, que abordan la lógica estalinista, la que no solo declaraba culpable de traicionar a la Revolución a un individuo, sino a millones, es La confesión (L’aveu, 1970), que de nuevo reunía, tras la seminal y contundente Z (1969), a un trío impagable en lo que se dio en llamar cine político: Costa-Gavras, al frente del proyecto, Jorge Semprún —cuyas experiencias y desengaño le llevaron de creyente comunista a descreído—, en la escritura de la adaptación del libro (homónimo) testimonial de Artur London —uno de los tres supervivientes del Proceso Slánsky—, e Yves Montand, quien dio vida a Gérard, trasunto del autor del libro, camarada de Josef Frank, compañero de presidio de Semprún en Buchenwald y condenado a muerte por los estalinistas checos durante el Juicio Slánsky, farsa desarrollada entre el 20 y el 27 de noviembre de 1952 que acabó con el ahorcamiento de once de los catorce altos cargos del Partido Comunista Checoslovaco arrestados. Al prestigioso trío se les uniría la no menos reconocida Simone Signoret en el papel de Lisa, la esposa del político —viceministro de asuntos exteriores— que las fuerzas del Estado detienen, incomunican y torturan para obtener la confesión de traición al partido, que lo es todo. Así lo asumen y repiten que el Partido (con mayúscula) nunca se equivoca, es un dogma de fe que nadie osa poner en duda. Ni siquiera los presos políticos como Gérard, al menos en su desorientación al verse sometido a un proceso que bien supera las etiquetas de kafkiano, dantesco y orwelliano. De querer encasillar este tipo de situaciones, mejor sería llamarlo directamente «estalinista».
«Pero, confesar, ¿qué?», es la duda que persigue al detenido, que se pregunta y no logra responderse, pues resulta complejo hacerlo, y tal vez aceptar que en algún momento él estuvo al otro lado. En todo caso, no hay una respuesta sencilla para explicar su detención. La única respuesta que sus torturadores aceptan es lo que el Partido diga. La confesión no se anda con chiquitas, ni enreda para relatar el vía crucis de Gérard. Se decanta por la precisión, por abandonar cualquier adorno y sentimentalismo barato. No precisa dar carantoñas al espectador, sino la bofetada que implica caer en la realidad que nos desvela. Costa-Gavras inicia su película mostrando el temor y la sospecha que siente el protagonista, al verse seguido por varios hombres que sabe de la policía secreta.
Teme no por ser culpable, sino por ser inocente y haber luchado en la Guerra Civil Española, puesto que muchos de los camaradas que combatieron han sido purgados —un ejemplo sería Mijail Koltsov, quien fue enviado por Stalin a España en 1936 y en 1937 sacado de allí para ser «ausencia y ya olvido»— o lo están siendo en ese año anterior a la muerte de Koba, el Dios-emperador. Pero no quiere creer que, de un día para otro, él pueda ser uno más de los declarados traidores. Los primeros minutos, vive entre esos dos puntos: el miedo y la negación. Algo similar le sucede a Lisa, quien asume que se trata de una equivocación hasta que descubre cómo el sistema que le asegura que todo se arreglará y que confíe, le da la espalda.
La detención de Gérard no deja de ser un secuestro. Lo conducen con los ojos tapados a una prisión donde se le despoja del nombre, de la afiliación, de su humanidad. Allí le gritan que es un número y se le acusa de trotskista y de mantener tratos con espías extranjeros, acusación similar a la recibida por el personaje central del libro El cero y el infinito (1940), en el que Arthur Koestler hace uno de los grandes retratos literarios (desde la ficción) de ese sistema frío y calculador, letal. Otros referentes, sin duda, son El maestro y Margarita (1928-1940), de Mijaíl Bulgákov, y Todo fluye (1955-1963), de Vassili Grossman. Y ya si entramos propiamente en terreno del Gulag, aparecen Evgenia Ginzburg, Alexandr Solzhenitsyn o Varlam Shalámov entre las grandes voces que relataron la terrible, aplastante y criminal lógica estalinista.
La idea de adelantarse a cuanto hiciese peligrar su visión del mundo soviético, la URSS y sus países satélites, regía parte del pensamiento de Stalin, que practicaba la política de prevenir antes de curar, aunque no hubiese ningún signo de enfermedad ni de que esta pudiese darse en algún momento. Pero él purgaba y ordenaba purgar, convertía al partido y al propio país y a los de su radio de influencia —los que formaban el llamado por los británicos y estadounidenses «el telón de acero»— en cuna de purgadores, delatores y torturadores que también serían víctimas; pues cabe recordar que la mayoría de estos verdugos —marionetas que cumplían sin rechistar, algunas por medrar dentro del sistema y otras temerosas de que el incumplimiento o la voz disonante conllevase represalias— acababan corriendo la misma suerte que la de sus víctimas.

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