Lógica aplastante
Por Antonio Pardines
Una lógica aplastante fue la empleada por Stalin para crear su nuevo mundo, donde no tenían cabida ni los viejos campesinos —había que expropiarles las tierras y el grano, la idea de modernizar el país así lo exigía—, ni la vieja guardia revolucionaria ni los intelectuales que el Número Uno —tal como se refiere a él Arthur Koestler en su novela El cero y el infinito (1940)— vería como una amenaza. No se trataba de un loco, sino de un estadista matemático obsesionado con su cuadratura del círculo y la posibilidad de que se la impidiesen llevar a cabo. ¿Eso lo asustaba? ¿Por eso temía a opositores como Trotsky y a los amigos como Bujarin, también a los artistas y a los veteranos oficiales del Ejército Rojo? Ante preguntas así, solo me cabe reconocer que las respuestas siempre son complejas e incompletas, a menudo equivocadas y no siempre satisfactorias. Pero diré que no le provocaban el pánico que sí se desató en él cuando escuchó la noticia de que sus aliados alemanes habían atravesado las fronteras soviéticas y avanzaban quizás pensando que triunfarían allí donde a Napoleón se le enfriaron los dedos de los pies y otras partes de su anatomía. Pero le generaban miedo y esta sensación tal vez fue la que extremó su ya de por sí natural desconfianza e inició una depuración total que ni siquiera Hitler habría soñado en sus criminales desvaríos de grandeza.
El antiguo seminarista georgiano, ladrón revolucionario en tiempos del zar, también era un arribista que, aparte de no confiar en nadie, sabía manejarse en las sombras. De otro modo, no se explica su ascenso a las altas esferas de poder cuando ya la Revolución había triunfado. Eran los tiempos de Lenin, cuando el antiguo Imperio de los zares se transformó en un estado de terror revolucionario que difería del jacobino. Ya entonces, se había borrado cualquier señal de romanticismo. Era el triunfo de la primera Revolución matemática.
Poco a poco, a quien sus compañeros revolucionarios conocían como Koba, alcanzó mayor presencia hasta que, hacia finales de la década de 1920, ya no le quedaban apenas rivales para el poder absoluto. Y una vez logrado, no lo soltaría; de lo aferrado que estaba a él, ni siquiera aquella madrugada de 1953 en la que sufrió el colapso que, sin atención médica durante horas, acabó con su presunción de ser de acero. No, no lo era. Era destructible: nadie ni nada escapa a la muerte. Tampoco su sistema estalinista, el cual, aunque terriblemente duro y matemático, terminó por derrumbarse tras el fallecimiento del Temible. Otros lo sustituirían, pero formaron parte de otra historia: la del deshielo y su inmediata nueva congelación.
Décadas atrás, cuando la Revolución de 1917, que, como todas las anteriores y las posteriores, llegaba cargada de promesas, Lenin era el Dios a venerar, incluso Stalin parecía adorarlo en términos religiosos. Pero el leninismo no tardó en demostrar que las intenciones y las palabras diferían de los hechos. Solo que estos podían manejarse, ocultarse, inventarse, venderse como otra cosa. Así, pronto se cayó en un estado de opresión, represión y eliminación, pero fue Stalin quien lo llevó a un grado superlativo cuando alcanzó el poder e inició sus planes quinquenales. Para él, había que borrar de la faz de la tierra la economía agrícola y transformar la Unión Soviética en una sociedad moderna e industrializada. Su modelo a seguir fue Estados Unidos. Esa era su obsesión, pero no su devoción. Esta la guardaba para sí mismo. Y cuánto no cuadrase en su utopía estalinista habría de ser eliminado. No cabía en su mente la posibilidad de llevar la revolución a todo el mundo, tal como proclamaba Trotsky, no podía filosofar con la libertad del pueblo, no confiaba lo más mínimo en que supiesen manejarse, de ahí su manía de hacerse ver como un padrecito —mucho más letal y menos cómico que Cantinflas— y, aunque ateo, le gustaba ser tratado y adorado como un Dios: «La teoría revolucionaria se había fijado en un culto dogmático con catecismo simplificado y fácil de asimilar, con el Número Uno como sumo sacerdote pronunciando la misa filosófica». (1) Nunca antes se había dado un culto al Uno tan terrorífico, ni siquiera con el rey Sol; aunque tal vez sí se produjese en su alma gemela al otro lado del espectro político, aunque aquella era más visceral. Una de las diferencias entre Hitler y Stalin, aparte de las aparentes, consistía en que el segundo sabía lo que hacía con su reinado de terror. Se trataba de un movimiento matemático. El del austriaco-alemán era sintomático, e inicialmente le salió bien porque se había abonado el terreno y subestimaron su egolatría, sin olvidar el consentimiento de las potencias europeas, temerosas del comunismo y del zar rojo. Finalmente, tal como señala Bertrand Russell en su Historia de la Filosofía Occidental, el estalinismo y el nacional socialismo fueron las consecuencias extremas de los dos pensamientos representados por Voltaire y Rousseau en el Siglo de las Luces.
Hubo varios momentos que quedaron para la historia. Los procesos de Moscú, que incluso se dieron en la Barcelona de 1937, cuando se inició la cacería de supuestos trotskistas (los miembros del POUM) en aquel mayo descrito por George Orwell en su Homenaje a Cataluña, obedecían a la gran purga iniciada por Stalin, convencido de borrar la Historia para crear una nueva. La limpieza criminal continuaba su marcha. Personajes de la importancia de Bujarin, Isaak Bábel, Vsévolod Meyerhold o Mijaíl Koltsov serían depurados; dicho sin florituras: ejecutados porque sus muertes redundaban en beneficio de la lógica de Stalin. Pero dicha lógica no justifica el crimen, que no fue el de los miles de acusados —delatados y juzgados por otros que, a su vez, serían delatados y juzgados—, sino el del propio Estado y Partido. Esto es lo que Arthur Koestler expone en su novela El cero y el infinito, escrita después de que el escritor y periodista fuese hecho prisionero en Málaga, en febrero de 1937, cuando las fuerzas fascistas italianas que apoyaban a Franco durante la Guerra Civil Española entraron en la ciudad. Lo curioso es que Koestler estaba cubriendo la guerra para el New Chronicle, un periódico de un país neutral, pero se le acusó de infiltrado y fue condenado a muerte, quizás la inteligencia y las autoridades rebeldes conociesen su pasado comunista. Y solo gracias a la intervención del Foreign Office, pudo salvar la vida. (2) El mundo estaba al borde del caos y ahí, en la tempestad desatada por fuerzas humanas incontrolables e imprevisibles, la lógica ya es otra.
Notas
(1) Arthur Koestler: El cero y el infinito (traducción de Eugenia Serrano Balanyà). DeBolsillo, Barcelona, 2013.
(2) De esa situación de Koestler habla Daniel Arasa en su libro De Hemingway a Barzini. Corresponsables extranjeros en la Guerra Civil. Editorial Stella Maris, Barcelona, 2016.

Comentarios
Publicar un comentario