Días de familia
Por Antonio Pardines
El hogar y la familia han sido temas recurrentes en el cine desde los albores del medio. Se han tratado en pantalla desde la comedia hasta el terror, pasando por el melodrama y otros géneros como la ciencia ficción y el western. Lo que queda claro es la importancia que la sociedad concede a ambos, lo cual es totalmente explicable porque somos sociedades sedentarias y estas se componen de núcleos familiares —aunque desde un tiempo a esta parte de carácter nuclear—, que sería algo así como el primer grupo social, aquel que derivaría en el clan y sucesivas etapas evolutivas que nos han traído hasta aquí.
Antes de la revolución industrial, la familia estaba formada por varias generaciones, desde los abuelos hasta los nietos, formando un grupo numeroso que se acogía a la autoridad del patriarca; pero los nuevos tiempos redujeron el número de miembros, pasando a la familia nuclear y, posteriormente, a la monoparental, aquella que hace unas décadas sería la comidilla del pueblo y que Chaplin ya luce en El chico (The Kid, 1921). Pero también puede resultar una carga y numerosas ataduras que impidan liberarse, circunstancia que puede dar pie a la comedia o al drama, incluso a ambas.
Pero Un optimista en vacaciones (Mr. Hobbs Takes a Vacation, 1962) pretende ser exclusivamente cómica, ni satírica ni irónica, y apuesta por una sucesión de situaciones que saquen la sonrisa a un público que se sentiría cómodo observando al señor Hobbs (James Stewart) yendo a donde no quiere ir, pues a él solo le gustaría pasar su descanso en compañía íntima de su mujer (Maureen O’Hara). Pero este empleado de banca, prototipo del estadounidense medio, nos descubre en su oficina, a la vuelta de vacaciones, que está al borde del colapso. Esa es la apariencia que pretenden darle el guionista Nunnally Johnson y Henry Koster al personaje, el mismo que se encarga de redactar a su secretaria la carta de suicidio en la que explica su traumática experiencia, la cual no resulta tanto. Más bien desvela lo contrario.
Un optimista en vacaciones encaja a la perfección dentro del conformismo cinematográfico, de estándar de comicidad amable y bienintencionada, que si bien se inicia como una crítica al núcleo familiar en el que este buen hombre parece no pintar nada, desvela todo lo contrario. Pero tiene un momento que llamó mi atención; sucede cuando Susan, una de las hijas casadas del matrimonio, censura a su padre, quien en ese instante está reprendiendo a su nieto. Ella sale en defensa del hijo, tergiversa las teorías educativas del filósofo John Dewey y las emplea para defender su intervención: «Según la psicología moderna hay que dejarles hacer lo que quieran, que si no les puede producir una neurosis».
Curioso por varios motivos. El primero, que hayamos llegado hasta ese momento de 1962 sin ayuda de la psicología y malinterpretando a todo filósofo viviente y «muriente». Y segundo, que las voces que claman en la actualidad contra la educación actual piensan que ese consentimiento total al que se entregan los padres de nuestros días es de hoy, cuando ya tiene bastante más de medio siglo. Lo que pasa es que en países como España se toma como modelo lo anglosajón, desperdiciando lo propio y potenciando lo que no funciona en otros lugares. Pero, triste o alegre consuelo, no fuimos (ni somos) los únicos en admirar e imitar lo estadounidense. El ejemplo de Jacques Tati —que tuvo sus brillantes vacaciones como Hulot— en Dia de fiesta (Jour de fête, 1949) satiriza el reparto de correo a la americana; y el de Steno en Un americano en Roma (Un americano a Roma, 1954), donde lo estadounidense se impone en el personaje de Alberto Sordi, totalmente colonizado por los productos y mitos llegados del país de Al Capone, Wyatt Earp, Calamity Jane y Joe DiMaggio. Y también me resulta curioso porque Susan se adelanta a muchos medios actuales que introducen sus contenidos llamando la atención del lector con un «la psicología dice». Pues que diga lo que quiera, ya se desdecirá como ha hecho antes y hará después.

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