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El imperio del sol (1987)



El expansionismo japonés se inició años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuando las tropas imperiales ocuparon parte de China, país donde hasta entonces miles de europeos disfrutaban de una vida acomodada, ajena a los problemas que afectaban al espacio donde se habían afincado y dominado. Estos occidentales, muchos de los cuales eran súbditos británicos, continuaban viviendo según las costumbres del país que habían dejado atrás, sin mostrar especial interés por un conflicto que no creían suyo, pero que no tardaría en afectar sus vidas, cuando las tropas imperialistas japonesas tomaron ciudades como Shanghai y los convirtieron en prisioneros de Guerra. En 
El imperio del sol (Empire of the Sun, 1987) Steven Spielberg, como hicieron ese mismo año John Boorman en Esperanza y Gloria y Louis Malle en Adiós, muchachos, optó por mostrar el conflicto bélico desde los ojos de un niño que poco a poco pierde una inocencia que hasta entonces habían protegido sus padres dentro de un entorno de opulencia e irrealidad. Jim (Christian Bale) se separa accidentalmente de sus padres entre la multitud custodiada por los soldados, siendo enviado a un campo de prisioneros cercano a un aeródromo donde pasará la mayor parte de la contienda; allí tendrá la ocasión de dar rienda suelta a su pasión por los aviones y a su admiración por los pilotos japoneses, al tiempo que crea alrededor de la figura de Basie (John Malkovich) la imagen del héroe en quien desearía convertirse, sin embargo éste no sería más que un pirata que solo mira para sí mismo sin preocuparse por el dolor y la miseria que se acumula a su alrededor. La relación entre Jim y Basie se descubre cercana a la surgida entre otro Jim, Hawkins, y otro pirata, Long John Silver, y como en aquella extraña amistad se observa que el muchacho aprecia (admira) a un hombre que inicialmente le adula para utilizarle, pero en quien nace un sentimiento positivo hacia el pequeño, no obstante, no puede cambiar su naturaleza ruin y se fuga sin avisar a un muchacho que no tarda en comprender la verdadera magnitud del hambre, la enfermedad, la guerra y la muerte. La alegría y la emoción que se descubría en su constante correteo por el campo, ayudando aquí y allá o saludando a los pilotos, cambia de manera radical hacia el final de la película, cuando reconoce que apenas se acuerda de sus padres y asimila el verdadero significado de la carestía, la muerte y el sinsentido que roba la inocencia, las esperanzas y las vidas de quienes lo sufren.

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