Ir al contenido principal

Aguas oscuras (2019)


Es inevitable, todos somos cómplices de algo. Incluso quienes lo niegan, o quienes no son conscientes de serlo, lo son. Hay diversidad o distintos tipos de complicidad; hay para todos los gustos, dulce o amarga, amistosa, pasional, criminal o hiriente, y Todd Haynes no se atreve a profundizar en varias de las que señala. Al cineasta no le interesa adentrarse por aguas pantanosas y navegar sus corrientes ocultas, sus zonas grises, aunque dicha navegación resultase tan interesante o estimulante como la investigación y lucha que plantea la cara visible de Aguas oscuras (Dark Waters, 2019). Basada en el reportaje de Nathaniel Rich The Lawyer Who Became DuPont’s Worst Nightmare, publicado en The New York Times magazine, Haynes recrea el enfrentamiento desigual y real entre el individuo corriente y la gran corporación de turno. Sus fuerzas litigan en la pantalla por enésima vez, pienso en los anónimos de El dilema (The Insider; Michael Mann, 1999) y Erin Brokovich (Steven Soderbergh, 2000) enfrentados a las tabacaleras y a una poderosa compañía eléctrica. Pero, más interesante que los pasos dados por el protagonista del film de Haynes, me resulta lo apuntado al inicio. El realizador lo muestra en un par de momentos, cuando Tennant (Bill Camp), el denunciante de la contaminación de las aguas que bañan sus tierras, ve que algo ha cambiado en su cotidianidad. Lee el periódico y descubre el por qué. El titular explica que un granjero de la localidad, él, ha demandado al mayor empleador del lugar, una planta química de DuPont. Ese instante apunta insolidaridad ciudadana y falta de conciencia ecológica y social, aunque, en realidad, habla de un tipo de complicidad. En una sociedad de consumo, ¿quién está dispuesto a poner en riesgo su trabajo y su bienestar económico? Nadie quiere perder su empleo, ni su seguridad inmediata, y miran hacia otro lado, por lo que ven en la actitud de Tennant una amenaza para el orden y la comodidad de la comunidad. En ese primer momento, a los vecinos no les importa la contaminación ni sus consecuencias a corto y a largo plazo. Solo al granjero parece importarle que una gran compañía química vierta residuos en las aguas del arroyo, pero, de no verse afectado (en su bolsillo, en su ganado y posteriormente en su salud), ¿habría acudido a Rob Bilott (Mark Ruffalo)?

Haynes desarrolla la historia de este abogado que trabaja en un prestigioso bufete de Cincinnati, que asume el caso de Tennant y demanda a la gigante química. Los años pasan, desde 1998 a 2012, más de una década en la que el protagonista batalla por destapar la negligencia de una empresa que lleva cuarenta años contaminando con sus residuos y sus productos de C8. Pero Rob no pelea contra una gigante industrial, también se enfrenta al silencio de un sistema que no protege a los individuos, posibles víctimas o ya afectados, protege al sistema. Esta es la lección que aprende el abogado interpretado por Mark Ruffalo de sus años enfrentados a DuPont, más de una década que le lleva a la comprensión de que los individuos deben aprender a vivir desprotegidos y a lidiar con su indefensión con los pocos recursos de los que disponga. Eso hace Rob, y se entrega a la causa de Tennant porque la asume como su deber moral. Relega cualquier otro aspecto de su vida a un plano secundario y batalla por llevar adelante la denuncia, que señala más de cuarenta años de engaño por parte de una industria que contamina consciente del riesgo que los vertidos implican para la salud de la ciudadanía del área de Virginia Occidental donde el granjero tiene sus tierras.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Sucker Punch (2010)

Una alternativa de la realidad Por Antonio Pardines Una de las ideas expuestas por Zach Snyder en Sucker Punch (2010) nos dice que la libertad se genera y se alcanza en la mente, pero el realizador no profundiza en aquello que insinúa y se recrea en el artificio audiovisual que solapa la idea central del film. Condicionada por aquello que el pensamiento fantasea y modifica según los conocimientos adquiridos, la imaginación es la vía de acceso al estado idealizado por la protagonista, un estado para ella real y que plantea interrogantes como ¿qué es fantasía y qué es realidad? ¿Dónde empieza la una y termina la otra? ¿O quién las delimita? Para Baby Doll ( Emily Browning ) la realidad es el gris encierro que sufre antes y durante su estancia en el centro psiquiátrico que su mente transforma en el colorido físico y musical donde sumerge su mente para alcanzar la libertad. Tanto en el espacio opresivo donde vive su encierro como en aquel otro que ella transforma en fantasía prima el bar...

Honor de cavalleria (2006)

Hay que ser quijotesco para pretender trasladar a la pantalla el clásico universal escrito por Miguel De Cervantes , pero, quizá, resulta más quijotesco tomar a sus dos personajes principales y realizar o filmar fragmentos de su monotonía, fragmentos que se unen y que, en su sucesión, establecen la conexión entre la naturaleza y el ser humano, fragmentos que captan vida, comedia y drama (así los interpreto), fragmentos en los que parece no suceder nada, y sin embargo sucede la no aventura, los tiempos muertos y, para quien conecte con ellos (supongo que seremos minoría), estos entretienen. Albert Serra  crea sus propios Quijote ( Lluís Carbó ) y Sancho ( Lluís Serrat ) y los ubica en un espacio abierto natural, rodeados de sonidos, de iluminación natural, golpeados por el viento o refrescando sus cuerpos en corrientes fluviales. Son dos personajes silenciosos, prácticamente los únicos que asoman en las imágenes en las que Sancho guarda silencio mientras escucha como el caba...

Posición avanzada (1965)

Como narrador cinematográfico, Pedro Lazaga era muy bueno; el mejor ejemplo bien podría ser Cuerda de presos (1955), su película preferida, pero un fracaso comercial que le decantó hacia un tipo de cine de consumo fácil. Otro cantar es si aprovechó o desaprovechó su talento en películas y temas que, en su mayoría, estaban destinados a todos los públicos, es decir, a no tener el menor encontronazo con la censura y a hacer buenas taquillas. No era una cuestión de ego ni de política, carecía de las pretensiones de renovar el cine español que podrían encontrarse en un tipo Portabella o Saura, o ideológicas a lo Bardem. Tampoco perseguía un humorismo combativo y berlanguiano ni la suya era la pronunciada personalidad cinematográfica de un Regueiro, por no insistir en que Buñuel solo hubo uno y ese grandísimo “uno” rodó casi toda su filmografía fuera de España. Menos aún pretendía pasar por “autor”. Pero autor ¿de qué?, en una cinematografía controlada por la censura y, como cualquier otra, ...