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Detective con rubia (1965)

Detective con rubia (y con niñera) Por Antonio Pardines Una fumata inesperada durante la traducción de The Alphabet Murders  precipitó que en España se alucinase y estrenase bajo el título Un detective con rubia , cuando la «traducción serena y literal» sería un detective con niñera ingenua y algo torpe con cara y cuerpo de Robert Morley. En realidad, la rubia es la sospechosa después de su baño en la Fontana di Trevi bajo la atenta mirada de Marcello y Federico. Aquí no resulta tan impactante, puesto que no va de diva, sino de posible asesina del abecedario. Frank Tashlin realiza una parodia del relato de Agatha Christie «El misterio de la guía de ferrocarriles», y también de su infalible detective Poirot, en este film con rubia interpretado por Tony Randall. El actor representa un sabueso vanidoso, engreído, pedante, esnob, de lo más insoportable, aunque ya no por infalible o por Miss Marple —que asoma en la pantalla con su habitual disfraz de Margaret Rutherford para hacernos u...

Yo, Viernes (1975)

En una idílica, satírica y antes desértica isla en el Pacífico   Por Antonio Pardines Los Años Setenta (siglo XX) trajeron consigo un cambio de paradigma en el cine (y la sociedad) estadounidense. No era una sorpresa, sino el paso lógico a lo anunciado en el inestable decenio anterior durante el cual los movimientos pro derechos civiles se dispararon y llevaron a la sociedad estadounidense a un punto límite, tal vez también de inflexión. Los indios, por entonces apenas una minoría en peligro de extinción, dejaban de ser los malos de la función —no sucedió lo mismo con los mexicanos, a quienes todavía se veía como el vecino inferior al que contratar para los campos o los hogares— y los negros ya no asomaban en la pantalla como meras comparsas a quienes ofrecer rasgos infantiles y bobalicones. Habían adquirido el protagonismo que se les había negado desde que Hollywood era Hollywood. En el nuevo Hollywood tendrían su lugar en la cumbre estrellas como Sidney Poitier, figura fundamenta...

Quién pudiera vivir en un barril

Quién pudiera vivir dentro de un barril Por Antonio Pardines Érase una vez un hombre que tenía una tinaja de barro por hogar, mas no la empleaba para ahogarse en vino y, ya a medio volumen consumido, emborracharse lo suficiente para no tener que mirar el mundo al que pertenecía; del cual sabía que formaba parte responsable e irresponsable. Vivía dentro del tonel porque no podía escapar del barro, no quería hacerlo, puesto que comprendía y asumía que el fango salpicaba a todos.  El barrilero sentía su mundo, su sociedad, su suciedad, y pretendía señalar algunos de sus fallos (o los que él consideraba como tal). A un hombre así le llamaron cínico, aunque no solo a él, pues ya antes hubo otro que, llamado Antístenes, quiso despojarse de bienes materiales y fundó el cinismo. Después llegaron más, incluso Billy Wilder, pero esa es otra historia. Los cínicos actuales ya son distintos, y no deberíamos confundirlos con los clásicos griegos —que vivían en una continua crítica a la ambición ...

Fragmentos de nada: la ventana

Fragmentos de nada: la ventana Por Antonio Pardines Al ver aquella ventana pensé en la luz y en su ausencia, en el fuera-dentro que me generó la sensación de ser testigo de un juego, de una lucha caprichosa que no es sino un hermanamiento a perpetuidad. El claroscuro que se producía allí me situaba fuera, aunque me supiera en el interior de la habitación que descubrimos entre el abandono, las lápidas y el misterio que le concede la idea de existir y al tiempo no hacerlo. Más adelante, al regresar de nuevo la atención a la ventana, recordé la convalecencia que Sebald cuenta a los lectores de «Los anillos de Saturno» (1) y me pregunté cómo un marco puede reducir el mundo (a lo que permite contemplar) y a la vez invitar a expandirlo; a crear espacios fuera de los límites marcados. Entonces, pensé en cómo un plano limita y en cómo lo que importa, lo sustancial y vital, incluso su sentido más profundo, queda fuera del encuadre, que siento estático aunque las nubes se muevan, unas hojas se s...

Escape de Sobibor (1987)

¿Quién puede relatar lo inenarrable? Por Antonio Pardines ¿Por qué insistir si no hay películas ni novelas que puedan recrear ni reproducir en pantalla o en papel los hechos ni las condiciones a las que se vieron sometidas las víctimas y los verdugos de los campos nazis? Por diversos motivos, tal vez. Y, aunque las hay como Noche y niebla ( Nuit et brouillard , Alain Resnais, 1956) o Shoah (Claude Lanzmann, 1985) —dos títulos indispensables no por lo que muestran o exhiben sino precisamente por lo contrario— o libros como los de Primo Levi , Eddy de Wind o Viktor Frankl , predominan los films como Escape de Sobibor ( Escape from Sobibor , Jack Gold, 1987), que se sitúa en las antípodas de los otros dos títulos citados. Se decanta por ser un telefilm sobre héroes y monstruos que escapa de la memoria a la que aspiran Resnais y Lanzmann. El de Gold se sitúa en la hazaña que tanto Richard Rashke, el autor del libro en el que se basa el guion de Reginald Rose, y los responsables de la p...

Fragmentos de nada: Allí donde le lleva la corriente

El Danubio, a su paso por Budapest, septiembre de 2008 Fragmentos de nada: Allí donde le lleva la corriente Por Antonio Pardines Al inicio, aquellos Neandertales que todavía no sabían jugar a la Oca, se plantearon cómo cruzarlo, pues creían que en la otra orilla el juego sería más divertido y la caza sería mayor. Pero, ¿cómo unir ambas orillas para facilitar el paso de nómadas que, probablemente, no pensarían ni sentirían la necesidad de asentarse, solo de sentarse y acurrucarse para jugar y recuperar fuerzas? Era difícil la respuesta y su ejecución, pues a ningún morador de la orilla opuesta se le ocurría una idea que solucionase la cuestión y salvase la distancia entre ambas, sin riesgo a que una crecida o la propia corriente los ahogase y arrastrase lejos de la vida. De aquellos primeros habitantes del Danubio, que lo recorrían a pie sin saber que algún día allí se levantaría y se destruirían (y reconstruirían) hermosas ciudades, no quedaba ni rastro, cuando los celtas y después los...

Ardid femenino (1938)

Ardid femenino; y ojo con los suegros Por Antonio Pardines La estrella femenina de la RKO durante los años treinta y principios de los cuarenta fue Ginger Rogers; poca duda tengo al respecto, salvo que apareciese Katharine Hepburn , aunque por aquellos años treinta a la protagonista de La fiera de mi niña ( Bringing Up Baby , Howard Hawks , 1938) le iba creciendo su fama de «veneno para la taquilla». Rogers brillaba en pantalla desde sus musicales junto a Fred Astaire y alcanzaría su cima popular en el melodramón   Espejismo de amor ( Kitty Foyle , Sam Wood, 1940). Entonces fue cuando la Academia la galardonó con el Oscar a la mejor actriz, aunque personalmente su imagen me radia mayor intensidad en los musicales dirigidos por Mark Sandrich o en comedias como El mayor y la menor ( The Major and the Minor , Billy Wilder , 1942); o esta « comedia alocada » dirigida y producida por George Stevens, bajo la supervisión del productor del estudio Pandro S. Berman. En Ardid femenino ( ...